"Il dolce suono" (El dulce sonido) es el aria "de la locura" de la ópera de Gaetano Donizetti "Lucia di Lammermoor", que canta la soprano Inva Mula en la película "El quinto elemento". La soprano albanesa presta su magnífica voz a la actriz Maiwenn Le Besco -la DIVA-, en una escena filmada en el Covent Garden de Londres.
Letra
Il dolce suono
Mi colpi di sua voce! Ah, quella voce
M'e qui nel cor discesa!
Edgardo! io ti son resa!
Edgardo!... Oh Edgardo mio!...
Si ti son resa!...
Fuggita io son de tuoi nemici. - Un gelo
Mi serpeggia nel sen!... trema ogni fibra!...
Vacilla il pie!... Presso la fonte meco
T'assidi alquanto!
Traducción
¡El dulce sonido
me llena de su voz! ¡Ah, esa voz
desciende a mi corazón!
¡Edgardo! ¡me rindo a ti!
¡Edgardo!... Oh Edgardo mio!...
¡Sí, a ti me rindo!...
huí de tus enemigos. - ¡Un escalofrío
me recorre el pecho!... ¡tiembla cada fibra!...
¡vacila el pie!... ¡Junto a la fuente
siéntate conmigo un rato!
TITULO ORIGINAL: The Fifth Element (Le cinquième élément)
AÑO: 1997
PAÍS: Francia
DIRECTOR: Luc Besson
GUIÓN: Luc Besson y Robert Mark Kamen
MÚSICA: Eric Serra
FOTOGRAFÍA: Thierry Arbogast
REPARTO: Bruce Willis, Gary Oldman, Milla Jovovich, Luke Perry, Ian Holm, Chris Tucker, Brion James
SINOPSIS: Cada cinco mil años se abre una puerta entre las dimensiones. En una dimensión existe el Universo y la vida. En la otra, un elemento que no está hecho ni de tierra, ni de fuego, ni de aire, ni de agua, sino que es una anti-energía, la anti-vida: es el quinto elemento.
Toda la desbordante imaginación de Luc Besson, algunos despropósitos y mucha voluntad de credulidad -empieza con pretensiones serias para volverse disparatada- se dan cita en esta delirante superproducción francesa que fue vapuleada por la crítica, cuando no es sino una gozosa invitación al desenfreno. Bruce Willis en estado puro.
Cada cinco mil años una alineación de los astros desboca al Mal absoluto que esparce el caos por el universo. A principios del siglo XXIII, la federación terrestre sólo tiene un modo de evitar que el Mal, que adopta la forma de planeta oscuro e incandescente, colisione contra la Tierra: que los mondoshawan, unos extraterrestres a quien la humanidad tomó por dioses en el pasado, proporcionen el arma definitiva del bien, un arma conformada por cinco elementos: cuatro piedras que contienen los cuatro elementos de Empédocles, aire, agua, fuego y tierra, más un quinto, el ser supremo, una pelirroja llamada Leeloo Minai Lekarariba Laminai Tchai Ekbat De Sebat, Leeloo para los amigos. El Mal, por mediación del malvado superempresario Zorg y de unos guerreros sin planeta, los mangalores, quiere destruir el arma. Pero un taxista en paro, Korben Dallas, ex-aviador militar, es el elegido para recoger los elementos, protegerlos y aprovecharlos.
Lo mejor de la película descansa en el diseño conceptual de los dibujantes Méziéres y Moebius (algunos realizados expresamente para la película por ellos y otros tomados libremente por Besson): la nave mondoshawan, la diva Plavalaguna, el “Transatlántico” del paraíso “Fhloston”, la policía de asalto, la oficina de Zorg, el denso tráfico "aéreo", la recargada Nueva York... Un mundo futurista de una riqueza visual desbordante. Lástima que el filme no se mantenga por encima del mundo trivial que retrata (pasión por la comida rápida, estrellas de la comunicación sumidas en la banalidad, militares y científicos obsesos del sexo...) sino que se deje engullir por él. "El quinto elemento" no es una película pesimista sobre la trivialidad del mundo en que vivimos, es una película trivial fruto del mundo en que vivimos, en la que los personajes se manifiestan ajenos a lo que les ocurre. Nada más abrirse el film, en el prólogo situado en el Egipto de 1914, el arqueólogo italiano que se topa de súbito con un mondoshawan mantiene la compostura y le pregunta: “¿Es usted alemán?”