La música barroca tiene singularidades especiales. No cabe duda de que su desarrollo ha recibido aportaciones significativas de compositores como Arcangelo Corelli, nombre de capital importancia cuando se habla del concerto grosso, o los de Alessandro Stradella, Giuseppe Torelli, Tomasso Albinoni y aun de compositores que se dicen "menores" como Taglietti, Gregori y Bononcini. Esto para hablar sólo de los italianos, aún cuando luego el estilo se diseminó por Francia, Alemania e Inglaterra. Pero tal vez el mas prolífico de todos y uno de los que mostró una fuente casi inagotable de ideas fue el prette rosso, el sacerdote veneciano Antonio Vivaldi que con su orquesta de jóvenes recluidas en el hoy desaparecido Ospedale della Pietá -existe el edificio pero allí funciona un organismo de la seguridad social- los domingos y días festivos daba conciertos de tipo instrumental o en oportunidades con la participación vocal de las pupilas.
Otra de las singularidades de este maravilloso estilo fue la aparición del bajo continuo, soporte indudable de todo el andamiaje instrumental constituido por la línea melódica principal y el asombroso tejido armónico y contrapuntístico basado en una polifonía del más alto rango.
Il Giardino Armonico fue creado en 1985 en la ciudad de Milán bajo el inicial nombre de Il Giardino Musicale, en 1989 -ya bajo la dirección de uno de los fundadores, el ilustre maestro Giovanni Antonini- adoptó su nombre actual. Son especialistas en música barroca ejecutada con instrumentos originales, lo que no significa que sus interpretaciones puedan encuadrarse en el llamado historicismo musical sino que han desarrollado un estilo elegante, fino, acorde con las necesidades y gustos auditivos de hoy. Por ejemplo, sus interpretaciones no son dadas bajo la dualidad forte-piano, sino que hay una dinámica solapada y subyacente de sutiles crescendi y decrescendi que otorgan giros de enorme delicadeza.
Los componentes de Il Giardino Armonico tocan espectacularmente bien. Su director, Giovanni Antonini, dirige marcando con inconmovible precisión pero cuando toma en sus manos el flautín solista, también muestra una enorme solvencia técnica al servicio del fenómeno sonoro que excede largamente cualquier exigencia del melómano.