sábado, 22 de diciembre de 2007

Publicado por jrtapia @ 18:44


Krystian Zimerman
Orquesta Filarmónica de Viena/Leonard Bernstein













La música de Beethoven habla de la relación del hombre con el mundo; a medida que su vida pasa, se va encerrando en lo más profundo. La sordera física que aisló al músico del exterior sólo fue una pieza más en un rompecabezas hecho de ausencias: Beethoven no tuvo infancia, no tuvo una primera vocación, no tuvo una sólida formación, no tuvo sosiego mental; Beethoven no tuvo un hogar, no tuvo un hijo, como emocionalmente no tuvo un padre; “…no puedo buscar un punto de apoyo mas que en lo más profundo, en lo más íntimo de mi ser; en el exterior no hay nada; eres tú el que debes crearte a ti mismo…”, dice el músico. Pero Beethoven cree en la voluntad; la voluntad es para el de Bonn el motor que le permite no sólo vivir, sino vivir para encontrar la felicidad; cuanto más lucha Beethoven frente a su destino, más bucea en su interior y más libre se siente; Beethoven busca la Alegría, y su introspección, valiente y profunda, le llevará a encontrarla y a creer en una
Humanidad hermanada. El último Beethoven no es oscuro ni amargo, es el más abstracto y, simplemente, es el que más esfuerzo intelectual nos exige; sólo un hombre que se ha enfrentado a sus demonios y ha salido triunfante podría escribir tres años antes de morir ese último movimiento de la Novena, cuando la voz se alza para cantar un Himno a la Alegría, convirtiendo en ese instante la música, paradójicamente, en uno de los momentos más abstractos de la obra beethoveniana.
Pero esa voluntad de lucha se apoya en un precepto sagrado para Beethoven: la música. Para muchos compositores, la música es un medio para transmitir valores morales. Para Beethoven, la música es la moral. Por eso no hay frivolidad en sus creaciones; en su obra el músico que piensa está por delante del músico que siente, piensa su vida y piensa su obra, y necesita transmitirla a los hombres, manifestándose sin pudor, con todos sus claroscuros, con gran nobleza.
Sus temores gritan a través de sus notas, su ternura necesitada se nos implora con la limpieza de un niño, su alegría nos contagia… con una dialéctica tan elocuente que no nos da tiempo a reflexionar, arrastrándonos hacia su meditación sin posibilidad de elección… todo se convierte en extremadamente humano para nosotros y estremecedoramente intemporal. Por eso su capacidad de comunicación con el oyente es inmediata, y por eso Beethoven resulta cercano a quien, incluso, no está familiarizado con la música de concierto.
El Concierto para piano núm. 3 fue terminado en 1802, el año del definitivo testamento de Heiligenstadt, escrito para sus hermanos pero, en realidad, para la humanidad entera, en el que el maestro asume su condición de sordo y, tras un terrible conflicto interior, habla de su responsabilidad artística frente al mundo, en un acto romántico donde los haya. La intención estética de Beethoven nunca fue la de romper con el pasado, como sucedería después con esa primera generación
de románticos que vieron en él a un padre espiritual; de hecho, siempre admiró la tradición que le vio nacer.
El de Bonn es romántico en su intención consciente de expresarse a sí mismo a través de su música, y en que su expresión es tan moderna que necesita de una manipulación de las formas existentes.
Así, el Concierto tiene reminiscencias mozartianas, que, sin embargo, son utilizadas en él con otro idioma. Situado entre los dos primeros Conciertos, ampliamente herederos de la estética del XVIII, y los dos últimos, de gran madurez, este Tercero resulta ser, pues, una creación bisagra en su obra y en su vida, concebido de manera muy lenta, en una época de gran sufrimiento en la que el músico necesita expresar su drama interior y al mismo tiempo buscar todavía el punto de contacto con ese mundo que ama y del que se presiente pronto excluido.
El Beethoven del Tercero ya nos deja entrever la novedosa relación entre solista y orquesta, menos enfocada al lucimiento virtuosístico del piano y sí al diálogo poético entre ambos, que puede llegar a ser una confrontación, una lucha, y que tendrá su cima más alta en el gran Emperador (Beethoven siempre contrapone las fuerzas, nunca las superpone, como hará Brahms años más tarde). La fuerza de expresión de los colores instrumentales individuales, la riqueza del color armónico –sin el que el mundo del romanticismo sería impensable–, todo ello es utilizado como soporte del sentimiento subjetivo. No olvidemos, por otro lado, que aunque Beethoven no fue un pianista profesional en el sentido moderno del término, sí fue un gran investigador de la técnica pianística, incorporando una serie de innovaciones que han hecho decisivo su papel en la evolución de la técnica pianística; su gusto por el desafío y por lograr lo que parecía imposible le llevó a buscar diferentes formas de controlar la sonoridad y efectos poderosos, con un interés extremo por los matices.
Arquitectura amplia, expansión, fricciones temáticas, aspereza de texturas, pero también intensidad del sentimiento, poesía, en un cálculo perfecto de la potencia, la energía, los ataques, los contrastes, el alcance de un silencio, una frase, de la efusión, de la intensidad. Beethoven, el maestro del tiempo, domina la repetición y la cohabitación.
Allegro con brio de larga y contrastante introducción orquestal, llena de luces y sombras desde el primer lamento de las cuerdas en este Concierto en Do menor, tonalidad interior; y entra el piano, declamado y solemne, envuelto tan dulcemente por la orquesta; el diálogo entre ambos se establece inmediatamente. Beethoven nos invita a deleitarnos con su cantabile, para arrastrarnos después hacia un espíritu más dramático en la orquesta que acaba siendo un diálogo desasosegado entre ambos… sonrisa y desazón conforman el movimiento hasta llegar a la cadenza para piano sólo: agilidades técnicas, más confrontación, bellísima música que
termina poderosamente envuelta por la orquesta.
Largo muy beethoveniano: no hay introducción intelectual, desde la primera nota nos sentimos atrapados por la intensa austeridad del piano, desnuda, directa; cuando entre la orquesta, ya estaremos identificados con su ternura; y cuando, inmediatamente después, canten las cuerdas bajas, estaremos conmovidos, inmersos en su mundo interior. Todo el movimiento es una reflexión espiritual, de una elegancia transparente
y un refinamiento que parece dotar a la música de ingravidez… música pura.
Rondó (Allegro) para cambiar de atmósfera; ¡cuánta elegancia! En este inicio pianístico que nos permite descansar mocionalmente; vivaz diálogo solista-orquesta, lleno de aire fresco, en esta especie de danza llena de fantasía. Brillante y alegre, con un bellísimo pasaje fugado central, el músico nos sorprende con sus soluciones, como siempre; el Beethoven más “terrenal” se nos presenta aquí para dejarnos un optimista sabor de boca en Do mayor.
Así nos habla Beethoven: con una música llena de recuerdos y predicciones, y transmisora de una expresión subjetiva que se transfigura en un sentimiento tan exclusivamente humano que se hace atemporal y universal.

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