Todo lo relacionado con la música en la Universidad Politécnica de Madrid
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Gidon Kremer, violín Orquesta Filarmónica de Viena Leonard Bernstein, director
Entre las obras maestras de Johannes Brahms se encuentra el Concierto
para violín y orquesta en Re mayor, cuya estructura es heredada de la
tradición vienesa clásica. Al contrario que sus coetáneos, Brahms
rechazó el uso superfluo de nuevos efectos armónicos y cromatismos. Se
esforzó más bien por componer música de gran coherencia interna,
utilizando los efectos nuevos o infrecuentes sólo para subrayar los
matices estructurales. Así pues, sus mejores obras no
contienen añadidos innecesarios: cada tema, figura y modulación están
anunciadas en los pasajes precedentes.
El clasicismo de Brahms fue un fenómeno único en sus días, ya que
no seguía las tendencias marcadas por la moda musical de la época,
representada por el compositor alemán Richard Wagner. A pesar de que
Brahms hizo revivir una tradición musical como ningún otro compositor
había conseguido desde Ludwig van Beethoven, no estuvo completamente
aislado, y la riqueza emocional del espíritu romántico impregna su
música. Por desgracia, es poco lo que se sabe sobre el método de
trabajo de Brahms. Era tan autocrítico que quemó todo lo que compuso
antes de los 19 años, al igual que los borradores de sus obras más tardías.
Es sabido que solía reelaborar una misma pieza pasados incluso diez o
doce años de su estreno, y que antes de dar a la obra su forma final,
la transcribía para distintas combinaciones de instrumentos.
Brahms murió en Viena el 13 de abril de 1897. Su obra comprende todo
tipo de música a excepción de ópera, en la que hay abundancia en cuanto al género camerístico: tres cuartetos de cuerda; cinco tríos; un
quinteto para clarinete; varias composiciones para música de cámara
combinando distintos instrumentos, y más de 150 canciones.
El Concierto para violín -opus 77 del catálogo de Brahms- fue
escrito para Joachim, que lo ajustó a sus necesidades. La obra fue rechazada por
Sarasate, que no podía soportar permanecer de brazos cruzados mientras
el oboe tocaba en el Adagio la más hermosa melodía de toda la
partitura.
Se trata de un concierto convencional sólo en apariencia, con un extenso
primer movimiento que deja la cadencia abierta, el tradicional Adagio
contrastante y un final en forma de rondó-sonata construido a partir de
un tema de resonancias zíngaras. Y sin embargo, hay algo en él que
parece preservarlo del ardor y la inconsciencia de los virtuosos más
inexpertos. Acaso sea su entraña formal, más sinfónica que concertante,
el lirismo decadente de su segundo movimiento o la explosión de un
Finale que tiene más de febril ensoñación que de pasión dionisíaca.