Ciclos de «Scherzo»
Obras de Beethoven, Brahms, Scriabin y Rachmaninov. Intérprete: Ivo Pogorelich, piano. Lugar: Auditorio Nacional, Madrid. Fecha: 20-III
Ivo Pogorelich
ANTONIO IGLESIAS
Beethoven, Brahms, Scriabin y Rachmaninov son, verdaderamente, tres grandes de la literatura pianística, sostenidos por la vertiente del Romanticismo en una u otra manera, cuando no directísimos representantes de tan importante estética para el teclado. Dedicarle al genio de Bonn una primera parte, con obras tales como dos de sus treinta y dos sonatas (la última de ellas, Op. 111, y la apenas frecuentada Op. 78, dejando en medio el inefable «Para Elisa»); con Johannes Brahms («Intermezzo», Op. 118, número 2), Alexander Scriabin («Sonata», Op. 30) y Sergei Rachmaninov («Sonata», Op. 36) llenando la segunda mitad del programa, se destaca por su genuina importancia para poder exhibir una mecánica que, como nunca, se reclama apriorísticamente como segura y rica en medios de toda índole.
La página beethoveniana, la «Sonata de los trinos», se suele distinguir aludiendo a una de sus más grandes dificultades, máxime cuando fue escrita llegando del clave, con Scriabin, magnífico continuador de Chopin, elevado en una manera que suele ejemplificarse con su satánico «Poema del éxtasis», pasando a su famoso compatriota Rachmaninov, uno de los padres de la música para el cine, nos sitúa ante el más elocuente muestrario de la altura de un virtuoso pianista.
Admiramos en Ivo Pogorelich cuantas excelsitudes técnicas quieran denotarse en su rico juego de medios mecánicos dentro de la técnica más amplia. Me gustaría que los dedos en el «forte» resultaran con mayor articulación, que su potente «fortissimo» llegara a igualar el bello caudal de todas las demás intensidades, en todo momento de hermosa calidad. Pero, sobre todo, que no se refugiara pecando, gravemente, con cuanto dejó escrito el compositor (servicio máximo que el intérprete ha de prestar al autor) y no exagerar tanto el «lento», porque llega, seré muy sincero, al aburrimiento. De la memoria (todo el programa lo tocó situando las páginas sobre el atril...) hablaremos en otra ocasión. De todos modos: recital éste de Pogorelich de campanillas, que no precisaba de ese deseo manifiesto de resultar «distinto».