Maurice Béjart
JULIO BRAVO
ABC, 23-11-2007
Hablaba un español claro y correcto, aprendido de niño en las páginas de libros como «La barraca», de Vicente Blasco Ibáñez. Tenía una mirada hipnótica, inabarcable. Y una imaginación infinita, que le llevaba a dibujar sus coreografías con pinceles de muy distintos gruesos; Mozart encontraba un compañero ideal en Freddie Mercury, y Bach y Wagner compartían escenario con la música tradicional hindú. Maurice Béjart ha sido uno de los creadores (la palabra coreógrafo se le quedaba corto, como a nuestro Antonio Gades) más significativos de la escena internacional del siglo XX, el gran revolucionario del arte del ballet. Murió ayer en Centro Hospitalario Universitario de Vaud de la localidad suiza de Lausana, donde se encontraba hospitalizado desde hacía unos días. El 11 de noviembre todavía estaba al pie del cañón, trabajando en su estudio junto al que es, desde hace unos años, su mano derecha: Gil Roman. Complicaciones en su ya maltrecha salud -tenía cansancio y problemas renales- aconsejaron su ingreso en el centro hospitalario. Y cuentan que desde la cama seguía trabajando y preparando su última coreografía, «La vuelta al mundo en ochenta días», cuyo estreno está previsto para dentro de un mes.
Jean Maurice Berger
Maurice Béjart nació el 1 de enero de 1927 en Marsella. Se llamaba en realidad Jean Maurice Berger, y era hijo de un filósofo, Gastón Berger, que inculcó a su hijo, entre otras aficiones, el gusto por el teatro. Era, siempre lo contaba, un niño débil, y tras enfermar el médico le recomendó que practicara ejercicio físico. Su padre, entonces, le envió a una academia de baile, donde Béjart (apellido que tomó de la actriz Armande Béjart, mujer de Moli_re, un autor al que admiraba profundamente) descubrió un mundo nuevo.
Comenzó a bailar en la Ópera de Marsella, pero pronto viajó a París, y mientras bailaba estudió Filosofía. Su curiosidad intelectual fue constante; era un lector incansable, le gustaba la conversación (sobre todo, le gustaba escuchar), y sus coreografías eran siempre fruto de su curiosidad, de su afán por seguir aprendiendo de la vida y de los demás día a día. Durante una gira por Suecia con el Cullberg Ballet descubrió, confesaba, el expresionismo coreográfico.
En París, y junto a Jean Laurentos, creó su primera compañía, los «Ballets de l´Etoile»; antes había realizado su primera coreografía para la Ópera de Estocolmo. Pero su verdadera irrupción en el mundo de la danza se produjo en 1955, cuando estrenó en París «Sinfonía de un hombre solo» que, con técnica clásica y la música electrónica de Pierre Henry y Pierre Schaeffer. La bailó él mismo junto a Michele Seignouret; en ella, un hombre de nuestro tiempo aparece atrapado entre la tecnología y el sexo, mientras fuerzas anónimas le manipulan y él trata de escapar en vano. Su estreno supuso una revolución y provocó un verdadero revuelo en los círculos teatrales franceses, donde detractores y entusiastas empataban en entusiasmo.
Viaje a Bruselas
Entre los segundos se encontraba Maurice Huissman, recientemente nombrado director del Teatro de la Monnaie de Bruselas. Le ofreció la dirección de la compañía de baile de la Ópera y Béjart se trasladó a Bruselas. Allí creó, en 1959, una de sus obras más emblemáticas, «La consagración de la primavera», sobre la partitura de Igor Stravinski. Y allí creó, también, el Ballet del Siglo XX, una compañía que ha resultado fundamental dentro de la historia de la danza.
Los primeros años de la compañía fueron probablemente los más fecundos en el trabajo de Béjart, que siguió en Bruselas hasta 1987, año en que problemas burocráticos y políticos le empujaron a dejar Bélgica. Así lo explicó a este periódico el propio Béjart: «El principal problema es que el director de la Monnaie tenía muchas dificultades con la ópera, un género que cuesta mucho, y programaba cada vez más funciones con el Ballet para sufragar gastos. Hasta que decidí que el sudor de los bailarines no iba a servir para pagar los sueldos de los cantantes de ópera, un espectáculo, por otra parte, que me gusta mucho».
Béjart encontró refugio en Suiza, y en junio de 1987 nació el Béjart Ballet Lausana. Aquel mismo año, la compañía actuó en Madrid, dentro del Festival de Otoño, y se deshizo en elogios hacia el público español. «Hace ya treinta años que vengo por aquí, y siempre he encontrado una recepción inteligente, fuerte, importante. Incluso en la época en que se rechazaban mis espectáculos porque, decían, eran demasiado modernos, en Madrid encontraba un público con una cultura y un poder emocional muy grandes».
A Béjart le gustó siempre romper barreras, no sólo dentro del terreno de la danza. Quiso derribar fronteras culturales, mezclar las sangres de artistas de distintas condiciones. En otoño de 1988, y durante una gira del Béjart Ballet Lausana por Japón, unió a su compañía con el Ballet de Tokio. Jorge Donn -un admirable bailarín argentino, que fue durante muchos años su compañero, su musa y su prolongación sobre el escenario- se unió a Patrick Dupond y al actor japonés Bando Tamasaburo. Un año antes había roto otra importante barrera, al unir a los artistas de su compañía con los bailarines del Kirov de San Petersburgo (por aquel entonces Leningrado). Para estos últimos, anclados en una tradición clásica inmovilista y ajenos al desarrollo de la danza contemporánea, el encuentro fue un soplo de aire fresco. Muchas bailarinas lloraron de emoción la primera vez que vieron bailar a los chicos de Béjart.
Interés cultural
Su interés por la cultura hindú se reflejó en coreografías como «Bhaktí» y en los nombres de sus escuelas, Mudra y Rudra; lo japonés le fascinaba, Y en 1973 se convirtió al Islam chiíta. Fue un paso más dentro de lo que él consideraba su recorrido espiritual por el mundo. «Encontrarme con el Islam -dijo en aquella ocasión- no me ha desviado un segundo de mi infancia católica, no me ha impedido ser un ferviente adepto del budismo ni me ha hecho perder el amor a otras maravillas del espíritu. Veo mi recorrido espiritual como una gran continuidad».
Mantuvo una constante relación con España. No sólo era un ferviente admirador de nuestra cultura, sino que vertió su sabiduría sobre varios artistas españoles. Víctor Ullate y la que entonces era su mujer, Carmen Roche, formaron parte de su compañía y mantuvieron siempre -ayer no podían ocultar su dolor al recibir la noticia- un absoluto fervor por el creador y por la persona. Ullate, incluso, le dedicó una velada de su compañía a la obra de su maestro. Pero no han sido los únicos artistas españoles que han pasado por las aulas y los estudios de Béjart: también Nacho Duato estudió y trabajó junto a él; Aída Gómez cuenta con orgullo los días que pasó impartiendo un curso de danza española en la escuela Rudra. Y actualmente, en las filas del Béjart Ballet Lausana figura la barcelonesa Elisabet Ros, y también han estado en sus filas recientemente Rut Miró y Víctor Jiménez, que nacieron y crecieron para la danza junto a Víctor Ullate.
Hace unos meses, el ministerio de Cultura español le concedió la medalla de Oro de las Bellas Artes. Ha sido, junto a Bernardo Bertolucci, el único artista extranjero que ha recibido esta distinción. El ministro de Cultura, César Antonio Molina, lamentaba ayer que Béjart no pueda estar en Toledo, donde próximamente se celebrará el acto de entrega de dichas medallas.
Antes, ya había recibido numerosos galardones; entre ellos figuran el Gran Premio de la Música de Francia, su nombramiento como Gran Oficial de la Orden de la Corona de Bélgica; el Premium Imperiale, considerado como el Nobel de los artistas, que le fue concedido en 1993 por el Emperador japonés Aki Hito. Era también miembro de la Academia francesa.
La danza ha perdido a uno de sus más destacados innovadores, al hombre que, como él mismo dijo, sacó la danza de los teatros y la llevó a los grandes espacios: los polideportivos, las plazas. Maurice Béjart siempre miraba hacia adelante, pero nunca renunció a sus orígenes ni renegó de sus ancestros. No le hizo falta despreciar la danza clásica para brillar como creador. En su última visita a Madrid, hace algo más de seis años, dijo que no entendía la diferencia entre clásico y contemopráneo. «En mi escuela -dijo- se trabajan dos técnicas, la clásica y la de Martha Graham. Con ellas el cuerpo puede hacer lo que quiere. Y luego ya todo depende de la inspiración del creador. En la música no existe esa separación. Yo no encuentro diferencia entre Mozart y Stockhausen, y no entiendo por qué en la danza sí; si el bailarín tiene técnicas diversas mejor. A mi escuela vienen también maestros de danzas hindúes, de flamenco, de danzas africanas... Separarlo va en contra de la historia».