domingo, 04 de noviembre de 2007
Gustavo Dudamel, director



Merece la pena dar cuenta de los conciertos de la Simón Bolívar, por su prodigiosa calidad y para paliar el desconocimiento generalizado de un fenómeno tan asombroso y superlativo, que es tan solo la punta del iceberg y el estandarte de una profunda revolución de la música clásica surgida y consolidada en un lugar insospechado para los “eurocentristas” y “primermundistas”, como es Venezuela. Es sabido que la opinión de la mayoría de la población de esos países ricos y “cultos” oscila entre el abierto menosprecio y el enojoso paternalismo hacia los pueblos de Iberoamérica ¿Cómo iban a suponer en las naciones de larga y sostenida tradición musical ─Austria, Alemania, Suiza, Italia, Francia, Gran Bretaña…─ que alguien como Simon Rattle, Director Titular de la Filarmónica de Berlín, haya afirmado tajantemente: “Si alguien me pregunta dónde está sucediendo algo importante para el mundo de la música, le respondería que en Venezuela”?

Todo tiene su explicación y su origen: en 1975, José Antonio Abreu creó el Sistema Nacional de las Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela, conocido simplemente como el Sistema. Se trata de un proyecto cultural en su sentido más amplio, de integración social de jóvenes y niños de todas las procedencias, especialmente dirigido a los de familias con medianos o escasos recursos económicos, e incluso a “niños de la calle”, abocados a la marginalidad y la delincuencia. A estos últimos se les acoge en una familia y en una orquesta infantil, acontecimiento que suele cambiarles la vida: adquieren conocimientos básicos y musicales y se integran en una comunidad musical, que, en medida más intensa que otros colectivos, tiene la cualidad de aglutinar y descubrir, a través de los instrumentos y del canto, el diálogo y la armonía vitales y sociales. El experimento (no sin grandes esfuerzos y espíritu de “combate cultural”, simbolizado por el lema de Tocar y Luchar que ostentan las medallas que lucen los miembros de las orquestas del Sistema) ha tenido un éxito sorprendente: hoy existen en todo el territorio de Venezuela 250.000 personas haciendo música en 135 Orquestas Jóvenes, 75 Infantiles y 30 de adultos profesionales a pleno rendimiento, y un numerosísimo público oyente de música clásica. Porque, como es lógico, muchos de los niños no llegan a ser músicos profesionales, pero ellos, y, por contagio, sus allegados, adquieren sensibilidad y gusto musical. Aparte de que, como resultado de una de las directrices del Sistema, muchos de los jóvenes que no tienen capacidades para formar parte de una orquesta, son rescatados laboralmente al insertarse en una amplia red de talleres dedicados a la reparación y fabricación de instrumentos sinfónicos y populares, que surten al país y se exportan a toda Iberoamérica, así como en cometidos organizativos, administrativos o auxiliares del gran conjunto de orquestas y acontecimientos musicales, que tienen lugar en todos los rincones de Venezuela.

En un extenso artículo del escritor Florestán de Castro en la edición española de "Le Monde Diplomatique" (noviembre de 2006), titulado “Auge de la música clásica en Venezuela” se señala cierta similitud con el caso, ya no muy reciente, de los países del Norte de Europa, que han llevado una verdadera “revolución cultural” en el campo de la música, de modo espectacular Finlandia, y, menos llamativamente, Noruega, Suecia o Dinamarca (camino que siguen los pequeños Estados bálticos). Pero, aunque periféricos en la gran vida musical europea, esos ejemplos no resultan tan asombrosos como el de Venezuela, que ha atraído a directores tan significativos como Claudio Abbado (que visita el país con frecuencia, en una colaboración estable y continua), Simon Rattle, Daniel Barenboim y otros. También el “milagro venezolano” se personifica en individualidades, como la de Gustavo Dudamel (26 años de edad), del que Rattle ha dicho que es el “director más preparado que conoce”: condujo por primera vez una orquesta a los 12 años, y a los 18 fue nombrado Titular de la Simón Bolívar. Ya ha dirigido a muchas de las grandes orquestas del mundo, y, recientemente, ha sido designado Titular de la Orquesta Sinfónica de Los Ángeles, aunque “siempre –son palabras que se le han escuchado en persona– volveré a Venezuela (de momento le reservo cada año cuatro meses completos); porque para mí no es un compromiso, sino razón de vida”.

Con estos “mimbres”, la Sinfónica de la Juventud Venezolana Simón Bolívar (afiliada a la organización mundial de Juventudes Musicales) ha suscitado la expectación del público en Sevilla, Lucerna o Londres. La primera sorpresa es comprobar que su nombre corresponde a la realidad: es una Orquesta Joven, como la JONDE, en la que ningún componente supera los 25 años. A las orquestas jóvenes, aunque de músicos seleccionados, siempre las oímos con cierta benevolencia, pensando que están compuestas por excelentes promesas, pero aún en un período superior de aprendizaje ¡Y un cuerno –si se nos permite la expresión– con la Simón Bolívar! Para nada necesita nuestra condescendencia: exige ser oída como una Sinfónica profesional de primera magnitud, pese a los rostros juveniles, risueños y aparentemente informales. El segundo asombro es comprobar que no es que se trate de una large Orchestra, sino de una descomunal formación sinfónica. En la Simón Bolívar están en plantilla hasta 200 músicos, y, como se puede comprobar en el vídeo, permutando, estan en cada momento, sobre el escenario del Auditorio de Lucerna hasta ¡160! Tremendo: como simples ejemplos, 12 contrabajos, 18 violas, los metales por seis (incluyendo dos tubas, aunque hay cuatro), y todo lo demás en la proporción correspondiente.

Pero el estupor alcanza su límite extremo cuando se les oye tocar: son abrumadoramente buenos. El empaste, la conjunción de los diversos timbres, la precisión en las dinámicas y el ritmo, la disciplina y, por encima de todo, esa misteriosa musicalidad que, aunque exige la “técnica”, parece estar por encima de ella, nos deja boquiabiertos.
Publicado por jrtapia @ 18:00
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