lunes, 20 de agosto de 2007
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Perfecta compenetración
Tras Lucerna, Abbado llevará la 'Tercera' de Mahler a Londres y Nueva York


J. A. VELA DEL CAMPO
EL PAÍS (Lucerna - 20/08/2007)

La utopía de la Orquesta del Festival de Lucerna, creada alrededor de Claudio Abbado, lleva ya cinco años de realidad. Todo empezó como un acto de solidaridad para arropar al maestro italiano en horas difíciles. Se trataba de recrear la orquesta suiza en su día ligada al Festival de Lucerna; con ella dio Abbado su primer concierto en Lucerna en los años sesenta.

El agudo intendente Michael Haefliger cazó la idea al vuelo y puso todas las condiciones para hacer posible lo aparentemente imposible. Teniendo como base a la Mahler Chamber Orchestra, se completó con un plantel de solistas de lujo que decidieron por amistad ocupar los periodos veraniegos en este proyecto. Ahí siguen, con la misma ilusión del primer día. Están más compenetrados, pero no es tanto una cuestión de rodaje sino de actitud. Las sinfonías de Mahler han sido el hilo conductor de estos cinco años. También han tocado Wagner, Beethoven, Debussy, Bruckner, Hindemith, Nono o Bach, pongamos por caso, pero la línea de continuidad ha pasado por Mahler. Primero fue la Segunda, luego vinieron la Quinta, Séptima y Sexta. El quinto capítulo corresponde a la Tercera. Anteayer y ayer, Abbado y sus músicos la presentaron en Lucerna, el próximo miércoles actúan en los Proms de Londres y en la primera semana de octubre inauguran la temporada del Carnegie Hall de Nueva York. El éxito de su viaje a Tokio el año pasado, o el de Roma hace dos, ha estimulado la ampliación de paisajes. El resto, a efectos de difusión, lo ponen las televisiones -Arte, en este caso- o las grabaciones en soportes audiovisuales.

El objetivo principal de Abbado con la Orquesta del Festival de Lucerna era conseguir en dimensiones sinfónicas la esencia conceptual y de sonido de los grupos de cámara. Ese grado de transparencia es precisamente uno de los factores que distingue estas interpretaciones mahlerianas. Al tratarse de una orquesta en gran medida de solistas, es más factible este planteamiento. Rara vez se escuchan unos pianísimos más cercanos al silencio. La excelencia se desprende de la compenetración y de la entrega. Abbado no enfatiza en exceso el gesto, pero los músicos le conocen y saben lo que quiere. Por encima de todo, la claridad, la pureza del sonido, la ausencia de retórica. Es una huida hacia delante buscando la sustancia profunda de la música. En esas condiciones, un movimiento como el sexto -Langsam, Ruhevoll- de la Tercera alcanza intensidades poéticas turbadoras. Antes, en el quinto, los dos coros, el de mujeres del Arnold Schoenberg de Viena, y el de niños, Tölzen Knabenchor, llegaron a prestaciones casi milagrosas. Con seguridad se mostró en sus intervenciones la mezzosoprano sueca Anna Larson, que también participó en el primero de estos capítulos mahlerianos, el de la Segunda, allá en 2003, con el Orfeón Donostiarra. Qué lejos, y parece que fue ayer. Abbado pudo mantener el minuto de silencio simbólico después de la última nota de la sinfonía. Después llegaron las aclamaciones a la orquesta y coros. El director únicamente aceptó los aplausos en solitario al cuarto de hora del final. Estaba agotado, y se notaba. Pero también estaba feliz. Ve cómo todos sus sueños se van realizando. Tal vez el secreto de su nueva juventud sea precisamente esa búsqueda de la sencillez y del trabajo fuera de presiones, en atmósfera de libertad. Con la Orquesta del Festival de Lucerna tiene todas las complicidades imaginables para hacer la música de la manera que piensa y siente. Abbado vive una madurez musical emocionante y ello se manifiesta en versiones como ésta de la Tercera, de Mahler. Ha sido un privilegio poderlo escuchar y poderlo contar.
Publicado por jrtapia @ 10:38  | Se dice, se comenta
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