Anna Netrebko y Rolando Villazón en el dúo de "Iolantha"
Ciclo de Ibermúsica
“Iolantha”, ópera para “destensionar”
Obras de Rachmaninov y Chaikovski. D.Matsuev, piano. T. Pavlovskaya,
A.Durseneva, N.Kornev, G.Bezzubenkov, A. Gergalov, A.Amonov,
V.Sulimsky, S.Skorokhodov, V.Lukhanin. Coro de Cámara de San
Petersburgo y Orquesta Filarmónica de San Petersburgo. Y. Temirkanov,
director. Auditorio Nacional. Madrid, 13 y 14 de febrero
La Filarmónica de San Petersburgo es agrupación muy querida en España
desde su presentación con Ibermúsica en 1971. Temirkanov se unió a ella
en Madrid en 1989 y, desde entonces, las visitas de ambos han sido
constantes. En esta ocasión su gira incluyó dos programas. El primero
con el “Concierto para piano n.3” de Rachmaninov y una selección de “El
lago de los cisnes” de Chaikovski plagada de danzas. Era uno de esos
conciertos a los que el público acude “para disfrutar”, para pasárselo
bien sin quebraderos de cabeza. Lo que los asistentes no podían
imaginar es que iban a escuchar el pianista que probablemente ha
logrado tocar con más poder, más fuerte, de cuantos habían escuchado en
su vida. El joven ruso Denis Matsuev debió de dejar el Stenway no ya
listo para una nueva afinación, sino para una reparación. Este
pianista, un virtuoso que convierte el piano en una orquesta, tiene
también una técnica sobresaliente, aunque ésta no impida que los
sonidos se emborronen en ocasiones. Un Rachmaninov para recordar y un
arreglo propina de “Peer Gynt” absolutamente apabullante. Los
fragmentos del ballet de Chaikovski sonaron intensos, como cabía
esperar de tal director y orquesta.
El segundo programa nos trajo “Iolantha”, la última y una de las más
desconocidas óperas del mismo compositor. Su reducida acción escénica y
su compacta duración de unos noventa minutos la hacen adecuada para una
versión en concierto. Música bien perfilada y muy acorde con los
inspirados versos del texto de una preciosa historia en la que, al
contrario de lo habitual, no hay ningún malo. Es un libreto de los que
“destensionan”, relajan y emocionan por su candor. Fue una lástima que
el reparto mostrase ostensibles limitaciones en los registros más
agudos, que el tenor protagonista no acabase de encontrar la forma de
salir de apuros de su difícil parte y que la soprano se destemplase en
los fortes. Todo ello quedó compensado en gran parte por la lectura
vibrante de Temirkanov y el denso –nada menos que diez contrabajos-,
pero siempre claro sonido de los de San Petersburgo. Una visita de las
que hacen disfrutar al público abonado.
Gonzalo ALONSO
Diario LA RAZÓN