lunes, 27 de agosto de 2007

Publicado por jrtapia @ 8:00


Hélène Grimaud (piano), Renaud Capuçon y Sayaka Shoji (violines), Lars Anders Tomter (viola), Mischa Maisky (violonchelo)

I. Allegro brillante



II. In modo d'una marcia: Un poco largamente



III. Scherzo - Molto vivace



IV. Allegro, ma non troppo



Robert Schumann fue uno de los músicos que encarnaron más intensamente el espíritu del Romanticismo, puesto que su obra es fruto exclusivo de su yo interior. La introspección, el estudio de todos sus fenómenos internos, le proporcionó los datos fundamentales de su creación. Su visión poética buscó la naturaleza oculta de las cosas: de allí el inmenso espacio reservado en su obra para la fantasía, para lo misterioso, para lo infantil. Como él anotaba en su propio diario, siempre fue consciente de que poseía un “yo” público y un “yo” oculto; estas dualidades se advierten constantemente en su obra: los personajes de “Florestan” y “Eusebius” fueron un reflejo de ese desdoblamiento. Schumann se definía a sí mismo como «a la vez pobre y rico, abatido y vigoroso, cansado de la vida pero lleno de ardor». Es por ello también que abordó con tanta frecuencia la forma de las piezas breves (“Stücke”) y los Lieder, que le permitían escapar de los marcos organizados de la sonata tradicional y volcar más libremente su emoción. En sus numerosas composiciones vocales respetó la personalidad propia de cada escritor, demostrando una excepcional comprensión de la poesía, fruto no solo de su cultura, sino principalmente de su emotividad y su capacidad espontánea para describir sensaciones por medio de la música. Esto lo hizo ser uno de los polos fundamentales del Lied germano. Se ha dicho que en Schumann la música siempre busca explicar aquello que no se logra con palabras. Su música es reveladora de lo oculto, incluso lo inconsciente: toda su obra puede ser considerada, en efecto, como una confesión.

El Qinteto para piano y cuerdas es una obra de un dinamismo y un frescor insuperado. Alía el rigor de estilo de un Cuarteto con la fantasía imaginativa, la riqueza y la libertad concertante de la escritura pianística de Schumann. Sus cuatro movimientos están planteados como una marcha hacia delante que sigue una línea de fuerza que conduce a un "Finale " considerado como la meta esencial a alcanzar, y en el que la larga elaboración del microcosmos temático llega a la madurez. Es una solución formal tan feliz y tan adaptada a la estética romántica que vendría a ser universalmente aceptada a finales de siglo, por Liszt, Brahms, Dvorák, Chaikovski o Franck.

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