Sábado, 24 de marzo de 2007, 22:30 h.
BRANDENBURGISCHES
STAATSORCHESTER FRANKFURT
(ORQUESTA FILARMÓNICA
DE FRANKFURT/O.)
Director: Michael Sanderling
Solista: Katrin Scholz, violín
M. Bruch:
Concierto para violín y orquesta nº 1, en Sol menor, Op. 26
A. Bruckner:
Sinfonía nº 4, en Mi bemol mayor “Romántica” (A 95)
(versión 1878/80)
¡AUDICIÓN PREVIA DE LAS OBRAS!
(en flash audio):
NOTAS AL PROGRAMA
LOS EPÍGONOS DEL ROMANTICISMO
Si a Bruckner y Mahler podemos considerarles como epígonos del movimiento romántico, debemos considerar también el rosario de fechas que les enmarcan no sólo como el de la transición de la música a otro periodo bien distinto, sino también al coincidente cambio de siglo XIX, que tanto había dado de sí, al XX, tan diferente en todos los aspectos y naturalmente también en el arte que viene a significar los mismos.
Anton Bruckner, que nació en Ansfelden (Alta Austria) en diciembre de 1824 había de morir en Viena un 11 de octubre de 1896. Mahler, con 51 años, falleció también en la Ciudad del Danubio el 18 de mayo de 1911. El serialismo hacía por entonces su aparición, aunque esto no signifique que los grandes movimientos no tengan sus epígonos y, por tanto, el romanticismo se rebela contra su desaparición, tratándose de un ejemplo bien claro la obra que ocupa la primera parte del concierto.
Max Bruch, casi exclusivamente conocido por dos composiciones de su catálogo, nació en Colonia el 6 de febrero de 1838 para morir en Friedenau (muy cerca de Berlín) el 2 de octubre de 1920. Alumno de Reinecke, mantuvo durante toda su larga vida un conservadurismo a ultranza, enseñanza que llevó en las aulas de Berlín a una buena generación de artistas. Si sobresalió como director conduciendo algunas de las más conocidas orquestas del momento, tampoco le anduvo a la zaga su labor compositiva, que se extendió a todos los géneros, haciendo especial hincapié en lo que se refiere a la música coral, por lo que llegó a estrenar algunas óperas con éxito.
La influencia de Brahms aparece evidente en sus obras, que no tiene el más mínimo empacho en extraer de muy diversos factores de inspiración, tales como los folclores galés, escocés y germánico. Pero en ningún momento llegaría a liberarse de un academicismo fuertemente basado en lo melódico, impidiendo cualquiera transgresión de sus acentos que en muy pocas ocasiones son posrománticos.
Si repasamos hoy en día su catálogo, sólo se le recuerda por el primero de sus tres conciertos para violín y una “fantasía” para este mismo instrumento y orquesta que tituló como Fantasía escocesa, y que llevando el op. 46 es la pieza tratada con mayor libertad fuera de los cánones de “concierto” propiamente dichos.
Concierto para violín y orquesta n.º 1 en Sol menor, op. 26.- Max Bruch
Escrito en 1866, fue estrenado dos años después y dedicado, como el de Brahms, al inmenso instrumentista Joachim. Tanto la abundancia melódica como el virtuosismo violinístico, le colocan dentro de la corriente inaugurada por Mendelssohn, respondiendo a los mismos efectivos orquestales de madera a dos, cuatro trompas, dos trompetas, timbales y cuerda. Su duración tampoco llega a la media hora, componiéndose de los tres habituales movimientos: rápido-lento-rápido.
1.º Allegro moderato: Se trata de una franca introducción a los movimientos subsiguientes que simula una forma “allegro de sonata”, ya que no cuenta ni con desarrollo ni con reexposición. El dramatismo tiñe un gran pasaje para pasar de la madera al solista. Un segundo tema conduce al último hacia el registro más agudo, pero el tal desarrollo, que no existe, se interrumpe para recoger el diálogo inicial que nos encamina con la transición al segundo de los movimientos.
2.º Adagio: Un único tema en “Mi bemol mayor”, ornamentado y finalmente repetido, introduce al violín y en su amplio desarrollo alcanza cotas de intensidad que constituyen sin duda lo mejor del Concierto. Cuando todo parece llegar al silencio, son la trompa y la flauta las que impulsan al solista a la última exposición de su tema, para que por fin otro Allegro cierre el movimiento.
3.º Allegro energico: Aquí el brillo se significa de manera absoluta, evocándose los acentos cíngaros tan queridos por Brahms. El tema principal, que está en Sol mayor, pasando de la orquesta plenamente al solista es de una formidable exuberancia, aunque jamás llega a perderse el dominio academicista. Un segundo tema, que contrasta por su impulso más que por su envergadura, se une a la ejecución del violín conservando el interés hasta el cierre de la partitura.
Sinfonía n.º 4 en Mi bemol mayor “Romántica” A. 95.- Anton Bruckner
Las diez sinfonías brucknerianas, si a las nueve numeradas añadimos una “0”, ofrecen algunas graves diferencias en sus estructuras, dándose así repetidas confusiones.
A partir del estreno, por influencia del infatigable Herbeck, de su Segunda Sinfonía con moderado éxito en parte debido a su extensión, Bruckner, inseguro, empieza a escuchar los nefastos asesoramientos de tantos rutinarios asesores de sombras (así los llama Storni), de tal manera que su obra termina en una especie de manoseamiento que, si desde luego no la destruye la perjudica en parte. No dudaremos de la buena fe de los consejos, pero esto permite calificar al compositor de débil. El análisis de las llamadas versiones está aun muy lejos de agotarse. Ante la repulsa, Bruckner opta por el complicado trabajo de otra versión, arguyendo con el paso del tiempo que la primera podría mejorarse, lo que nos demuestra que nunca triunfaría en él la pusilanimidad del borrón y la tachadura, permitiéndosenos conocer siempre su pensamiento primigenio.
De la “Sinfonía Romántica” -la que hoy nos ocupa- una segunda y aún tercera versión, no involucran auténtica gradación en las mismas. Jamás existe una nota fácil o epidérmica, por lo que no podemos considerar traición ninguna de ellas. Bruckner llega, por el camino de la honradez, casi a la indigencia y en ese caldo de cultivo es en el que termina pensando insistentemente en la emigración a América. La Romántica nace en esta época en su primera versión. Es cierto que su origen formal y la organicidad con que amplía la “forma sonata” va incluso más allá del calificativo. La culminación del vasto edificio sinfónico-clásico nos termina presagiando la destrucción de la tonalidad y la instauración de unos nuevos parámetros estéticos. Por esta misma época comienza la tardía producción sinfónica de Brahms.
En el decenio entre 1873 y 1884 prolifera el número de sus sinfonías: Cuarta, Quinta, segunda versión de la Tercera, segunda de la Cuarta con su nuevo significado scherzo, Sexta y Séptima. Por primera vez esta última es estrenada en Leipzig con todos los honores por la gran batuta de Arthur Nikisch.
Los cambios en la Sinfonía n.º 4 producen la impresión de ver caminando penosamente a un cóndor, dice Storni. En reconocimiento por un apoyo recibido como Lektor y luego como profesor regular, dedica esta enorme pieza al alto funcionario del gobierno príncipe Hohenlohe. Es en 1878 cuando, revisados los tres primeros movimientos se añade el scherzo, trabajándose hasta 1888 en el nuevo Finale que la completa.
El éxito de la Cuarta y un hermoso viaje por Suiza llevan otra vez al compositor hacia una calma reconfortante que va a aprovechar para su Te Deum (una de las obras más concisas del autor a pesar de su cuarteto solista, órgano, coro y orquesta) que tiene una evidente simbiosis en su culminación con el Adagio de su espectacular Séptima.
La Romántica inaugura la serie de sinfonías brucknerianas en modo mayor. La más original de las versiones no se daría a conocer hasta 1975, en que Nowak nos presentara su edición, interpretada en septiembre de ese mismo año en Linz. Bajo la versión en la que está escrito de nuevo su final en 1880 es como más frecuentemente ha llegado hasta nosotros, al añadirse este último movimiento a los tres primeros procedentes de 1878. Así la estrenó Hans Richter en Viena el 20 de febrero de 1881, aunque la publicación, a cargo de Robert Haas, hubo de esperar aún cncuenta y cinco largos años. Hoy en día la edición de Nowak, con las últimas correcciones, compite con la tradicional escogida por tantas batutas y para tantas grabaciones.
La edición revisada de 1878/80 que es la que escucharemos, tiene aproximadamente una hora de duración, recogiendo los siguientes efectivos: tres flautas y el resto de la madera a dos, cuatro trompas, tres trompetas, tres trombones, tuba, timbales y cuerda. Sus cuatro movimientos son: Allegro molto moderato-Andante quasi allegretto-Scherzo y Finale, tres de ellos marcados como movidos, siendo el lento una auténtica marcha fúnebre.
VICTOR M. BURELL
VENTA DE LOCALIDADES
Diez días antes del concierto
• en el Rectorado de la UNIVERSIDAD POLITÉCNICA DE MADRID
(Para la Comunidad Universitaria de la UPM, Complutense
y estudiantes residentes en Colegios Mayores)
C/ Ramiro de Maeztu, 7. Ciudad Universitaria. Vicerrectorado de
Doctorado y Postgrado Servicio de Actividades Culturales y
Programas Especiales. Planta –1. Despacho B11.
Horarios:
Lunes y miércoles de 9:00 a 14:30 y de 15:30 a 18:30 horas
Martes, jueves y viernes sólo en horario de mañana.
• y en las taquillas de la Red de Teatros del Instituto
Nacional de las Artes Escénicas y de la Música (Auditorio
Nacional de Música, Teatro de la Zarzuela, Teatro María Guerrero
y Teatro Pavón) y por venta telefónica a través de ServiCaixa
902 33 22 11, de 8 a 24 h., y en los terminales ServiCaixa, las
24 horas.
Horario de taquillas del Auditorio Nacional de Música
(Príncipe de Vergara, 146, Madrid):
Lunes, de 16:00 a 18:00 horas
Martes a viernes, de 10:00 a 17:00 horas
Sábados, de 11:00 a 13:00 horas
PRECIOS (en el Rectorado): 4, 7, 11 y 16 €
(Ya incluido el descuento del 50% para el personal universitario)