Orquesta Sinfónica de Chicago
Georg Solti, director
La Sinfonía Italiana es una obra de considerable sutileza y originalidad. Se ajusta a los procedimientos formales que son clásicos en espíritu, aunque algunas veces violan las formas estrictamente clásicas. Su sonido de superficie, con su orquestación brillante, bellas armonías y encantadoras melodías, es absolutamente romántico. Su singular armonización del clasicismo y el romanticismo la convierte en una de las joyas sinfónicas del siglo XIX.
La imagen histórica de Félix Mendelssohn es la de un compositor de talento, rico en dinero, familia, amigos y admiradores; inteligente, de buen carácter y alegre, además de exitoso en cualquiera de sus propósitos, que no conoció las pasiones, los sufrimientos, ni las torturas emocionales de autores como Schumann, Berlioz, Chopin, Wagner o Liszt, por el contrario era el ideal del burgués.
Mendelssohn inició la composición de su Sinfonía nº 4 en Italia en 1831. La obra sería terminada en Berlín en 1833. El propio Mendelssohn dirigió el estreno, con la Orquesta Filarmónica de Londres, el 13 de mayo de 1833.
Durante varios siglos, Italia ha sido la meca de los compositores del norte de Europa. Especialmente durante la era romántica, un viaje al soleado sur era casi una exigencia para todo artista que se respetara. Los compositores afluían a Italia en busca de inspiración. Algunos de los resultados más obvios son la Serenata Italiana de Hugo Wolf, el Capriccio Italiano de Chaikovski, Harold en Italia de Berlioz, Venecia y Nápoles, de Liszt y la Sinfonía Italiana de Mendelssohn.
Mendelssohn visitó Italia por primera vez en 1830, cuando tenía 22 años. Se sintió conquistado por la belleza de las antiguas ruinas romanas, el Vaticano, el Coliseo y el Monte Pincio.
Sus cartas a su familia hablan rapsódicamente de estas visitas, pero rara vez mencionan al pueblo italiano. De hecho, pasó la mayor parte de su tiempo en compañía de alemanes. Fue insensible a la política, la sociedad o la cultura de Italia. Así que, aunque su inspiración fue genuina, la Italia evocada es un país tal como lo ve un turista. Sólo en el final, por medio de una danza folclórica, escribe con un sabor auténticamente italiano. Después de cuatro meses en Roma Mendelssohn escribía a sus hermanas: “La sinfonía Italiana progresa. Será la pieza más alegre que haya compuesto nunca, especialmente su último movimiento, para el lento no he encontrado nada, esperaré hasta Nápoles”.
Efectivamente, el segundo movimiento fue sugerido por una procesión que presenció por las calles de esa ciudad, el tercer movimiento es cercano a la música incidental que había compuesto para Sueño de una noche de verano de Shakespeare, el último movimiento es un saltarello, danza italiana muy antigua que refleja la alegría del carnaval romano.
Aunque el compositor esperaba terminar la sinfonía durante su estancia en Italia, la obra le llevó más tiempo de lo esperado. El incentivo para terminar la música llegó en la forma de un encargo por parte de la Sociedad Filarmónica de Londres. Mendelssohn terminó la sinfonía en Berlín, dos meses antes de su estreno en Londres, en 1833.
Mendelssohn nunca quedó del todo satisfecho con su sinfonía. En una carta escrita en 1834, expresaba su descontento respecto del movimiento intermedio y manifestaba que tendría que modificar prácticamente todo el primer movimiento. La revisión de la partitura efectuada en 1837 contiene sólo leves modificaciones. Aunque más tarde efectuó nuevas revisiones, parece ser que la partitura final se ha perdido. La versión publicada en 1851, cuatro años antes de la muerte del compositor, sigue la partitura original.
El primer movimiento pone al director frente a un interesante dilema. Mendelssohn indica la habitual repetición de la sección de exposición. Los intérpretes actuales por lo general suelen ignorar las repeticiones de la exposición. La elección se hace sobre la base de la comprensión por parte del intérprete del ritmo y de las proporciones de la pieza, la longitud del concierto e incluso la naturaleza del mismo. Los estudiosos han debatido frecuentemente si las indicaciones de tales repeticiones son meras formalidades que quedaron de las anteriores prácticas barrocas o si los compositores realmente pretendían que se observaran. Hay algunas piezas que parecen demasiado largas si se asume la repetición, otras que se desequilibran cuando se la omite. Sin embargo, respecto de la mayoría de las obras, la evidencia interna no es concluyente. La elección, en cuanto a repetir o no, es una cuestión de interpretación artística.
En la Sinfonía Italiana hay un "primer final" de la exposición que queda omitido por completo de la interpretación si no se asume la repetición. La presencia de un primer final no carece de antecedentes y, por lo tanto, no exige en definitiva que se observe la repetición. Sin embargo, el primer final contiene fragmentos de música que no se escuchan en ninguna otra parte del movimiento hasta unos compases poco antes del final. Este material está relacionado con las melodías principales de la obra, pero es diferente de ellas. Si se asume la repetición, el final de la coda es una reminiscencia. Cuando todos los temas han reaparecido y cuando por último lo hace el del primer final, el movimiento queda completo. Si, por otra parte, se omite la repetición el final de la coda es un giro fresco y nuevo relacionado con los materiales principales.