martes, 30 de octubre de 2007

Publicado por jrtapia @ 18:00


Ópera de Washington, 1999


"El Cid" es una ópera en cuatro Actos, con música de Jules Massenet (1842-1912) y libreto de Adolphe-Philippe D'Ennery, Edouard Blau y Louis Gallet sobre la tragedia homónima de Pierre Corneille representada por primera vez en el Teatro de la Ópera de París el 30 de noviembre de 1885.

El libreto circunscribe la trama a los conflictos de Don Rodrigo, como pretendiente de Jimena, la mujer a cuyo padre ha dado muerte en un duelo. Esos conflictos envuelven también a Jimena, quien enfrenta el dilema de elegir entre sus sentimientos por Don Rodrigo, a quien ama desde antes del duelo, y lo que el deber le dicta como a hija del Conde Gormas. Una de las Infantas (hijas del Rey) complica la situación, al expresar que también ama a Don Rodrigo, pero que renuncia a sus sentimientos por la imposibilidad de una unión con su amado porque es plebeyo. La conjuntura de la decisión del Rey de España, de nombrar al Don Rodrigo Caballero del Reino, y la noticia propalada -cuando la ceremonia estaba teniendo lugar- de que los moros avanzaban en son de guerra, posibilita la solución, pese a que al mismo tiempo agrava la crisis. Don Rodrigo solicita la misión de encabezar el ejército español para enfrentar a los moros. Este ejército es endeble y numéricamente inferior, por lo que la suerte del héroe está sellada. Antes de partir visita a Jimena y juntos deciden escuchar la voz del deber y renunciar a su mutuo amor. Jimena, sin embargo, le promete que si regresa victorioso y cubierto de gloria, ella lo perdonará. Como el ejército de los moros es poderoso, los soldados españoles empiezan a desertar. Pero el acopio de fuerzas de Don Rodrigo, lo lleva a enfrentar al enemigo imbuido de coraje por su fe y sus oraciones. En la corte del Rey se escuchan las noticias sobre la derrota del ejército español, pero la derrota, dice él, se trocó en victoria. La leyenda dice que Don Rodrigo murió en el campo de batalla y que para infundir de valor a las tropas y amedrentar al enemigo, montaron el cadáver en su caballo, y lo pusieron a la vanguardia de las tropas que contra atacaron, logrando así la ansiada victoria. El pueblo convocado ante el palacio, aclamó a Rodrigo como El Cid Campeador (el conquistador).

A pesar de su temática heroica y de su espectacular despliegue escenográfico, tan del gusto parisino, ante todo y sobre todo "El Cid" es, como "Manon" o como "Werther", una hermosa historia de amor. Como en "Aida", hay numerosas escenas de masas, con batallas, soldados, cautivos, cortesanos y "desorden pintoresco" sobre la escena, como sugerían expresamente los libretistas; todo ello teñido de cromático y vistoso orientalismo muy medieval y muy "a la morisca". Pero, como en el título verdiano, "El Cid" es, en el fondo, una ópera intimista en la que el compositor escruta musicalmente los sentimientos más profundos del alma humana. Por ello nada tiene de extraño que la mejor escena de la ópera sea precisamente la del primer cuadro del acto tercero, en la que Jimena llora por la muerte de su padre y la ruptura de su compromiso amoroso con Rodrigo en una de las arias más hermosas y delicadas escritas jamás para mezzosoprano -o soprano dramática- ("Pleurez, pleurez mes yeux!"), a la que sigue el dúo entre Rodrigo y Jimena ("O jours de première tendresse"), en el que Massenet, en una de las melodías más sublimes y sensuales de su producción, presenta los contrastados sentimientos de los atormentados amantes.

Plácido Domingo desempeña su papel con los recursos que le son habituales: potencia de voz, fuerza y pasión en los momentos de la trama que así lo exigen y gran dominio de escena; hace un convincente Don Rodrigo.

La identificación de Plácido Domingo con el personaje que da título a la ópera de Massenet le llevó a encargarle un retrato, caracterizado como nuestro héroe medieval, al gran pintor sevillano Francisco Borrás, Catedrático de Dibujo del Natural en Movimiento de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Hispalense. Los primeros bocetos fueron tomados durante 1985 en la residencia del tenor en una conocida urbanización madrileña. Y el lienzo definitivo, de grandes proporciones (250x180 cm), se realizó en Sevilla en 1986 en el estudio del pintor, próximo a la popular calle Feria. Como "modelo ideal" calificó Borrás a Plácido, que le facilitó su tarea "gracias a su dominio del espacio, su naturalidad personal y su desenvoltura escénica". En actitud heroica, blandiendo su popular "Tizona", con Jimena a sus pies, el lienzo combina el figurativismo más realista (Borrás es un prodigioso retratista) con la alegoría histórica, con la espectral figura de El Cid muerto cabalgando triunfante sobre Babieca en la toma de Valencia en un más difuminado segundo plano de tenues y suaves tonalidades cromáticas. El lienzo fue expuesto en Viena, Madrid y Nueva York, siendo en la actualidad propiedad del tenor madrileño.

Sinopsis
La acción de "El Cid" se desarrolla en Burgos, capital del reino de Castilla, España, durante el siglo XIII.

Acto I: Los amigos del Conde de Gormaz, reunidos en su mansión, charlando con él de Rodrigo que ese mismo día, va a ser armado Caballero. Jimena está allí, y se alegra, pues su padre es favorable a su unión con el joven guerrero. La Infanta se queda a solas con ella y le confiesa su amor secreto y sin esperanza por Rodrigo.

Ante de la catedral de Burgos el pueblo da gracias a Dios. El Rey anuncia la victoria sobre los moros. Posteriormente, no contento con haber armado Caballero a Rodrigo, nombra a Don Diego preceptor del príncipe heredero. Cólera del Conde, Desaire. Monólogo de don Diego ("O rage, ô désespoir!"). Rodrigo con el corazón destrozado, después una aparición fugaz de Jimena, el acepta vengar a su padre.

Acto II: En una calle de Burgos, Rodrigo camina sólo, abatido. Anochece. Se tropieza con el Conde de Gormaz y lo desafía a un duelo tras un intercambio de insultos. El Conde cae mortalmente herido. El ruido atrae a los criados del Conde, y éstos a los guardias y finalmente a Jimena. A la vista del cuerpo de su padre, ella arroja imprecaciones contra el asesino. Deambula entre la gente y al mismo tiempo estudia sus caras. Al observar la agitación de Rodrigo se da cuenta al instante y da un chillido. Desde el interior del palacio, se oyen voces que entonan un Réquiem.

En la siguiente escena aparece el palacio real, en el que predomina un ambiente festivo. La corte no conoce la muerte del Conde de Gormaz y el pueblo se alegra con las bellezas de la primavera. El ambiente festivo se rompe rápidamente por la llegada de Jimena, la cuál exige la vida de Rodrigo. Don Diego explica al Rey las circunstancias del duelo, ante el cuál la corte está dividida, para unos Rodrigo ha actuado correctamente defendiendo el honor de su padre, por el contrario otros defiende la preponderancia de la justicia (una vida por una vida).

En el transcurso de esta disputa, aparece el enviado del soberano Boabdil con una declaración de guerra. Gran número de españoles quedan muy abatidos y Don Diego pide al Rey que permita a Rodrigo capitanearlos en la batalla. Cuando Rodrigo promete que volverá para recibir el castigo que el Rey considere oportuno, la petición es concedida.

Acto III: Jimena está sola en su habitación llorando. Rodrigo acude para despedirse y decirle adiós. Ella le confiesa que todavía le ama, pero que su deber le dicta lo que debe hacer. Rodrigo le dice que está de acuerda en que elle sólo puede seguir un camino. Por unos momentos ella sigue los dictados de su corazón y piensa perdonarlo, pero vuelve a tomar el control de sí misma y le ordena que se vaya. A continuación Rodrigo le dice que puede morir en el combate, ella le suplica que viva y le dice que podría perdonarlo si salva a España. Nuevamente piensa en su padre lo que le obliga a salir rápidamente, confundida y avergonzada.

En el campamento de Rodrigo, los soldados beben y cantan mientras están entretenidos por las danzas de los prisioneros moros. Los soldados, sin embargo, están divididos. Unos creen que la derrota es segura y quieren retirarse; por el contrario, otros prefieren morir por España. Aparece Rodrigo y les dice que quien quiera abandonar puede hacerlo. Algunos se van, pero la gran mayoría se queda preparando le próxima batalla.

El la siguiente escena (que corresponde al vídeo de este artículo) Rodrigo está en su tienda orando. Una visión de Santiago Apóstol le asegura que saldrá victorioso de la batalla.

Texto

RODRIGUE

O souverain, ô juge, ô père,

Toujours voilé, présent toujours,

Je t'adorais au temps prospère

Et te bénis aux sombres jours!

Je vais où la loi me réclame

Libre de tous regrets humains!

Ô souverain, ô juge, ô père,

Ta seule image est dans mon âme

Que je remets entre tes mains!



(Un lueur grandit peu à peu et se

détache sur le fond de la tente. C'est

l'image vivante de Saint Jacques le

Major qui apparaît pendant

que des voix célestes se font entendre)



VOIX DU CIEL

Ô souverain, ô juge, ô père!

Toujours voilé, toujours présent!



RODRIGUE

(extasié)

Ces voix! ces voix d'en haut!

la nuit s'éclaire!



SAINT JACQUES

Rodrigue!



RODRIGUE

Saint Jacques!



SAINT JACQUES

Jusqu'au ciel a monté ta prière!



RODRIGUE

Naguère, il a reçu ma foi!

Il m'entendait! il vient à moi! à moi!

Ô souverain ô juge, ô père!

Ta seule image est dans mon âme

que je remets entre tes mains

Ô souverain ô juge, ô père!

(Traducción)

RODRIGO

¡Oh soberano! ¡Oh juez! ¡Oh padre!

¡Deseado siempre; siempre presente!

¡Te he adorado en la prosperidad

y te bendigo en el dolor!

¡Voy donde tu ley me reclame,

libre de todo lamento humano!

¡Oh soberano! ¡Oh juez! ¡Oh padre!

¡Sólo tu imagen está en mi alma

y yo me entrego a tus manos!



(Un fulgor que, poco a poco, se hace más

grande hasta que, en el fondo de la tienda,

se convierte en fuego. Aparece la imagen

viva de Santiago, mientras

van oyéndose voces celestiales)



VOZ DEL CIELO

¡Oh soberano! ¡Oh juez! ¡Oh padre!

¡Deseado siempre; siempre presente!



RODRIGO

(extasiado)

¡Esa voz! ¡Esa voz desde lo alto!

¡La noche se abre, se llena de luz!



SANTIAGO

¡Rodrigo!



RODRIGO

¡Santiago!



SANTIAGO

¡El Cielo ha escuchado tu súplica!



RODRIGO

Has recibido mi fe,

¡me has escuchado! ¡Has venido a mí!

¡Oh soberano! ¡Oh juez! ¡Oh padre!

¡Sólo tu imagen esta en mi alma

y yo me entrego a tus manos!

¡Oh soberano! ¡Oh juez! ¡Oh padre!



Los soldados se reúnen en el campo de batalla. Trompetas anuncian el comienzo del ataque y Rodrigo, blandiendo la espada que le ha dado el Rey, acaudilla sus tropas. Se produce una confusión general en el fragor de la batalla.

Acto IV: El Palacio Real. Don Diego es informado por los desertores de que Rodrigo ha muerto. Les recrimina por su cobardía y, aunque queda con el corazón destrozado por la pérdida de su hijo, está contento porque ha muerto de forma heroica. La Infanta intenta consolarlo, mientras Jimena, está profundamente apenada, pero se consuela por librarse de su dilema. Su muerte, dice, le deja libre para amarlo eternamente sin necesidad de vengarse. Ella se encuentra de nuevo aliviada al conocer los verdaderos sentimientos que siente por Rodrigo.

El Rey entra y una trompeta proclama la verdad, Rodrigo está vivo y victorioso. Llega con prisioneros moros y, fiel a su palabra, devuelve la espada al Rey, y le pregunta por su castigo. El Rey, a su vez, pregunta a Jimena qué es lo que ha decidido. Confusa, reclama el castigo para salvar la dignidad de su padre, pero su amor la traiciona y no es capaz de condenar a un gran soldado; aunque aún no es capaz de perdonarlo. Rodrigo le tiende su cuchillo, pues no está dispuesto a vivir con su desprecio, pero ella se precipita y le dice que él debe vivir y que le perdona, al mismo tiempo que quiere protegerlo del filo de su cuchillo. La ópera finaliza con gran alegría y regocijo de todos.

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