Gonzalo Alonso
(LA RAZÓN, 7-IX-07)

La noticia saltaba en pleno verano de 2006. Primero que Pavarotti había suspendido su próxima gira y luego que era ingresado en un hospital americano para una revisión. Hasta ahí no había nada alarmante. Al fin y al cabo había ingresado varias veces en hospitales. Una de ellas para operarse de cadera. Pero enseguida llegaba la preocupante noticia de que padecía cáncer de páncreas y había sido operado. El diagnóstico me quedaba tristemente claro: el mismo que los de Luís Antonio García Navarro o Rocío Jurado. Cuestión de meses. Por esas cosas del azar, estuve aquel verano en la cancela de su villa en Pésaro, donde pasaba el verano. Giancarlo del Monaco, con quien había trabajado, me la quiso mostrar. Una vez en la puerta, ni corto ni perezoso, como es él, llamó al telefonillo: «Soy Giancarlo del Monaco. No quiero molestar al señor, dígale sólo que también estoy en Pésaro y que le mando un abrazo». «El señor está en cama. Se lo diremos», le contestaron. Era la hora del almuerzo.
Con la frente helada
Un año más tarde Pavarotti había vuelto a Pésaro y una amiga común le había visitado. Me trasladó su estado: «Luciano está en cama, entubado, sudoroso pero con la frente helada. No le queda mucho tiempo». Al par de semanas era ingresado en un hospital de Módena. Giuliana, hija con su primera mujer, declaró que su padre deseaba «reunirse con sus padres y encontrar finalmente la paz».
Ante una situación así, cuando te piden un comentario, uno empieza por recordar. Mis primeros recuerdos personales me llevan al verano de 1972, en Verona. Era mi primera escapada a su festival y tuve la suerte de poder escuchar en tres días seguidos a tres grandes tenores: Franco Corelli, Carlo Bergonzi y Luciano Pavarotti. Éste cantaba «Ballo in maschera». Fui a saludarle al camerino. Estaba escayolado y me contó que se trataba de una lesión de esquí. Años después supe que me mintió. Ruggero Raimondi, que cantaba también allí aquellos días -«Ernani» con Corelli, Cappuccilli y Ligabue- me desveló que había sido una zancadilla de él mismo en un juego inofesivo que no lo resultó tanto. Creo que nadie en los últimos cuarenta o cincuenta años ha cantado «Ballo in maschera» mejor que él.
Tengo más recuerdos. Dos del Liceo por los mismos años. Cantó, antes aún de 1972, una «Lucia di Lammermoor» con Cristina Deutekom. Era entonces un joven empezando a tener un nombre internacional. Se le olvidó la letra en pleno aria final. Más tarde cantó una «Bohème» junto a Montserrat Caballé. Montserrat agonizaba en la cama cuando Luciano se sentó en ella. Se hundió... Cantó la misma obra en el Teatro de la Zarzuela madrileño. Mirella Freni y él, tan unidos desde sus mutuos nacimientos en Módena y misma nodriza, hicieron llorar a todo el público. Le encantaba Bilbao y el trato que los de la ABAO le dispensaban, así como las comidas. Era un auténtico glotón.
Ya número uno le escuché más veces. Recuerdo dos no muy afortunadas. La primera un Don Carlo en la Scala, dirigido por Muti. La segunda un «Ernani» en el Metropolitan con Levine. No se sabía el primer papel y el segundo no era adecuado para él. Mucho mejor estuvo en la citada Scala como Radamés.
Los tres tenores
La voz de Luciano era impresionante por el volumen y el brillo. Era la del típico tenor lírico italiano: soberbio el agudo, cálido el centro... Así lo comprendieron Joan Sutherland, Richard Bonynge y la DECCA cuando le invitaron a grabar sus primeras óperas completas: «Beatrice di Tenda», «La hija del regimiento», etc. Más discos, actuaciones en vivo y un poco de publicidad hicieron el resto: Pavarotti se convirtió en el rey de los tenores. Un reino que compartió con Plácido Domingo, con el que mantuvo una rivalidad real -de la que fui testigo- hasta que el dinero y Carreras les unieron.
Desde aquel terrible concierto de los tres tenores en Caracalla de 1989, se transformaron en amigos rivales. He escrito terrible porque fue el concierto que hundió la ópera. Justificado como un intento de acercar el género a los grandes públicos, lo que sin duda logró, tuvo un efecto perverso. Tenores y sopranos de primera fila descubrieron que se podía ganar mucho más dinero con un concierto bien promovido que cantando una ópera en un teatro. Para colmo no necesitaban estar ensayando durante un mes. Nunca en la historia se habían dado carreras como las de hoy, con una Renée Fleming que sólo canta un par de óperas al año y el resto son recitales. Y las casas de discos, cansadas de no vender estos, decidieron participar en los conciertos y dirigir las carreras en vivo de sus artistas. Un gran cambio y nada positivo para el género.
Pavarotti siguió cantando alguna que otra obra, pero se prodigó más en conciertos. Inmóvil en escena y con poca capacidad para matizar los personajes, sus interpretaciones habrían resultado algo sosas y monótonas si no hubiera sido por aquella voz maravillosa de timbre y personalidad inconfundible. Llegó a todos los públicos, a las portadas de diarios y revistas de todo tipo. Plácido era el artista, él el tenor. Y, lo que mucha gente no sabe, es que apenas sabía solfeo. Me lo habían contado y tuve ocasión de comprobarlo cuando, una vez, pude ver sus páginas en el atril: contenían sólo la letra y no las notas.
«Tutto Pavarotti»
Se prodigaron los conciertos con artistas del pop, que se bautizaron como «Pavarotti y sus amigos» y, en pleno apogeo financiero, volvió a cantar en España. Así en Santiago y Madrid con remuneraciones increíbles. Era uno de los discos más vendidos aquel bautizado como «Tutto Pavarotti». La fama y el desconocimiento de sus nuevos públicos eran tan grandes que un espectador, en pleno delirio, le gritó: «Bravo Tutto», como si «Tutto» fuese su nombre. Aunque haga ya muchos años que no le oyésemos cantar en vivo, sin duda todos los grandes aficionados lamentamos la pérdida de una de las últimas voces realmente importantes que ha tenido la ópera.
"El mejor no existe"
Teresa Berganza
(LA RAZÓN, 7-IX-07)
He perdido a una persona muy querida, que es, al fin y al cabo, lo más importante, lo que verdaderamente cuenta. Éramos amigos, no confidentes, pero sí seguíamos nuestras carreras desde hace treinta o cuarenta años y nos encontrábamos por todas partes, aunque últimamente era difícil debido a su estado de salud. Luchó una barbaridad, hasta el minuto final, siempre con una sonrisa, con fuerza, con la valentía de alguien que no se quiere dejar vencer. Tuve la suerte de poder hablar con él durante meses hasta que ingresó en el hospital. Cuando le llamaba a casa él era quien cogía el teléfono y con una voz femenina que impostaba me decía: «Qué parla?». El sentido del humor era increíble. Y yo le respondía entonces: «Soy Teresa», y me contaba cómo se encontraba y hablaba de su tragedia con una naturalidad que a veces no se entendía porque él siempre fue consciente de lo mal que estaba. Se va uno de los grandes, aunque no el mejor porque el mejor no existe. Cada artista es diferente y su voz era única, de un lirismo muy difícil de superar. Como cantante era distinto. Era el tenor del pueblo, su nombre era su tarjeta de presentación: todo el mundo, aficionado o no, conocía a Pavarotti, se enganchaba a su voz nada más escucharle. Apenas pude dormir ayer. Sabía que estaba francamente mal. Telefoneé a Mirella (Freni) y me hizo saber que se acercaba el final, tenía la voz entrecortada. Era como una hermana para él y entonces supe que apenas le quedaba tiempo. Me duele pensar que los cantantes de mi generación, que creo que ha sido grande, estamos ya en la primera línea, que nos vamos marchando poco a poco. Tardará mucho, mucho tiempo, si es que llega, la aparición de un nuevo Pavarotti.