Grigori Sokolov interpretando la Mazurca Op. 63/3
Gonzalo Alonso
Diario LA RAZÓN
Ciclo de grandes intérpretes
Obras
de Mozart y Chopin. Grigori Sokolov, piano. Auditorio Nacional. Madrid,
11 de febrero.
Grigori Sokolov
nos volvió a deslumbrar a todos los asistentes con su personalidad
avasalladora y su técnica apabullante. Nadie puede dudar que estamos
ante un monstruo del teclado, pero hay que admitir que algunos de sus
conceptos pueden no ser compartidos.
Los dos primeros tiempos de la primera sonata de Mozart
interpretada, la en fa menor K.289, revistieron un gran interés por su
riqueza tímbrica, claridad y modernidad.
Las molestias del público
Algo debió de suceder después. El solista ruso, quizá molesto por
las toses del público, no dio concesión al descanso, y así el último
tiempo de la citada sonata se unió a los tres de la en fa mayor
K.332. El resultado fue que aquello que empezó brillante se transformó
en un Mozart despersonalizado y ausente.
Es cierto que en Madrid hay una contaminación que quizá afecta al
50% de sus habitantes, reflejándose en afonías y picores de garganta,
pero no es menos cierto que existen pañuelos, bufandas y otros
accesorios con los que apagar las toses y no entorpercer el desarrollo
de un concierto como éste.
Los «24 Preludios» de Chopin son una perla del teclado, con su
amplísima diversidad y su juego entre las tonalidades mayores de los
números impares, si se quiere de concepto emocional liviano, y las
menores de los números pares, bastante más dramáticos.
Dramáticos sí, pero no tanto como para que algunos, como los n.16
y 18, sonasen a un Beethoven último o incluso a un Scriabin. Eso sí,
todo ello sin el menor fallo, sin el más mínimo roce. Un genio, con sus
luces y sus sombras, tocando en penumbra y provocando en el público
hasta vítores cuando se encendieron las luces.