jueves, 07 de junio de 2007

Viola: Maxim Vengerov


La obra del británico William Walton constituye una importante aportación a la música neorromántica moderna. Nació en Oldham, durante su infancia formó parte del coro del Christ Church de Oxford. En su juventud mantuvo amistad con los escritores británicos Osbert y Edith Sitwell. Fue un autodidacta que no siguió estudios regulares. Su primera en composición importante es Façade, suite compuesta como acompañamiento a los poemas de Edith Sitwell que más tarde también trató como ballet. El estreno en 1926 de su brillante sátira de las formas musicales populares, escrita cuando sólo contaba 19 años, le proporcionó gran notoriedad.

La mayor parte de la música de Walton actualmente vigente fue escrita entre los años veinte y treinta, como, por ejemplo, el Concierto para viola (compuesto entre 1928-29 y estrenado dentro de los Promenade Concerts, en el Queen's Hall de Londres, con Paul Hindemith como solista el 3 de octubre de 1929), la Sinfonía nº 1 (1935) o el famoso oratorio El festín de Baltasar (1931; estructurado según la tradición de las grandes obras corales inglesas de Georg Friedrich Händel y posteriormente de Felix Mendelssohn y Edward Elgar), el Concierto para violín (1939) (encargado y estrenado por Jascha Heifetz). También escribió música para películas como la banda sonora de Enrique V, dirigida por Laurence Olivier.

Entre las obras del periodo de postguerra (que no están a la altura de las anteriores aunque la calidad de su técnica es la misma) se encuentran un concierto para violonchelo (1956) (escrito para Gregor Piatigorsky), la Sinfonía nº 2 (1960) y la ópera Troilo y Cresida (1954). Una stravaganza en un acto, El oso, se dio a conocer en 1967. De 1970 son sus Variaciones sobre un imprompto de Benjamin Britten.

El estilo de Walton se caracteriza por una orquestación brillante y un agudo ingenio musical, aunque en sus obras más abstractas se advierte un aire más meditativo. Sus mejores partituras muestran una combinación de lenguajes, por una parte, con las disonancias punzantes y los fuertes ritmos de Igor Stravinski, Sergéi Prokófiev y el jazz, y, por otra, el estilo solemne de las marchas de Elgar.

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