Wilhelm Kempff, piano
Los tiempos son:
I. Largo-Allegro
II. Adagio
III. Allegretto
En octubre de 1802, hace poco más de dos siglos, Ludwig van Beethoven envió a sus hermanos Karl y Johann una carta en la que les exponía la gravedad que para él tenía la sordera que cruelmente le aquejaba, que ya no podía paliar ni disimular, que aumentaba inexorablemente, y que, como el águila de Prometeo, le devoraba el espíritu sin cesar. Injusto le resultaba que, por su su afán de evitar la incomprensión y el ridículo, lo tratasen de cruel, loco o misántropo.
La sordera es lo más doloroso que pueda imaginarse para un músico, y él lo decía con claridad. Confesaba que "... poco ha faltado para que yo mismo pusiese fin a mis días". Esta carta, conocida como "El testamento de Heiligenstadt", es una nota breve que da cuenta de su depresivo estado de ánimo. En otros tiempos, ésta y otras notas del mismo Beethoven, así como numerosas y notables piezas literarias inspiradas en su vida, entre las cuales se destaca "Juan Cristóbal", de Romain Rolland, formaban parte de la base cultural de la juventud. Beethoven era para muchos el paradigma de la lucha personal por sobreponerse a las propias limitaciones.
En 1802 el compositor tiene 32 años. El mismo ignora su verdadera edad y cree tener treinta, pues su padre le quitaba años para que impresionara más fácilmente al público en su papel de niño prodigio. Su fama como compositor se ha afianzado considerablemente. En los últimos tres años, desde la Sonata Patética, de 1799, ha compuesto numerosas obras de distintos géneros: una sinfonía, un concierto para piano, siete cuartetos de cuerda, dos sonatas para violín y piano, ocho sonatas para piano, y otras obras de cámara. Muy conocidas son la sonata para violín y piano "La primavera", y la sonata para piano "Claro de luna". La última de las sonatas para piano de este período sombrío, la Nº 17, denominada "La Tempestad", contemporánea del referido "Testamento...", es una obra relativamente poco difundida en la actualidad, pero que el mismo Beethoven consideraba una de sus preferidas. El nombre "La Tempestad" no se lo puso el compositor. Su secretario Schindler contó que en una ocasión le había preguntado por el sentido de la sonata, y que Beethoven le habría respondido "Lee
La Tempestad de Shakespeare".
Esa fue la última obra de teatro del dramaturgo inglés, escrita en 1611. Menos famosa que "Hamlet", "Otelo" y las otras grandes tragedias, "La Tempestad" muestra la historia de Próspero, un expatriado arteramente, hombre que prepara su venganza contra los causantes de sus desgracias, con la ayuda de dos acólitos sobrenaturales, Ariel y Calibán. Sin embargo, a diferencia de los sangrientos argumentos habituales del autor isabelino, en este caso la venganza no se lleva a cabo. Próspero, luego de haber desenmascarado y enjuiciado a sus enemigos, los perdona, y emprenden todos juntos el viaje para reiniciar la vida interrumpida años antes por los facinerosos. Se la ha calificado como "el drama del perdón". A pesar de que en esta obra el escenario no se tiñe de sangre, muchos espectadores se quedan con la inquietud de si, faltando el escarmiento, no se irá a reiniciar todo de nuevo.
Buscando en la obra de Shakespeare la eventual génesis de la sonata beethoveniana, encontramos multitud de escenas o temas que pudieron haber sido el origen de alguna inspiración: la impotencia fente al destino, el contraste entre lo espiritual y lo material, la venganza y el perdón, la traición, el olvido,... pero nada específico. Sin embargo, el comentario de Schindler dio pie para considerar que la sonata era música incidental escrita para la pieza teatral, para usarla a modo de obertura, o para subrayar la acción. De ahí a servir de prototipo a muchas otras piezas musicales destinadas a matizar la acción teatral y luego como apoyo a la proyección de películas mudas y aun como fondo para filmes de monitos animados, no hubo más que un paso. Cuando escuchamos hoy el primer movimiento de la sonata nos resulta inevitable asociarla a las imágenes del "malo" acechando al "jovencito", o a las del ratón que huye del gato que huye del perro. Es necesario un esfuerzo hermenéutico considerable para escucharla sin esos ecos. Sólo así apreciaremos la música en la que se suceden repetidamente la calma y el frenesí. Pero, por mucho esfuerzo que hagamos, no es posible asociar esta música con ningún pasaje de la obra shakesperiana.
El tercer movimiento, allegretto, no ha corrido mejor suerte. Su motivo breve y reiterado ha hecho suponer que se trataba de alguna cantinela bucólica y despreocupada, o como una rítmica imitación del trote de un caballo, o cosas así. La versión de Alfredo Perl, incluida en su interpretación de las sonatas completas de Beethoven, me parece la más apropiada. Si Beethoven describe algo, es un clima de íntima tensión. La sencillez y reiteración implacable del motivo musical son vehículos de la inquietud y del anhelo. El acontecimiento es interior. No siendo médico ni músico puedo aventurar que la partitura es prácticamente un electrocardiograma, con todos los episodios provocados por la tensión extrema. Perl da a las palpitaciones una frecuencia de 80 pulsaciones por minuto. Lo que tiene alguien que hace antesala para escuchar una respuesta importante. Lamentablemente para el "show" de la música, este movimiento, y con él la sonata, concluye sin apoteosis ni fuegos artificiales, sino que, como un reloj al que se le acaba la cuerda, simplemente se detiene. La consiguiente perplejidad del espectador del concierto se refleja obviamente en aplausos titubeantes, que parecen reprochar algo al intérprete, lo que la hace ingrata para los pianistas.
Falta que se hagan presente en la vida del músico otras fatalidades, tanto de índole personal como familiar y social, que lo apartarán cada vez más de sus semejantes. Le quedan 24 difíciles años de vida, y más de cien obras por componer, desde luego las más célebres. El magnífico y voluntarioso Beethoven de hace tres años ha sido herido en pleno en su orgullo por la sordera galopante que lo aqueja. "La Tempestad", escuchada con las prevenciones ya hechas, es el honesto reflejo de la extrema dureza del golpe recibido, y también la reafirmación de la voluntad del autor de perseverar en su obra, para darnos a pesar de todo y a raudales bella música y el ejemplo de asumir su propio destino, por difícil que parezca.