SUSANA GAVIÑA,
ABC, 8-12-2007
«Hay una convención en la ópera por la que cuando una obra tiene final feliz, la soprano termina su aria acompañada por violines; y cuando es triste, por violonchelos». Esta explicación a vuela pluma relatada por Sylvia Costigán, contrabajo de la Orquesta Titular del Teatro Real, en el DVD «Tras el télón», bien se podría aplicar a la historia de este teatro en los últimos diez años. Los violines y los chelos se han alternado en el devenir de su gestión y también en su actividad artística.
Apertura polémica
Lejos quedan ya las polémicas sobre las obras, su conclusión y su presupuesto -aumentado alarmantemente hasta los 21.000 millones de las antiguas pesetas-. Los bailes de nombres para ocupar el foso -Ros Marbà, Frühbeck de Burgos, García Navarro-, así como del programa inaugural. Inauguración que estuvo precedida por la dimisión meses antes del director artístico, Stephane Lissner, nombrado por el gobierno socialista (por la gerente de la Fundación Teatro Lírico, Elena Salgado), siendo ministra de Cultura, sin cartera, Carmen Alborch. El director francés, que volvería años después al Real como sobreintendente de la Scala de Milán, no pudo ocultar sus desavenencias con algunos miembros de Cultura tras ganar en la urnas el Partido Popular (Tomás Marco ocupaba la dirección general del Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música y Miguel Ángel Cortés era secretario de Estado de Cultura). Salgado y Lissner dejaron paso a Juan Cambreleng, en la gerencia, y a Luis Antonio García Navarro, en la dirección artística, a la que se sumó la musical. Un tándem que dio mucho que hablar por sus incompatibilidades manifiestas.
Quizá el mayor escándalo que se recuerda, por los ríos de tinta que hizo correr, llegó precisamente por la «no llegada» de Luciano Pavarotti, quien había confirmado su asistencia para participar, el 7 de enero de 2000, en el homenaje a Alfredo Kraus, fallecido unos meses antes. Su ausencia no fue anunciada al público hasta que prácticamente estuvo sentado en sus butacas, y esto provocó la ira del respetable. El espectáculo lírico fue oscurecido por los abucheos y las malas formas. A pesar de los esfuerzos del tenor Plácido Domingo -alma mater de este homenaje-, por tranquilizar la situación, el escándalo fue mayúsculo. Cambreleng lo justificaría denunciando la existencia de una mano negra: «No descarto que haya un movimiento contra el Teatro Real».
Lo cierto es que el coliseo madrileño ha padecido durante esta década la mirada escudriñadora de todos los medios de comunicación, y no ha cesado de estar en el punto de mira, convirtiéndose en noticia más por sucesos ajenos a la música que por los éxitos sobre el escenario. Dos ejemplos: en junio de ese mismo año, el patio de butacas se teñía de colores debido a una protesta de los acomodadores denunciado su situación laboral; mientras que en octubre, un hombre caía en el foso de la orquesta, en el transcurso de un concierto privado, por lo que tuvo que ser hospitalizado y operado.
El triunvirato
Tampoco faltaron las amenazas de huelgas, que Cambreleng gestionó con jugosos titulares en la prensa. Antes de acabar el año sería el tenor José Cura quien sublevó al público durante su interpretación de «Il trovatore», la respuesta del patio de butacas provocó el enfado del argentino, que fue transmitido en directo por Radio Clásica. Se abrió entonces una brecha, insalvable todavía, entre el Real y Cura, que no ha vuelto a actuar en Madrid. Las constantes polémicas y, sobre todo, el cambio en el organigrama en el Teatro Real, que vaciaba de contenido el puesto de Cambreleng, llevó a éste a presentar la dimisión. Le sustituiría Inés Argüelles (muy cercana a la entonces ministra de Cultura, Pilar del Castillo), como gerente. Tras la muerte de García Navarro, Emilio Sagi se haría cargo de la dirección artística, puesto que se desglosaría de la dirección musical, que asumió entonces Jesús López Cobos.
Nacía así el triunvirato Argüelles-Sagi-Cobos. Parecía que por fin las aguas comenzaban a tranquilizarse aunque no faltaron los motines, como la huelga de los trabajadores que obligaron a abrir la séptima temporada con una «Traviata» sin escenografía y vestuario.
El nuevo cambio de Gobierno en marzo de 2004, con la llegada del partido socialista y el nombramiento de Carmen Calvo como ministra de Cultura, volvió a sacudir al teatro. Argüelles, sentenciada desde el principio, decidió dimitir en septiembre de 2004, siendo sustituida por Miguel Muñiz, quien finalmente optó por destituir a Emilio Sagi en febrero de 2005, porque pasaba demasiado tiempo fuera del teatro atendiendo su carrera de director de escena (algo que Sagi había pactado con la anterior gerencia). Lo relevó Antonio Moral, quien actualmente lleva las riendas de la dirección artística. De aquel feliz triunvirato tan sólo sobrevivió Jesús López Cobos.
A Muñiz y Moral tampoco les han faltado los sobresaltos -la acusación de «mobbing» de Hugo de Ana, una amenaza de boicot del estreno de «La flauta mágica» de la Fura dels Baus, o el descontento de algunos patrocinadores y abonados por ciertas puestas en escena»-. Sin embargo, Muñiz no tiene dudas cuando afirma: «Ahora vivimos una etapa de violines».