Se transcribe a continuación la crónica de la semana musical madrileña publicada por
Víctor Burell en el semanario
"EL PUNTO DE LAS ARTES" (23 de febrero al 1 de marzo de 2007).
La semana de la música grande
Con la sola excepción de un monólogo teatral, que esperaba con mas ilusión de la que la práctica me vino a demostrar, esta semana del loco febrero se ha venido a desarrollar en torno a la música grande, nutrida, de enriquecidas orquestaciones y conjuntos de diferentes latitudes empezando por nuestra Sinfónica de Radio Televisión, que ha brillado como punta formidable el iceberg que nos dejara helados e inanes por la emoción.
El grandioso Réquiem del Verdi resucitado de cierta somnolencia operística, merece que nos descubramos ante la traducción que Juanjo Mena (actual titular de la Sinfónica de Bilbao) hiciera en el Teatro Monumental de la madrileña Plaza de Antón Martín. Claro que, empezando por la fusión de los Coros de RTVE y el inmarcesible de la Comunidad de Madrid (preparados por Mariano Alfonso y Jordi Casas respectivamente), para terminar con un auténtico póker de ases solistas (Ana María Sánchez, soprano; María José Montiel, mezzo; Vicente Ombuena, tenor y Simón Orfila, bajo), nos obligó a comprender lo innecesario de rastrear de Pirineos para el norte pre-tendiendo encontrar lo mejor de la lírica.
La excepcionalidad emotiva de la obra, en la que los estados de ánimo responden siempre a su contenido literario religioso, dejaron a la batuta como escultora perfecta de una materia que nos lleva de la emoción a la esperanza y de ésta al aterrorizado enfrentamiento con la culpa en el estremecedor "Dies Irae".
El protagonismo coral habla mucho y muy bien de nuestras tradiciones musicales, aprovechando aquí la ocasión para rectificar sobre el que hiciera en el Teatro Real el Wozzeck de Gurlitt, que no fue el titular de la Sinfónica como apunté entonces si no el que otra vez ahora nos dejara perplejos con su calidad: el de la Comunidad de Madrid.
Sobre los solistas, tan enormemente significados en esta partitura de unos ochentEminutos, no puedo más que derramar elogios. Belleza en las voces como natural fondo de sus precisiones técnicas y su extraordinaria expresividad, y, además, muchos momentos de antología para hacer historia acompañando, sin merma, las muchas y maravillosas "Misas de Réquiem" (en memoria de Manzoni) que han pasado por mis ya más de cincuenta años de experiencia privilegiada.
Siendo esta la primera vez que escucho en concierto a la Montiel como mezzo (ya hace mucho augurada), puedo afirmar, sin temor a errar, que se trata de la realidas española más indiscutible en esta cuerda, haciendo historia con aquella un poco olvidada Ana María Iriarte que todavía nos hace llorar con su grabación del Newsky. Su registro, avalado por su buen gusto y la grandeza de su materia, queda además completo con unos bajos en los que, remontándonos, hasta la Ferrier está presente.
De más a menos
La Rundfunk Symphonieorchester Berlin
Tres han sido los conciertos que han completado la maravillosa experiencia del "Réquiem" al que he aludido. La Orquesta de la Radio de Berlín, dirigida por su titular Marek Janowski nos ha traído de la mano de la Universidad Politécnica un programa sobre el último romanticismo alemán. El Preludio y Los encantos del Viernes Santo del Parsifal wagneriano se completaron con la enorme Sinfonía n°5, en Si bemol mayor de Anton Bruckner, obligándonos a reconocer la entomológica labor de la batuta al frente de unos nutridísimos atriles impecables en todas sus familias, aunque debamos destacar los vientos dada la construcción de las obras interpretadas.
El director Marek Janowski
La coherencia del programa nos enfrentó con la emoción de su análisis, única manera de no rendirse a la repetición de que Bruckner hace gala por la casi incapacidad de terminar con su inspiración trascendental. Todo se veía además de oírse, necesidad que el sinfonismo bruckneriano, para no perdernos, requiere de cada segundo alargado, hasta que la oración, como una meditación sin tiempo, sustituye a la música misma.
La Sinfónica de Badem y Friburgo nos interesó desde el principio por la "rareza" del programa tan fuera de lo habitual que dirigió el francés Sylvain Cambreling. Evanescente Preludio a la siesta de un fauno, rompimiento debussysta con la música de la época (1894), hasta darnos una textura que denominaríamos "impresionista" y que haría historia.
El todavía primer periodo schoenbergiano se corona con los wagnerianizados "Gurre" y este Pelleas und Melisande, macroestructura aún tonal desarrollada sobre un texto de Maeterlink que supone la auténtica despedida del "poema sinfónico" romántico, y que, por procedencia, guarda rela¬ción con las seis Canciones sobre poemas de Maeterlink, que interpretara la mezzosoprano Dagmar Peckova con música de Alexander Zemlinsky.
A pesar de la universalidad de la mezzo checa, confieso que me dejó frío en su traducción de las "canciones", no dando la misma importancia a su voz (ni en registro, ni en calidad) que la que descubrí en María José Montiel en su interpretación de Verdi. La tarde había comenzado por unos brillantes Fuegos artificiales de Igor Stravinsky.
La Orquesta del Teatro Comunale de Bolonia, que nos trajera Juventudes musicales de Madrid, con Daniele Gatti dirigiendo y los solistas Quarta (violín), Dindo (chelo) y De María (piano) para el Triple concierto de Beethoven, terminó con la Sinfonía Pastoral Op. 68 del mismo compositor, en versiones más bien grises consecuentemente interpretadas sin tampoco demasiado brillo por los atriles del "Concierto" que fuera dedicado a un trío que el monstruo de Bonn tenía en gran estima, puesto que su Op. 1 de 1973 fuera para estos instrumentos aunque procedía de quince años antes.