Víctor M. Burell
EL PUNTO DE LAS ARTES
Mi afición por lo nuevo me lleva a menudo hasta conciertos en los que no son los nombres el mayor de los triunfos. Me parece una obligación del crítico en contra de la casi seguridad que dan las estrellas, las que, por otra parte, ya ocupan su lugar en el firmamento implantadas, seguro, por otros valientes antecesores míos incluso contra viento y marea.
Bien es cierto que casi nunca descubrimos América. Los "buenos" músicos cada vez abundan más, lo que es una suerte histórica; pero los "extraordinarios" siguen contándose cada año por los dedos de una mano solamente.
En el 2006-2007, tres jóvenes me han obligado a arrodillarme ante la nueva tierra descubierta, dos ya citados (Antonio Martín Acevedo, violonchelo español y Edicson Ruiz contrabajo venezolano) y este pianista, Luis Fernando Pérez, que ahora descubro con motivo de la inauguración del nuevo espacio, que el Ayuntamiento de la Granja ha puesto a disposición de "la cultura" en el antiguo Cuartel de la Guardia de Corps maravillosamente reconstruido. La Universidad Politécnica es responsable de la "estupenda culpa" del encuentro.
La música española de teclado fue protagonista en un Yamaha gran cola, que por so-nido (acompañado de la acústica de la sala), fue más fiel traductor de Soler que del res-to de los programados (Mompou, Granados y Albéniz, éste último nada menos que con los dos primeros cuadernos de su Iberia). La lucha extraordinaria del pianista para conseguir, con su juego de pedal y su enorme gama de intensidades, lo que al final terminó diciéndonos, acabaría, con una casi rabia encendida, traduciendo dos chopines sencillamente memorables.
Técnica subyugante por segura siempre al servicio de lo que quiere decirse, desde lo definido a lo ambiguo, desde lo apasionado a lo lírico hasta el punto de saber cantarse el andalucismo albeniciano sin romper jamás las texturas de su piano formidablemente vanguardista. Las dinámicas, apoyadas por otro instrumento más apropiado en sonido, se hubieran significado de manera más contundente, aunque aún así jamás se llegara a disfrazar la claridad de intenciones.
En fin, brillantez en Granados e intimismo en Mompou además de la soberbia maduración de Iberia con su cumbre en el aparentemente imposible "Corpus", respirado de manera sabia para dar alcance a su complejidad hasta ponerle a la altura de los grandísimos coronados por Orozco y Larrocha; y treinta años sólo para quien ya no es una promesa sino una realidad incuestionable.
Como colofón, esperamos además que "Mamá" (Iván de la Cruz) cocine por muchos más años.