miércoles, 04 de julio de 2007
Orquesta Filarmónica de Berlín
Claudio Abbado, director




Desde las antiguas fiestas saturnales romanas ha experimentado el carnaval muchas transformaciones, y, sin embargo, siempre ha persistido en él algo de su primitivo sentido transgresor. Sociólogos, antropólogos y psicólogos se han interesado por este fenómeno festivo y lo han explicado por la necesidad del ser humano de romper la cotidianeidad, de evadirse transitoriamente de las reglas habituales, e incluso de la propia identidad, ocultándola bajo un disfraz. Las fiestas de Saturno en Roma ponían patas arriba el orden establecido, es decir, «el mundo del revés»: los hombres se vestían de mujer y ellas de varón, los humanos se disfrazaban de animales, los esclavos podían actuar como libres y por la tierra navegaba, tripulado por máscaras, un barco con ruedas, el carrus navalis posible origen de la palabra carnaval. No olvidemos que Saturno, además del dios de las cosechas, era el del tiempo, o sea del orden más inexorable del universo, que fatalmente devora a sus hijos. El Cristianismo convirtió la vieja fiesta pagana en una despedida de la carne, en sentido gastronómico y erótico, previa al periodo penitencial de la cuaresma: carne vale, otra posible etimología del vocablo, sería tanto como «¡carne márchate!». Era inevitable que en las fiestas carnavalescas proliferasen la embriaguez, el desenfreno y la promiscuidad, sin duda porque la gente prefería «arrejuntar pecados» para darle motivo y fundamento a las rigurosas penitencias cuaresmales, lo que motivaba la animadversión de moralistas y gobernantes que, si no lograron hacerlas desaparecer, procuraron corregir sus excesos, domesticándolas hasta convertirlas en unos desfiles vistosos y coloristas, que apenas conservasen algún vestigio de sus remotos orígenes.

El Carnaval siempre tuvo su música, para que las máscaras danzasen con su ritmo, y muchos compositores han tomado esta fiesta como motivo para sus partituras, unas veces con referencias explícitas a las melodías populares y, con más frecuencia, evocando sonora del ambiente lúdico y vitalista que en esos días inundaba las calles. La lista de obras musicales que aluden al Carnaval debe ser larguísima. De momento, me vienen al recuerdo el Carnaval de Schumann, deliciosa obra pianística, terminada en 1835, la obertura de concierto Carnaval, op. 92, de Dvorak, compuesta en 1891, una composición animada y vibrante. que suelen interpretar como ‘bis’ las orquestas checas, la suite, o fantasía zoológica, El carnaval de los animales, escrita por Saint-Saëns en 1886, para divertir a sus amigos y que es, sin duda, su obra más popular, y, finalmente, la obertura El Carnaval romano, op. 9, de Héctor Berlioz compuesta en 1843.

A pesar de su estilo apasionado, brillante, a veces ampuloso, y de su extraordinaria maestría en la orquestación, el impactante Héctor Berlioz no logró casi nunca conquistar al público. La obertura de concierto El Carnaval romano fue una de las escasas ocasiones en que pudo saborear las mieles del triunfo. Su ópera Benvenuto Cellini, en la que se narran los tempestuosos amores del aventurero orfebre italiano con la hija del tesorero pontificio, fracasó cuando fue estrenada en 1838, pero el músico superó la crisis y siguió ocupándose de ella, escribiendo una nueva obertura para el segundo acto, en la que se describía el Carnaval en la Roma renacentista. Según cuenta el autor, los instrumentistas de viento no acudieron ni una sola vez a los ensayos, pero en el estreno, en París, en 1844, todo salió bien, porque los músicos supieron seguir las indicaciones del compositor, que dirigía la orquesta. El éxito fue enorme y hubo que repetir la interpretación.
Publicado por jrtapia @ 8:00  | La orquesta
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios