Todo lo relacionado con la música en la Universidad Politécnica de Madrid
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Leila Josefowicz, debutó con sólo 16 años en el Carnegie Hall, con el Concierto de Tchaikovsky junto a Neville Mariner y la Academy of St. Martin in the Fields. Desde entonces, ha actuado junto a las más prestigiosas orquestas del mundo, entre las que se incluyen las Sinfónicas de Boston y Chicago, las Orquestas de Cleveland y Philadelphia, Filarmónica de Los Ángeles, Filarmónica de Londres, la Gewandhaus de Leipzig, Orquesta Nacional de Francia, Sinfónica de Viena, Orquesta Sinfónica Alemana de Berlín y Sinfónica NHK, siendo dirigida por directores de la talla de Seiji Ozawa, Valery Gergiev, Wolfgang Sawallisch, Charles Dutoit, Kurt Sanderling y Franz Welser-Möst entre otros. Del mismo modo colabora estrechamente con compositores contemporáneos como John Adams y Oliver Knussen.
Sus compromisos más recientes en Europa incluyen la interpretación del Concierto para Violín de Knussen con la Gewandhaus de Leipzig y la Orquesta de la Residencia de la Haya y del Concierto de John Adams con la Orquesta de la Radio Holandesa dirigida por el compositor. Otros conciertos de esta temporada son los de la Sinfónica de Bamberg, Royal Stockholm, Sinfónica de Hamburgo, una gira por Suiza con la Orquesta Sinfónica Ciudad de Birmingham con Sakari Oramo, otra gira en Alemania con la Filarmónica de Bergen y una gira con la London Symphony por toda Europa. Tocó en el Festival de Salzburgo y como solista en la Última Noche de los Proms de Londres, donde también estuvo en 2004 y 2005. En Norteamérica, sus compromisos más recientes han sido las actuaciones con la Orquesta de Minnesota, Saint Paul Chamber Orchestra, Filarmónica de New York, Filarmónica de Los Ángeles. Ha dado recitales en San Francisco, Pittsburg, Los Ángeles y Nueva York. Ha tocado con la Sinfónica de Pittsburgh, Toronto, Ottawa, Quebec, Dallas, Cincinnati, Milwaukee, Detroit y Baltimore. Sus últimos discos han tenido mucho éxito: un recital con John Novacek y el Concierto para Violín nº 1 de Shostakovich con la Orquesta Sinfónica Ciudad de Birmingham dirigida por Sakari Oramo. Su primer disco recogía los conciertos de Chaikovsky y Sibelius, dirigidos por Sir Neville Marriner. El segundo estaba dedicado a obras de violín solo de Bartók, Kreisler, Ysaÿe, Ernst y Paganini. Ambos discos fueron galardonados con el Premio Diapasón d'Or. Posteriormente, se han editado su tercer disco, "Bohemian Rhapsodies", una selección de obras virtuosísticas para violín y orquesta, "For the End of Time and American" con el pianista John Novacek, y los conciertos de Mendelssohn, Glazunov, y Prokofiev con la Sinfónica de Montreal dirigida por Charles Dutoit. Leila Josefowicz toca un violín Guarnerius del Gesu de 1724.
Concierto para violín nº 1 en Sol menor, Op. 26
Además de este concierto, Bruch compuso otros dos conciertos, así mismo para violín y orquesta, tres sinfonías, cuatro óperas y otras obras. Este concierto puede incluirse dentro de los cuatro grandes conciertos para violín escritos en el siglo XIX. Dichos conciertos pueden diferenciarse en dos grupos: por un lado, los conciertos de Beethoven (1806) y Brahms (1878), obras muy exigentes para el solista, y por otro, los de Mendelssohn (1844) y Bruch (1866) que se suelen considerar más asequibles.
Max Bruch trabajó en la composición de su concierto opus 26 desde los 20 a los 28 años de edad, terminándolo poco después de ser nombrado Director Musical de la ciudad de Koblenz. En un principio Bruch no se atrevió a llamar concierto a la obra que acababa de escribir, pues su primer movimiento es más una introducción que un movimiento de concierto. Pero es justamente en él donde se llega a las máximas cotas. Su gran riqueza lírico-melódica, la accesibilidad de los temas, su brillantez y virtuosismo, combinados con una enorme expresividad, crean una atmósfera de sutilidad y refinamiento que empujan al oyente hacia sensaciones de gran intensidad.
Los movimientos del concierto son:
I. Preludio. Allegro moderato.
II. Adagio.
III. Finale. Allegro energico.
El primer movimiento comienza en un clima de sosiego, con un tema que se repetirá varias veces durante todo el concierto, en forma de diálogo entre la orquesta y el solista. Rápidamente se resuelve en el tema principal, donde se aprecia el virtuosismo del solista. Una serie de trinos conduce hacia el canto melancólico del violín, en una especie de contradicción entre dramatismo y alegría. Las variaciones sobre el motivo principal, bien con la orquesta, bien con el violín, o con todos a la vez, llevan al clímax del movimiento, con un esplendor y una brillantez brahmsianas. Aparece ahora la cadenza, finalizando en un pianísimo que se encadena con el inicio del segundo movimiento.
El Adagio es indudablemente uno de los mejores movimientos lentos de todos los conciertos para violín. Se estructura sobre un tema muy simple pero efectivo, por su cantabilidad melódica. Éste se verá repetido diversas veces, ornamentado de formas diferentes a lo largo del desarrollo, para que se pueda apreciar la profundidad de sentimientos que se albergan en su música.
El Finale es un Allegro energico en el que Bruch utiliza temas extraidos del folclore popular con un estilo fogoso y aires de cierta grandeza. Aquí vuelve a deslumbrar el virtuosismo y la brillantez de la parte solista, con un acompañamiento orquestal que se muestra pletórico. Bruch ofrece su mejor faceta como orquestador, desarrollando un movimiento desenfadado y alegre, con constantes cambios de tono de mayor a menor sobre la misma melodía, finalizando en un Presto final desenfrenado y progresivo.