Crítica en ABC (12-03-2007) del concierto dirigido por Boulez en Zaragoza
La eterna juventud
CLÁSICA
T. Grandes Conciertos
Obras de Varèse, Ligeti y Boulez. Int.: Ensemble Intercontemporain. Dir.: Pierre Boulez. Lugar: Auditorio de Zaragoza. Fecha: 10-03-07
ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE
Tiene 82 años pero entra en el escenario, saluda, sube al podio y dirige con una agilidad infrecuente. Pierre Boulez rompe esquemas. En realidad, siempre lo ha hecho. Posee el don del visionario. Fue áspero en época de vanguardia y autoafirmación, y es ahora humano y comprensible, en tiempo de decadencia.
Hay que verle dirigir. Las manos suspendidas, el gesto elegante, claro de ideas, sobrado de medios. Concentrado, exacto, inflexible, meticuloso. Su trabajo es una lección y un espectáculo. Lo es observarle cambiando de compás, una y otra vez, a velocidad de vértigo, durante muchos de los minutos de su «Sur Incises». Y al tiempo, marcando entradas, ordenado planos, impecable, dominador y exhaustivo; apurando lo mejor del apabullante virtuosismo del Ensemble Intercontemporain.
Pero la grandeza del actual y juvenil Boulez (hay que insistir en ello) radica en esa nueva expresividad que propone en sus versiones. Sin perder un ápice de rigor, todo fluye a través de un hacer bonito, lleno de emoción. Bien puede ser la gratificante calidad sonora que obtiene de ciertos enjambres de trinos en las «Integrales» de Varèse, la transformación de muchos acentos en sutiles apoyos milimétricamente trazados por el gesto y delicadamente interpretados por los músicos, o la forma de amalgamar una música que también implica heterodoxia.
Son algunos ejemplos que aún se pueden ampliar con detalles cargados de complacencia acústica en el «Concierto de cámara» de Ligeti, coronado con un tiempo lento lleno de sutileza y deleite. Gracias a sabios como Boulez, la vieja y no tan vieja música de la especulación suena ahora distinta. Recordar cómo se hacía en origen sería tanto como pretender historicismo musical del siglo XX. Y, la verdad, lo que apetece es vivir el presente. Como lo hace Boulez. Y como se ha podido disfrutar en el Auditorio de Zaragoza antes de que marchara a Barcelona. En medio de un sepulcral y expectante silencio promovido por quienes ocupaban las casi dos mil localidades de su sala principal.