Arturo Reverter
LA RAZÓN, 1-X-2007
Samuel Ramey caracterizado como Boris Godunov
«Boris Godunov»
De Musorgski. Intérpretes: Samuel Ramey, Anatoli Kotscherga, Misha Didyk, Vladimir Matorin, Stephan Rügamer, Dmitri Voropaev, Vasily Gerello… Coro de niños de la Comunidad. Coro y Orquesta titulares. Director musical: Jesús López Cobos. Director de escena: Klaus Michael Grüber. Escenógrafo: Eduardo Arroyo. Coproducción con el Teatro de la Moneda de Bruselas y Ópera Nacional del Rhin. Teatro Real, Madrid, 29-9-2007.
El uso de la modalidad, de escalas musicales propias del este, el empleo de un elocuente recitativo dramático, la originalidad en el tratamiento de la prosodia y el protagonismo dado al coro como representante del pueblo son algunas de las características que hacen de «Boris Godunov» una obra grande. Sobre todo, cuando se escucha en la versión primigenia de Musorgski. Habríamos preferido, sin embargo, que no se hubiera prescindido del acto polaco, en el que se explican cosas de una acción que no se entiende fácilmente.
La versión escuchada, de Pavel Lamm, es una fusión de las dos que el compositor presentó en 1869 y 1872, con la oscura, ascética, seca y austera orquestación, armonía y tonalidades originales. López Cobos desentrañó texturas, aquilató timbres, desarrolló las ceñidas líneas melódicas. Así pudo elevarse con finura la estructura dramática y musical, que discurrió fluida y ordenadamente.
Hubiéramos querido unas coloraciones más sombrías, unos acentos más agresivos, una exposición más «concitata», que pudiera reflejar en mayor medida las turbulencias interiores y exteriores que van conformando el drama. Impulsados por la buena mano rectora coro y orquesta tuvieron un excelente día. Aquél cantó casi siempre empastadamente, con general justeza. Ésta ofreció magníficos claroscuros y refinadas sonoridades; aunque dudamos de que éstas sean realmente una primordial característica de la adusta partitura.
Ramey tiene ya 65 años; pero, exceptuando una ostensible oscilación y una pérdida de brillo tímbrico, cantó con solvencia, clara dicción, igualdad de registros y empaque. Por supuesto que habríamos preferido una interpretación más alucinada, de un mayor sabor trágico.
Kotscherga otorgó, desde una voz no muy rica y de emisión abierta y algo descolorida, un canto íntimo y recogidamente poético al monje Pimen. Estupendo el expresivo Varlaam de Matorin, de instrumento pastoso e igual. Decoroso, con emisión muy eslava y fáciles agudos, el Dmitri de Didyk. No nos convenció nada el Shuiski del blanquecino tenor Rügamer. El taimado personaje necesita de una voz más penetrante y de un canto más contrastado e insinuante. El resto del extenso reparto, con muchos secundarios de casa, cumplió sobradamente. Todos deambularon por una escena más bien desangelada, aunque no exenta de atractivos en su desnuda amplitud y en sus tonalidades azules. Grüber, secundado por la buena mano de Arroyo, plantea un espacio que no constriñe la acción, lo que hoy se agradece.
Detalle facilón
Pero la apuesta ocasiona también una frialdad, una congelación similar a la de la figura del falso Dmitri, que queda convertido en estatua ecuestre al final de la función. Las cuestiones de fondo -ansia de poder, sentido de culpa, la revolución y tantas otras- quedan marginadas; Una trama tan rica necesita más. El pintar a Boris de purpurina -símbolo de oro, de poder- se nos antoja, al contrario, un detalle demasiado facilón. Curioso, cuanto menos, convertir a Pimen en una réplica naïf de San Jerónimo. La miseria del pueblo ruso se quiso subrayar, entre otras cosas, con unos trajes -de la época estalinista- cuajados de moscas. Un efecto difícil de apreciar a distancia. Hubo alguna disidencia contra la producción.