Sergiu Celibidache (28 de junio de 1912 – 14 de agosto de 1996) fue un director de orquesta rumano que desarrolló su carrera artística principalmente en Alemania.
Celibidache nació en Roman (Rumania) y comenzó sus estudios musicales con el piano. Después estudió música, filosofía y matemáticas en Bucarest, Rumania y París. Una de las más importantes influencias en su vida fue Martin Steinke, un conocedor del budismo zen, que afectó profundamente el punto de vista de Celibidache para el resto de su vida.
Estudió en Berlín y, entre 1945 y 1952, fue director principal de la Orquesta Filarmónica de Berlín. Posteriormente trabajó con otras orquestas en Estocolmo, Stuttgart y París. Desde 1979 hasta su muerte fue Director Musical de la Orquesta Filarmónica de Munich. Enseñó regularmente en la Universidad de Mainz (Alemania) y en 1984, en el Instituto Curtis de Filadelfia, Pennsylvania. La docencia tuvo una especial importancia para él durante toda su vida. Sus cursos eran frecuentemente libres, para todos los oyentes, con entrada gratis.
Desde 1950 se negó a publicar grabación alguna de sus interpretaciones, alegando que ninguna grabación es capaz de captar todos los matices sonoros que se perciben en directo en una sala de conciertos, aunque, pese a todo, fue bastante condescendiente con la circulación de algunas grabaciones pirata de sus interpretaciones en directo. No obstante, tras su muerte, su familia decidió publicar algunas de sus grabaciones.
Sergiu Celibidache murió en París en 1996.
Celibidache era especialista en interpretar composiciones del Romanticismo. Adquirió gran notoriedad entre los melómanos por su peculiar e inconfundible estilo, más cercano a la libertad interpretativa de Wilhelm Furtwängler, que a la firmeza y fidelidad a la partitura de Arturo Toscanini, Hermann Scherchen o René Leibowitz.
Su repertorio se centra, principalmente, en el Romanticismo, con especial predilección por los grandes sinfonistas, como Beethoven, Bruckner o Chaikovski. Su estilo se caracteriza por una gran espontaneidad, apoyada en extravagantes métodos de ensayo; por una total libertad al escoger los tempi que, a menudo, son mucho más lentos que las indicaciones metronómicas de la partitura; y, además, por una enorme sutileza en los matices tímbricos, lo que acentúa el carácter dramático de la música.
El acercamiento al modo de hacer música según Celibidache es descrito a menudo en términos de lo qué no debe hacerse en lugar de lo qué se hizo. Por ejemplo, se ha hablado mucho del "rechazo" de Celibidache a hacer grabaciones, teniendo en cuenta que casi todas sus actividades concertantes fueron grabadas (y muchas fueron comercializadas públicamente en forma póstuma por sellos importantes como EMI y Deutsche Grammophon). Sin embargo, prestó poca atención al proceso de estas grabaciones, a las que consideraba como meros subproductos de sus presentaciones.
El interés de Celibidache radicaba en crear, en cada concierto, las condiciones óptimas para lo que él llamaba una "experiencia trascendental". Creía que dicha experiencia era difícilmente comparable a la audición de música grabada, razón por la que la evitaba. Como resultado, algunos de sus conciertos dieron al público experiencias excepcionales que cambiaron incluso su vida; por ejemplo, un concierto en 1984 en el Carnegie Hall, fue considerado por el crítico del New York Times, John Rockwell, como el mejor de su vida en 25 años de oyente.
Debido a su dedicación a los conciertos en vivo y a la enseñanza, Celibidache logró un gran prestigio como maestro musical. Sin embargo, desde que murió, las grabaciones que existen son ahora la mayor fuente de acceso a su arte y a sus ideas. Estas grabaciones están consideradas como documentos históricos y son comparadas con otras grabaciones del mismo repertorio pero interpretado por otros directores, en lugar de aproximarse a ellas como un legado documental de su actividad artística en vida.
Una característica de muchas de sus grabaciones es, por ejemplo, un tempo más lento de lo considerado normal, mientras que, en los pasajes rápidos, sus tempi a menudo exceden la norma. Sin embargo, desde el propio punto de vista de Celibidache, la crítica del tempo de la grabación es irrelevante, pues no puede hacerse una crítica de la ejecución sino de una transcripción de aquella, que no conoce el ambiente del momento - para él, éste es el factor clave en cualquier presentación musical -. Tal como Celibidache explicó, el espacio acústico en el que uno oye el concierto afecta directamente la probabilidad de que puede surgir la experiencia trascendental deseada. El espacio acústico desde el que uno oye la grabación de sus interpretaciones, por otro lado, no tiene impacto sobre la interpretación, del mismo modo que es imposible por las características acústicas de aquel espacio el motivar a los músicos para que toquen, por ejemplo, más lento o rápido.
Por ello, sus versiones grabadas difieren tanto de la mayoría del resto de versiones que se les ha llegado a considerar más como objetos de colección que como versiones generales.
Ediciones notables han sido sus interpretaciones en Munich de Beethoven, Brahms, Bruckner, Schumann, Bach, Fauré y una serie de conciertos en vivo con la Orquesta Sinfónica de Londres.
Como sucedió con muchos directores importantes, como Arturo Toscanini (al que Celibidache despreció como "un idiota que gobernó por sesenta años"), Lorin Maazel, Leonard Bernstein (al que admiraba) y Simon Rattle, la carrera de Celibidache no estuvo ausente de controversias. Por ejemplo, bajo su dirección, la Filarmónica de Munich se vio involucrada en una larga batalla legal para despedir a la solista de trombón, Abbie Conant, que duró doce años, y que finalizó con el triunfo de la trombonista.