miércoles, 09 de enero de 2008
Dúo Scaramouche


Ravel, como tantas figuras de la creación musical de este siglo, es un personaje difícil de situar en una estética determinada, o de clasificar de un modo u otro. La primera referencia que suele acudir a todo el mundo es el impresionismo pictórico, como sucede con Debussy, autor al que siempre, y no sin motivo, se le ha relacionado. No obstante, ambos sólo de forma impropia pueden ser llamados impresionistas. Debussy está más conectado, sin duda con el simbolismo poético de figuras como Mallarmé, Verlaine o Réginer, y se sentía molesto ante la palabra "impresionista"; "Intento hacer algo muevo, realidades, por así decirlo: eso que los imbéciles llaman impresionismo", escribió a Durand en 1908 a propósito de sus Images orquestales. El caso de Ravel es aún más claro: los contornos tan precisos de su música la alejan de toda vaguedad "impresionista". Apenas hay un intento de disolución de la tonalidad como en el caso de Debussy; la obra de Ravel ostenta una personal y decidida afirmación de la tonalidad pero ampliada y enriquecida con recursos como la modalidad, la construcción de sonoridades a partir de superponer dos acordes de tonos distintos, la constante aparición de disonancias, que a veces parecén más agresivas que en Debussy -no olvidemos que el vaso-francés fue llamado en su juventud el "enfant terrible"-. Ravel ha sido conectado por algunos al Neoclasicismo, y no deja de ser cierto que esta afiliación se revela más significativa que la de "impresionista", en el sentido de que informa más de su arte. Sabemos que la estética neoclásica tiene manifestaciones muy diversas y confusas en nuestro siglo; podemos citar a Stravinsky, Falla, Bartók, etc. pero coincidiendo en todos casos en un gusto por la claridad y la depuración técnica, una atención a las formas de hacer música de tiempos pasados, pero siempre presentándolas con una fuerte carga de modernidad, y en definitiva, una singular contención e intelectualización de la música que lleva a preocuparse por la perfección de los detalles y por el trabajo bien acabado antes que por mover las emociones con grandes efectos. Ravel es un compositor extremadamente concreto y su música es precisa, equilibrada, transparente, aunque brilla de emoción por todas partes. Pero no es nunca una emoción vulgar o grandilocuente, ya se cuida de ironizar sobre el patetismo romántico y de mantenerse a distancia de los cantos inflados de tremendos sentimientos; su emoción es la íntima confesión de un corazón discreto, amable y delicado, a veces sufriente, otras veces risueño, en ocasiones exultante...pero siempre muy sutil. Todo en Ravel es refinamiento, elegancia y, hay que decirlo, ternura, y sólo quienes no poseen la sensibilidad necesaria para simpatizar con su arte lo acusan de sofisticado, de prestidigitador, o de técnico frío y desapasionado. No todo hay que decirlo a gritos, señores, un espíritu contenido y discreto puede expresar las agitaciones de su corazón sin perder la compostura, y esta es la valiosa enseñanza de los clásicos, no hay arte sin estilización de los afectos. La expresión de las pasiones mismas, sin la adecuada elaboración y mediación del intelecto, puede ser necesaria en la vida, pero insuficiente y vulgar en el arte. Ravel es un espíritu impregnado de clasicismo, pero deja ver sus delicados y dulces sentimientos en el fondo de su arte perfecto, y hay lugar en su obra para verdaderas explosiones de emoción que nos recuerdan a la sorprendente fluidez con la que personas muy tímidas son capaces de hablar de aquello que les llena interiormente, o que conocen en profundidad, al sentirse libres en su mundo.

La producción musical del autor de Jeux d´eau, pese a que tampoco sea muy abundante -a nustro juicio más que suficiente-, ha abarcado prácticamente todos los géneros: la música pianística en forma de piezas sueltas y "suites", donde se encuentran algunos de sus más preciados tesoros; la música de cámara -un trío, un cuarteto, dos sonatas con violín, la sonata de violín y cello, "Introducción y Allegro...", siempre obras logradísimas, como si fueran cada una la culminación de una serie; el universo de las canciones, donde brilla su maestría en el tratamiento de las inflexiones de la voz de acuerdo a la prosodia francesa, así como su raramente precisa expresión del contenido poético; las grandes obras orquestales, con sus prodigios de instrumentación -nadie le ha igualado; da escalofríos pensar qué hubiera hecho con la "Iberia" de nuestro Albéniz si le hubieran dejado-, sus ritmos frenéticos y sus explosiones de color; en sus manos la orquesta es verdaderamente un organismo vivo en continua agitación y mostrando los más variados matices de su ánimo, capaz de adoptar las formas más imaginativas. Como todos los grandes compositores, Ravel tiene infinidad de registros en su expresión de la música, y en estas obras de amplia factura tenemos a un Ravel lleno de energía y poder, con pleno dominio del gigante orquestal, que no parece tener nada que ver con el Ravel intimista y delicado. No obstante, esto no quiere decir falta de conexión entre su obra; para un oyente o estudioso atento, nuestro autor es uno de los músicos con un lenguaje más unitario y consecuente, que dominaba de tal forma su oficio y escribía con tal seguridad, que era capaz de incluir una pieza de su temprana juventud -la "Habanera " de "Sites articulares"- en una obra orquestal tan madura como la "Rapsodia Española". Podemos decir que, sin que haya quedado estilísticamente estancado en ningún momento, ha sido un compositor cuyo lenguaje cristalizó extraordinariamente pronto, adquiriendo una serie de elementos que iban a caracterizarle hasta el final de sus días. Aunque este fenómeno es común a muchos compositores, es menos común atreverse con el cuarteto de cuerdas tan joven como él lo hizo, y siendo su primera y única incursión, dar a luz una obra maestra, inigualable. Destaquemos entre su música de orquesta el concierto para piano en sol, con sus ritmos y recursos jazzísticos, y el fascinante concierto para la mano izquierda, auténtico alarde de virtuosismo donde no se perciben las limitaciones que debiera ocasionar tal disposición; la "Rapsodia Española", "la Valse", obra de vehemente expresión y muy buena, a nuestro juicio, para acercarse a la esencia de nuestro músico; en ella hay burla e ironía, elegancia, ritmo nervioso, maestría de orquestador y en el tratamiento de los "crescendi"; el voluptuoso y colorista ballet "Dafnis y Cloe", manifestación de un mundo helénico más imaginario y edificado en base a lecturas que invitan a soñar, que históricamente real; la prodigiosa orquestación de los "Cuadros de una exposición" de Mussorgsky, etc. No debemos olvidar sus dos óperas, "La hora española", y "El niño y los sortilegios", que no dejan de estar conectadas con otros proyectos teatrales que no llegaron a buen puerto, como el intento de "La campana sumergida", según textos de G. Hauptmann o el oratorio sobre Juana de Arco, ya casi al final de su vida.
Publicado por jrtapia @ 18:00  | El piano
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios