lunes, 19 de noviembre de 2007
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Joaquín Achúcarro en un concierto
con la Orquesta Sinfónica de Euskadi


Los escenarios españoles celebran el aniversario del pianista


José Luis Pérez de Arteaga
EL CULTURAL, 19-11-2007


Bilbaíno de nacimiento, Joaquín Achúcarro ha recorrido medio mundo con los dedos sobre el piano. Con cerca de treinta condecoraciones internacionales y centenares de actuaciones en los escenarios más destacados, acaba de cumplir 75 años. Con este motivo, el crítico José Luis Pérez de Arteaga analiza su brillante carrera dedicada a la música.

Ocurrió hace unos años, no tantos como para estar cerca del debut pero no tan pocos como para vivir en la nombradía sin fronteras. Joaquín Achúcarro, de profesión hacer música con un teclado delante, descolgó el teléfono en Londres y se comunicó, arcanos días sin móviles, con una operadora del servicio internacional. Quería llamar a América y cargar el costo de la llamada a su tarjeta de crédito; la persona al otro lado del aparato le pidió su nombre, y él dijo: “Achúcarro; bueno, se lo deletreo…”. Pero la señorita lo interrumpió: “O sea, ¿cómo el pianista?” Nuestro hombre se quedó tan perplejo que tuvo que pasar el teléfono a Emma, su mujer, para que fuera ella quien siguiera tramitando la llamada.

A veces una anécdota define a un personaje. A Joaquín Achúcarro le retrata su modestia, la de no creerse que una telefonista en Londres supiera, en esos años, que él existía. Decía Alexis Weissenberg, otro grande del teclado –pero en retiro voluntario–, que no se puede salir al escenario con exceso de sencillez. “No se puede convencer al público de que vas a hacer un Rachmaninoff o un Tchaikovsky de campeonato si apareces con aire de pobre hombre, como diciendo, ‘perdonen, yo es que pasaba por aquí’; no es posible…”

Es cierto, y Achúcarro transmite una sensación de acontecimiento, de que algo grande va a ocurrir, sólo con sentarse ante el piano, antes de haber tocado ni siquiera una sola nota. Pero a la vez, ruptura del “teorema de Weissenberg” (llamémoslo así), el bilbaíno es capaz de irradiar llaneza, ausencia de ínfulas: él sale –se ha dicho al principio– a hacer música, y eso –repitamos: la música– sí que es grande. En parte, le sucede lo que a su admirado Artur Rubinstein, y podría hacer suya esa frase genial que el polaco anotara al comienzo de sus memorias: “Llevo ochenta años haciendo lo que más me divierte en el mundo, que es tocar el piano, ¡y no han dejado de pagarme por hacerlo. Es asombroso!”

Joaquín Achúcarro, además, entra dentro de ese extraño, cada vez menos nutrido, grupo de personas que en el pasado se denominaban “hombres de bien”. Desconoce la envidia, lo cual en un español es casi perder un signo de identidad; mejor dicho, disfruta más bien de la envidia ante lo estupendamente hecho, ante él. “¡Cómo me gustaría hacerlo yo así de bien!”

Un hombre sencillo. Por eso, se le cae la baba hablando de sus colegas; una vez iba el firmante a entrevistarlo para la radio, y Achúcarro me quitó el microfóno de la mano –creo que Joaquín ha sido el único que lo ha hecho– y dijo: “Perdonen, en España hay una reina, Doña Sofía, pero en el piano hay otra y es esta señora”. Se refería a Alicia de Larrocha, que estaba a su lado.

Se pone a hablar de Rafael Orozco –otro grande, que nos dejó pronto, por desgracia– y no para. Ha conseguido, en fin, hacer polvo la gramática y la semántica, y conjugar antinomias. Sabe contar a media voz el mundo más íntimo de Brahms y subir con él a las cumbres en los Conciertos para piano y orquesta, puede sonreír con la ironía del Ravel más confidencial y descender a los abismos tenebrosos del Scarbo haciendo que el piano eche fuego por las teclas. Pero su mayor record a la hora de pulverizar el diccionario es hacer convivir en armonía grandeza con humildad, y la fórmula se resume en tres términos: ser Joaquín Achúcarro.
Publicado por jrtapia @ 14:47  | Se dice, se comenta
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Publicado por Zerbinetta
viernes, 18 de enero de 2008 | 21:06
Me siento afortunada de haber conocido a este gran señor de la música, siempre me ha impresionado su forma de tocar al piano, con una sencillez franciscana, que tan bien describe Jesus Perez de Arteaga en esta ocasión de su 75 cumpleaños.

En Torroella de Montgrí (Gerona) ya hace algunos años,además del concierto, solia hacer unas clases magistrales que no olvidaré nunca, que delicadeza!, cómo sabia transmitir a los alumnos sus pequeños o grandes secretos de interpretación, en cada una de las partituras que los alumnos proponian.Inolvidable!

Montserrat (alias Zerbinetta)