miércoles, 02 de enero de 2008
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El primer director galo en el atril del Concierto de Año Nuevo no defraudó. Hasta se colgó el silbato y pitó falta.

El octogenario director, al que en principio se miró con reserva para empuñar la batuta en Año Nuevo, ofreció un concierto lleno de brío. Hubo tarjeta amarilla y silbato en la «Polka deportiva»

José Luis Pérez de Arteaga
LA RAZÓN, 2-1-2008

Madrid- Lo inesperado ocurrió. Hubo sorpresa generalizada cuando se anunció que Georges Prêtre (Waziers, 1924) dirigiría el Concierto de Año Nuevo 2008 de la Filarmónica de Viena. El maestro francés, 83 años cumplidos en agosto, íntimo amigo de Francis Poulenc -del que estrenó obras tan significativas como la ópera «La voix humaine» o los trascendentales «Responsorios de tinieblas» en los años 50 y 60-, director predilecto en ópera y concierto de Maria Callas -mismo período temporal-, no sólo resultaba un casi-dinosaurio del cretácico frente a los «jóvenes» Jansons, Muti, incluso Mehta, sino una persona completamente desvinculada, en teoría, de la tradición vienesa.
Pues bien, en la mañana de ayer, el veterano artista echó por tierra todos los tópicos antedichos: dirigió con atlético entusiasmo, con persuasiva comunicatividad, con alegría, simpatía, buen humor y con más vitalidad «straussiana» que más de uno y dos de los ocupantes del podio vienés de los últimos diez años.
Vis dramática
No sólo eso: desde los primeros compases del concierto quedó claro que la Filarmónica lo veía como «uno de los suyos», y que, por ende, Prêtre dominaba un estilo vienés -acentuación, fraseo, sobre todo flexibilidad del «rubato»- que ha sido aparente patrimonio de algunos de los maestros «amados» de la formación sinfónica, en una sinuosa, variopinta línea, que va desde Knappertsbuch y Boskowsky hasta Karajan o Carlos Kleiber.
Su manera de controlar/liberar la pulsación de valses como «Golondrinas de Austria» de Josef Strauss o del supremo «Kaiser-Walzer» («Vals del emperador»), por no hablar del «Danubio azul», estos dos últimos de Johann hijo, parecía emerger con completa naturalidad de años, si no décadas, de práctica consuetudinaria de esta música. Además, la bis dramática de este sapiente director de ópera, le permitía convertir en verdaderas «representaciones» en miniatura piezas como la «Marcha rusa» -portentosamente tocada-, la «Orpheus-Quadrille» -sobre temas del «Orfeo en los infiernos» de Offenbach, en donde Prêtre desató truenos orquestales en forma de Can-can- o el «Galop chino», páginas todas de Johann, además de hacer gala de su capacidad histriónica en la «Polka deportiva» de Josef (el hermano pequeño de Johann) con silbato y tarjetas amarillas y rojas de arbitro futbolístico.
Por impredecible que tal valoración hubiese podido resultar a priori, Prêtre ha comandado uno de los mejores Conciertos de Año Nuevo de los últimos años, llegando a la famosa sala de la Musikverein con humildad -dijo en conferencia de prensa, sin ambages, que todos los años veía el concierto por televisión con ilusión de crío-, sí, pero con sabiduría de viejo/joven maestro que no ha perdido un ápice de ilusión por hacer música y compartir con otros ese afán. Con un repertorio gestual inagotable, Prêtre se metió en el bolsillo a orquesta y público, «transmitió», en suma, comunicó y contagió. Y encima se llevó aprendido de memoria todo el programa, en el que las obras de medio concierto no las había tocado jamás. Para 83 años, no está del todo mal, ¿verdad?
Publicado por jrtapia @ 10:43  | Se dice, se comenta
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