Vladimir Krainev, piano
Orquesta Sinfónica de la Radio de Frankfurt/Dimitri Kitajenko
El compositor ruso Alexander Scriabin (1872-1915) consideraba el sonido como una esencia espiritual, un vehículo de expresión y liberación metafísicas. Para él, una armonía o una sonoridad constituían canales de acceso a una energía ultramundana. La lectura de Nietzsche, el acercamiento a los círculos teosóficos y el contacto con el simbolismo ruso lo empujaron a buscar en la música la traducción de conceptos filosóficos y místicos superiores. Junto con Debussy, fue uno de los primeros en plantear una estrecha vinculación entre percepción y sensación. En su personal visión, colores y timbres no eran simples cualidades de la materia sino principios de resonancia espiritual.
La primera composición orquestal en que Scriabin realiza plenamente estos ideales es "Prometeo: el poema del fuego", compuesto entre 1909 y 1910, y estrenado en Moscú el 15 de marzo de 1911. Los efectivos requeridos son imponentes y dan fe del temperamento visionario del músico. Además de una orquesta rebosante de instrumentos de viento, hay una parte de órgano y otra de piano que oscila entre el individualismo propio del concierto y la integración dentro del conjunto sinfónico. El coro interviene como un instrumento más y desempeña un importante papel simbólico (sus integrantes iban vestidos de blanco), aunque en un segundo momento Scriabin consideró opcional su presencia. Asimismo, el compositor preveía la utilización de un teclado luminoso que proyectaba colores relacionados con el plano armónico de la obra.
La fascinación de Scriabin por Prometeo tiene un marcado acento metafísico. En su violación de los dictámenes de Júpiter, la figura de Prometeo se asemejaba para el compositor ruso a la de Lucifer, quien se rebeló contra Dios. Ambos sugieren el principio de un desafío individual ante el poder supremo, en un titánico esfuerzo de superación de uno mismo.
En Prometeo, semejante aspiración se plasma en un grandioso y ambicioso bloque de música de veinticinco minutos de duración. Acorde con los propósitos mesiánicos del autor, la pieza establece un recorrido progresivo hacia la ascesis. El comienzo, con su representación del caos, ofrece una de las grandes invenciones armónico-tímbricas de Scriabin: el llamado “acorde místico”, basado en la superposición de intervalos de cuarta. En esta ocasión, el teclado luminoso hubiera tenido que proyectar los colores verde y azul, relacionados con las ideas de Materia y Creatividad.
Los instrumentos también desempeñan un papel simbólico. La trompa expone el tema relacionado con el principio de la Creación, mientras que la trompeta entona los asociados con la Voluntad y la Conciencia humana. Desde su aparición, el piano tiene una función destacada, al representar el principio individual del hombre. Sin amoldarse a ningún esquema tradicional, Prometeo describe la génesis del hombre, su descubrimiento del placer, el amor y la voluptuosidad. Este recorrido -que alterna momentos ora extáticos, ora frenéticos y jubilosos marca la progresión hacia el conocimiento de uno mismo, en un crescendo en el que la danza de la vida comulga con el movimiento de los átomos y el Universo. Aunque sin alcanzar el equilibrio de las piezas maduras de Scriabin, Prometeo contiene ya todos los fermentos proféticos que hacen del compositor ruso uno de los músicos más originales de la primera mitad del siglo XX.