Jesús Reina, al finalizar su actuación en El Escorial
(foto de J. Ramón Tapia, 13-VIII-2007)
El Confidencial publica hoy 19 de agosto, en su sección "El Cultiberio" un artículo de "Incitatus" sobre el Concierto de Clausura del Festival de El Escorial del pasado 13 de agosto. Lo transcribo entero, advirtiendo que mi opinión es totalmente contraria a su contenido. No se pueden pasar por alto las descalificaciones y los insultos tabernarios de "Incitatus" en dicho artículo, dirigidos a Valery Gergiev. Sí, sí, como lo oyen insultos que, a veces, se escuchan en las tabernas: "chulo prepotente y presuntuoso", "insolente engreído", "jodío", "gilipollas" (sic)...
El contenido del artículo es maniqueísta. El "malo, malísimo" es Gergiev y el "bueno", Jesús Reina, al que sólo le falta en la versión de "Incitatus" que le surjan destellos luminosos de la dentadura.
Jesús Reina está en camino de ser un gran artista (ver crítica del mismo concierto en "Audición y Apreciación Musical" del 14 de agosto), pero andar ese camino de la mano de admiradores
interesados como "Incitatus", no es lo más apropiado para conseguirlo. Podría ser incluso peligroso para él escuchar tales cantos de sirena, que no pretenden más que sacar provecho propio a su costa. El periodismo que practica "Incitatus" es algo así como "prensa rosa" musical, el "tomate", vamos, a pesar de que tras el seudónimo parece que está una "prestigiosa" pluma periodística.
No vamos a descubrir ahora quien es Gergiev, pero lo que no es admisible es lanzar insultos o acusaciones de tercermundismo de manera tan inmerecida y gratuita sobre él y su orquesta, apoyándose además en rumores. Dice "Incitatus" refiriéndose a ellos, en relación a su visita al Teatro Real en 2001:
"llenaron el teatro de pulgas. Como lo oyen. Venían de una larga gira y no hubo manera de averiguar exactamente en qué país había decidido sumarse a la compañía aquel ejército de pulgas; unas pulgas gordas y lustrosas como abejorros que, en cuanto se vieron en la primavera de Madrid, saltaron de los baúles, se colaron por todas partes, empezaron a reproducirse con inmenso entusiasmo y,
si hay que creer a quien me lo contó –que digo yo que sí, porque trabaja allí–, provocaron lo nunca visto: el cierre en secreto del Teatro Real durante el tiempo necesario para fumigarlo y acabar con la desagradable costumbre que habían adoptado los del coro y los de la orquesta, que se rascaban en escena todo el rato y nadie sabía por qué".
Por favor, seriedad.
En otro orden de cosas, no sé cómo "Incitatus" puede echar en falta que el maestro Gergiev mirase continuamente a Jesús Reina ("Dos veces, ¡dos veces contadas! miró Gergiev al solista durante todo el fragmento" (sic)). En un alarde de "egoísmo", Gergiev colocó al solista de violín no al lado de él, como es usual, sino delante de él y de toda la orquesta. Lo más próximo posible al público y sin ningún obstáculo que pudiera entorpecer el protagonismo del solista.
En cuanto a la chulería de Gergiev, no sé donde la ve este hombre. Como de costumbre, vi al maestro en el escenario correcto y educado. Después del concierto no tuve ocasión de hablar con él, pero también pude observarlo mientras cenaba en la terraza del Hotel Miranda de la bella localidad escurialense. Su actitud seguía siendo la misma: un hombre atento, educado, relajado. Según personal de la organización del Festival, sé que está encantado con el Teatro y dice que tiene una de las mejores acústicas de Europa. Claro, hay que comprender que, para las mentes obtusas, Gergiev ha cometido el pecado de aceptar ser residente con su orquesta en las futuras ediciones del Festival de El Escorial y eso ¡no se puede perdonar!. ¡Quien se atreve a contar con una de las mejores batutas del momento sin pedir permiso a los plumíferos!
Si, como dice el propio "Incitatus", se marchó antes de escuchar "La Consagración de la Primavera", peor para él: se perdió lo mejor del Festival de El Escorial 2007 y, seguramente, de la temporada madrileña en este mismo año.
"Jesús el Grande y las pulgas de Gergiev"
Entre las mejores virtudes de Valery Gergiev se cuenta el de haberse ganado el reconocimiento como uno de los mejores directores de orquesta del mundo. Entre sus defectos hay que señalar sus malas pulgas.
Esto de las pulgas tiene dos sentidos: uno literal y otro metafórico. El literal tiene su gracia. Cuando, en abril de 2001, Gergiev y sus prestigiosos músicos de la orquesta del Teatro Mariinsky de San Petersburgo (de solteros, el Kirov de Leningrado) llegaron a Madrid para hacer Guerra y Paz, de Prokófiev, en el Teatro Real, tuvieron un éxito de los grandes. Colgaron el “no hay billetes” en casi todas las funciones. Les aplaudieron muchísimo. Las críticas fueron muy elogiosas, incluida la de Gonzalo Alonso.
Pero llenaron el teatro de pulgas. Como lo oyen. Venían de una larga gira y no hubo manera de averiguar exactamente en qué país había decidido sumarse a la compañía aquel ejército de pulgas; unas pulgas gordas y lustrosas como abejorros que, en cuanto se vieron en la primavera de Madrid, saltaron de los baúles, se colaron por todas partes, empezaron a reproducirse con inmenso entusiasmo y, si hay que creer a quien me lo contó –que digo yo que sí, porque trabaja allí–, provocaron lo nunca visto: el cierre en secreto del Teatro Real durante el tiempo necesario para fumigarlo y acabar con la desagradable costumbre que habían adoptado los del coro y los de la orquesta, que se rascaban en escena todo el rato y nadie sabía por qué.
Las otras malas pulgas de Valery Gergiev, las figuradas o literarias, se vieron el otro día en el impresionante, bellísimo Auditorio de El Escorial, en la clausura del Festival Lírico Internacional de este año. Los rusos llegaron para interpretar dos piezas. Una, la Consagración de la Primavera, de Igor Stravinsky. La otra, el Concierto para violín de Chaikovski.
Naturalmente, para hacer que suene esa obra es necesario que alguien toque la parte de violín solista. Y no vale cualquiera: el Chaikovski, como se le llama, es una de las páginas más hermosas, sí, pero también más retorcidadamente difíciles que se han escrito jamás para ese instrumento. No todos pueden con eso. Los violinistas mediocres, y aun muchos de los buenos, huyen del Chaikovski como El Cordobés huía de los toros de Miura. Bien que hacen. Hay que ganarse la vida y lo mejor es no correr riesgos tontos, porque el Chaikovski necesita un violinista perfecto en técnica (que no todos, claro) y en expresividad, en musicalidad, en alma. Y eso ya…
El elegido fue Jesús Reina. Un malagueño de apenas veinte años del que ya hemos hablado aquí varias veces. Con cinco años tocaba verdiales en las fiestas de los pueblos. Con nueve, el maestro Juan de Udaeta lo sentó ante un atril de la Orquesta Joven de Andalucía (la OJA): no llegaba con los pies al suelo, pero cómo tocaba el niño. Con diez fue admitido en la Escuela Reina Sofía y hoy sigue siendo el alumno más joven que ha logrado entrar en la institución. Luego, en la Yehudi Menuhin School. El legendario Pinchas Zukerman se lo llevó a Nueva York para hacer de él lo que hoy ya es: uno de los mejores violinistas jóvenes del mundo. Con 17 años y un violín Stradivarius grabó, de nuevo a las órdenes de Udaeta, el inolvidable doble CD que incluía toda la música para violín y para orquesta de Jesús de Monasterio: algo tan difícil, por lo menos, como el Chaikovski. El disco no deja de sonar en Radio Clásica.
Jesús Reina, flaco, guapo, siempre sonriente y humilde, con ese pelo que se ha dejado a lo Beethoven, tocó el Chaikovski hace unas semanas en Barcelona, con la OCB dirigida por Eiji Oue. Cómo lo haría que uno de los comentaristas radiofónicos de Catalunya Musica dijo, al final, una frase admirable: “Dentro de muchos años podremos decir que estuvimos en el Auditori el día en que Jesús Reina tocó el Chaikovski”…
Es posible que Valery Gergiev no supiese nada de esto. Es posible también que jamás hubiese oído hablar, hasta la otra tarde, de Jesús Reina, aunque eso ya me extraña más, porque Gergiev es –todo el mundo lo dice– un gran músico.
Yo, la verdad, tengo mis dudas. Un gran músico se preocupa, más que de ninguna otra cosa, por servir a la música, por lograr que la música que él interpreta salga lo mejor posible. Un gran director de orquesta no llega a un festival del prestigio del que ya tiene el de El Escorial con la mentalidad de quien va a hacer una gala veraniega en una aldea perdida de Siberia. Un gran director de orquesta no desprecia ni el lugar ni el acontecimiento en el que va a actuar. El Escorial no es Zambia ni las Hurdes del tiempo de Alfonso XIII. Un gran director de orquesta no tiene el menor derecho a comportarse como un chulo prepotente y presuntuoso que, a cambio de una remuneración cuantiosísima, hace el favor a unos pobres paletos de concederles unas gotas de su genio.
Y un gran director de orquesta no comete la atrocidad, la desvergüenza, la indecencia de negarse a ensayar con el solista que va a tocar con él nada menos que el Chaikovski. Sí, eso fue lo que pasó. Gergiev “leyó” ¡una sola vez! con Jesús Reina el primer movimiento del concierto, apenas el segundo y, cuando llegó el tercero, dijo: “Mira, si tú te lo sabes, nosotros también”. Hala, a tomar por saco. Y orquesta y solista salieron al escenario de El Escorial en esas condiciones, sin haber conjuntado ni la décima parte de lo indispensable en una obra de primerísimo nivel. Es verdad –y se vio en el concierto– que Gergiev y sus “mariinskeños” se saben el Chaikovski de memoria. Que han nacido tocándolo. Que lo podrían interpretar dormidos. Pero es evidente que a ese gran director de orquesta le importaba un pimiento Chaikovski. Iba a hacer un “bolo” veraniego. Iba a cobrar, y punto. La música se la traía al pairo. Así de claro.
Jesús Reina puso de su parte todo lo que el otro imbécil –perdonen, pero no se me ocurre un adjetivo más suave; más sonoros, sí– no puso de la suya. Hizo un primer movimiento que cortaba la respiración. Perfecto, perfecto, ¡perfecto! Mucho mejor que en Barcelona. Un término medio entre la versión apasionada y romántica de Christian Ferras y la más severa y espectacular de Henryk Szeryng, que son, junto a la célebre de David Oistrakh, mis favoritas. Yo no había oído en mi vida la inmortal y terrorífica cadencia de ese concierto… con entreveros ¡malagueños! que me recordaban las sonoridades de Reina en el disco de Monasterio. Los ataques apasionados, los armónicos impecables, las agilidades inconcebibles… Y, sobre todo, ¡la música! ¡El alma! ¡La concepción limpia y serena de una obra descomunal!
Mientras, el Gran Director de Orquesta se paseaba por el escenario (no quiso podio ni batuta) haciendo gestos de prestidigitador, mohínes, temblores de dedos, sin marcar entradas ni compás siquiera, dando indicaciones muy someras y muy desganadas a su orquesta, que, claro, ¡se lo sabía de memoria! ¡Para qué se iba a esforzar él! ¡Bastante tenía con otorgar el privilegio de su aureolada presencia a aquellos aldeanos! Dos veces, ¡dos veces contadas! miró Gergiev al solista durante todo el fragmento. La mala fe, la soberbia de ese insolente engreído no dieron para más.
El segundo movimiento fue bien. Muy bien. Y el tercero, el que no había sido ensayado ni una sola vez porque al divo no le salió de los mariinskys… Pues salió bien también, caramba, a pesar de lo desaborío que es, como decía Jesús Reina. Claro que al Gran Director de Orquesta no le fueron tan bien las cosas. Es lo que pasa cuando uno se toma a cachondeo nada menos que el Chaikovski, aunque sea Valery Gergiev. Con tanto paseíto y tanto gesto desganado de saltimbanqui, las trompas de la legendaria Orquesta del Mariinsky entraban desajustadas y sucias; maderas y metales sonaron en ocasiones claramente mal, hubo desafinaciones clamorosas… y sólo la cuerda, que es impecable desde hace décadas, estuvo a la altura de su fama.
Jesús Reina, Jesús el Grande, hizo aullar al público. No cesaban los aplausos. No callaban los bravi. Pero el jodío Gergiev, que no está de ninguna manera acostumbrado a que alguien brille más que él, rompió una viejísima y noble tradición, e impidió que el solista interpretase una propina él solo antes del descanso. Vayan ustedes a saber por qué. Digo yo que le empezarían a picar súbitamente las pulgas. Las de verdad y las metafóricas.
Naturalmente, no nos quedamos a la segunda parte, La Consagración de la Primavera. A un gilipollas de ese jaez, que se toma menos en serio un concierto en El Escorial que un ensayo en su pueblo, que le aguante su madre. Mucha gente hizo lo mismo. Inci, en pleno ataque de gota, bajó como pudo a los camerinos, ayudado por sus amigos, y trabajosamente se hincó de rodillas en el suelo para besar las asombrosas, milagrosas manos de Jesús Reina, que se mondaba de risa y se ponía muy colorado. Luego, de camino a la salida del Auditorio, nos acompañaba un vigilante de seguridad. En fin, ustedes perdonen pero no lo pude evitar:
–Oiga, buen hombre, ¿no le pica a usted nada?
–¿A mí? No, ¿por qué?
–Lo digo por las pulgas. ¿No han visto ustedes pulgas en el Auditorio, en estos últimos días?
–Pero… Pero… ¿De qué me está hablando, señor?
–Pues verá. El maestro Gergiev y sus músicos, hace no mucho tiempo…
Le conté la historia del Teatro Real y le pedí que, nada más que por precaución, por aquello de que nunca se sabe, la difundiese entre los empleados del Auditorio. El hombre, lívido, nos dejó en la puerta y echó a correr hacia el interior del edificio, rascándose por todas partes como un desesperado. Nos reímos de tal modo que a mí, en media hora, se me había quitado la gota…
Incitatus
(EL CONFIDENCIAL, 19 de agosto de 2007)
Nota aclaratoria final:
Incitatus (en latín, Impetuoso) fue el caballo preferido del loco emperador romano Calígula (12-41 dC). Se trataba de un caballo de carreras que había nacido en Hispania, de donde en esa época se importaban a Roma cerca de 10.000 equinos cada año.
La devoción de Calígula por su caballo llegaba a extremos ridículos. En un primer momento mandó construirle una caballeriza de mármol con pesebres de marfil para su uso exclusivo, pero pronto llegó a darle toda una villa con jardines y dieciocho sirvientes para su cuidado personal. Dormía con mantas de color púrpura (el tinte más caro en la Antigua Roma, reservado a la familia imperial) y llevaba collares de piedras preciosas. Posteriormente, Calígula otorgó a Incitatus el título de Cónsul. Este hecho ha sido tradicionalmente interpretado como fruto de la demencia del emperador, pero lo cierto es que la actitud servilista y pusilánime de los senadores del reinado de Calígula bien pudiera haber influido en dicho nombramiento, volviéndolo un hecho irónico que denotaría el sarcástico desprecio de Calígula hacia las instituciones públicas del Imperio.
Como caballo de carreras que era, Incitatus participaba en las competiciones celebradas en el hipódromo de Roma. La noche anterior a una competición, el emperador dormía junto al animal y se decretaba un silencio general que nadie podía violar en toda la ciudad bajo pena de muerte, con el fin de que el caballo descansase correctamente. Al parecer, Incitatus sólo perdió una carrera en su vida, tras la cual Calígula ordenó al verdugo que matase lentamente al auriga para asegurarse de que sufriera.