Vladimir Horowitz, piano
Domenico Scarlatti (Nápoles 1685–Madrid 1757) es uno de esos compositores que en nuestro país hemos “adoptado” por derecho propio. Nacido en Nápoles, en ese momento perteneciente a la corona española, tuvo el privilegio, pero también el enorme peso de ser el hijo de un grande de la historia de la música, Alessandro Scarlatti, de quien aprendió el oficio. En realidad, y por esos avatares que sólo Freud sabe explicar, no sería hasta la muerte de su progenitor, ya en España, cuando
abandonando prácticamente las óperas, los misereres y las cantatas de su juventud, se centraría en componer las quinientas cincuenta y cinco sonatas para tecla que le han asegurado su lugar en la posteridad.
Para ello había sido necesario el encuentro con una dama especial, cuyo nombre resuena hoy en alguna calle de Madrid o en la bellísima iglesia del Convento de la Encarnación, remodelada por Ventura Rodríguez gracias a los mil doblones de oro que cedió a las monjas en su testamento. La reina María Bárbara de Braganza era una mujer de dotes singulares, a quien Domenico Scarlatti conoció siendo aún una niña en Lisboa, cuando era infanta e hija del rey Joao V, convirtiéndose en su
maestro de música. María Bárbara, que supo apreciar plenamente el talento del compositor, se llevó como parte de su dote a Scarlatti a España cuando se desposó con Fernando (el futuro y melancólico Fernando VI).
Poseía una alta categoría de intérprete y tuvo fama de ser una buena compositora. La música era el eje de su vida y no cabe duda de que el fecundo intercambio entre la soberana y el músico está en la simiente de la gran obra de este último.
Las sonatas para clave que Scarlatti escribiera durante su estancia en la corte española, y que suelen poseer una estructura idéntica. Responden a una forma binaria compuesta por dos partes sensiblemente iguales, que está previsto que
se repitan. La primera parte finaliza a menudo en la dominante (o en el relativo mayor) y la segunda siempre en la tónica. Las cadencias con que se concluyen cada una de las dos partes son similares. Hay pocas excepciones a este esquema básico. El músico napolitano, gran creador de ideas musicales, no se cuidó en exceso de renovar las formas musicales del siglo XVIII. Su grandeza reside en otra parte: la riqueza de motivos musicales, la variedad en la invención rítmica y melódica, su extraordinaria habilidad para la modulación, la galantería inserta en las arterias de lo barroco… El folklore español algunas veces es una inspiración. Por encima de todo, nos resultan asombrosamente sutiles y modernas y han constituido
un buen punto de partida para creaciones de hoy y ahora.