
Ángel Corella en el Teatro Real
"La Gioconda" de Ponchielli. V.Urmana, F.Armiliato,
L.Ataneli, E.Fiorillo, O.Anastassov, E. Zaremba, A.Corella, L.Giuliani,
etc. Delfini Group, escenografía. Fondazione Arena di Verona,
vestuario. G.Iancu, coreógrafo. P.L.Pizzi, director de escena. E.Pidò,
director musical. Coproducción entre el teatro del liceo, Arena de
Verona y Teatro Real. Madrid, 16 de febrero.
La mayoría del público comentaba que nunca había visto “La Gioconda” de
Ponchielli, incluso así lo reconocían los directores de teatros como
Ginebra o Chatêlet. Y es que no podía ser de otra forma, aunque resulte
sorprendente que el que fuera uno de los títulos más frecuentes en el
repertorio haya pasado a ser una “rara avis”. En Madrid no se
representaba desde que se programó en el Teatro de la Zarzuela con un
impresionante reparto: Gulín, Domingo –que debutaba en Madrid, Glossop,
Raimondi y Cleva. Tuve la suerte de estar allí, como también en las del
Liceo de 1971 con Gulín, Bergonzi y Colzani, de 1974 con Bumbry, Labó y
Colzani y 2005 con Voight, Margison y Guelfi y la misma producción de
Pizzi que ahora presenta el Real. Cayó en desuso por la dificultad de
encontrar repartos y por la invasión del barroco, pero en los últimos
tres años se ha ofrecido en bastantes teatros. Así en el Metropolitan,
donde asistí al debú de Urmana en el papel principal. Y resulta que el
público del Real quedó feliz, tanto como para permanecer en sus
asientos aplaudiendo y vitoreando -¡qué barbaridad que la labor de la
pareja de bailarines, por muy bien que trabajen, se sobrevalore siempre
de tal forma!- a pesar de haber pasado la media noche. Había motivos:
por fin les llegaba una ópera “apta para todos los públicos” y además,
ofrecida con una calidad global difícilmente superable en nuestros días.
Evelino Pidò obtuvo calificación de sobresaliente en aquello en lo que
Callegari suspendió rotundamente en el Liceo: lograr que la obra sonase
en estilo y que la orquesta dejase cantar libremente a los cantantes,
sin jamás apagarlos, y sin perder por ello su parte de protagonismo. La
labor del coro no es fácil y se resolvió muy aceptablemente, aunque se
hubiera agradecido un poco menos de volumen en el primer acto. Obras
como “La Gioconda” son poco susceptibles a “herejías” escénicas. Hay
que conservar su escenario tradicional veneciano y, al mismo tiempo,
dotarlas de un aire moderno. Lo logra plenamente Pier Luigi Pizzi en
esta coproducción entre Barcelona, Verona y Madrid. Refinada, elegante,
sin apenas más elementos que los puentes, góndolas y canales venecianos
vistos desde un prisma casi de “diseño” se completa con un vestuario en
el que contrasta el rojo con toda la gama de grises. Visualmente de
gran belleza. Más dudoso es el trabajo actoral, sin brillo especial y
con algunos deslices y fallos. ¿Cómo puede cantar el tenor que Laura
yace envuelta en velos blancos y aparecer toda en negro? ¿Cómo puede
molestar tanto ese armatoste –primero cajón de las denuncias y luego
tálamo- que permanece casi siempre e inútilmente en medio de la escena?
¿Nadie se percata que el despertar de Laura provoca inoportunas risas?
El dúo final, con Gioconda y Barnaba a distancia y sin mirarse, resulta
muy poco teatral, máxime al cerrar la representación. Ya sabemos que
los registas no siempre son estetas y dramaturgos simultáneamente.
El Real ha conseguido para esta obra lo que no se si calificar de uno
de los mejores repartos o simplemente el mejor de los hoy disponibles.
Violeta Urmana quizá no aporte toda la sensualidad de Gioconda, pero
las notas y el estilo están, compone un espléndido segundo acto
–Elisabetta Fiorillo lo borda también en el papel de Laura- y supera
con holgura el último acto, en el que Ponchielli se volvió algo loco y
escribió para la protagonista notas de contralto en el gran aria y
luego coloraturas en el final. Se puede echar de menos la poesía de un
Domingo o la perfecta cuadratura de un Bergonzi en “Cielo y mar”, pero
Fabio Armiliato es de los poquísimos tenores que hoy pueden cantar el
Enzo. Se muestra seguro, sin problemas en registro alguno, corre muy
bien la voz, el timbre es grato y el fraseo convincente. A gran nivel
también Elena Zaremba como la Ciega, Orlin Anastassov como Alvise y
Lado Ataneli como Barnaba. Un bello y elegante espectáculo para una
gran ópera de “las de antes” muy grata para todos los públicos, servida
vocalmente de forma inmejorable y musicalmente en estilo. No se puede
pedir más.
Gonzalo Alonso