lunes, 03 de diciembre de 2007
Claudio Arrau, piano
Orquesta Sinfóica de Londres/Colin Davis











El propio Beethoven había sido solista en el estreno de sus cuatro primeros conciertos para Piano. Sus triunfos tempranos como pianista en Viena le habían consagrado como virtuoso, pero en 1809 cuando terminó su quinto concierto, el “Emperador”, estaba demasiado sordo para tocarlo; esa puede ser una de las razones por las que el quinto fuera el último.

Lo terminó en 1809, el año de la derrota austriaca en Wagram, el año en que Napoleón asedió y ocupó Viena; mientras el bombardeo de la ciudad era ruidoso Beethoven se refugió en el sótano de la casa de su hermano Carl, no por cobardía sino para proteger los restos de audición que le quedaban. La toma de la ciudad por Napoleón lo enfureció; se cuenta que en un café se dirigió agresivamente a un oficial diciéndole “Si yo fuera general y supiera de estrategia militar tanto como sé de contrapunto, le daría a sus amigos en qué pensar”.

Por causa de la guerra el concierto debió esperar dos años para su estreno que parece haber tenido lugar en Leipzig en noviembre de 1811, con Friedrich Schneider como solista. La obra fue recibida con gran entusiasmo; el Allgemaine Musik Zaitung de enero de 1812 publicó en su arrebatada crónica: “Es sin duda uno de los más originales, imaginativos pero también uno de los más difíciles entre los conciertos existentes”.

Para el estreno vienés, tres meses después, Beethoven eligió como solista a su alumno Carl Czerny, pero no hubo éxito. El periódico Talía atribuyó el fallo al hecho de que Beethoven rehusó por sobreestimación y orgullo a escribir para su público; el editor respondió “Sólo puede ser comprendido y apreciado por verdaderos conocedores”.

Otra historia posiblemente apócrifa cuenta que un oficial francés, presente entre el público de esa presentación, exclamó llevado por la música: “un emperador entre los conciertos”. Si esa designación vino de allí, si la inventó el editor o el pianista, nunca se sabrá.

De todas maneras ese nombre constituye todavía una consideración muy importante desde el punto de vista de la taquilla y no desaparecerá hasta que empresarios e intérpretes se arriesguen a no contar con esos artilugios de la grandeza imperial y se contenten con llamarlo simplemente concierto en Mi bemol. Por cierto, Beethoven se encargó, desde el primer acorde, de demostrar la grandeza de la composición.
Publicado por jrtapia @ 8:00  | El Concierto
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