K.Penderecki: Capricho para oboe y orquesta
Mariusz Pedzialek, oboe
REPERTORIO DEL OBOE
Barroco
Tras la aparición del instrumento en la corte de Luis XIV, en la segunda mitad del siglo XVII se empezó a especificar la música para el oboe en obras como la ópera “Pomone”. También aparece en Purcell, que le asigna un papel una parte obbligato florida en el aria “Bid the Virtues”.
En el siglo XVIII se incrementa su empleo. Aparece en dramáticos pasajes a solo de la música coral o vocal, pero también interviene en la música orquestal e instrumental. Por esta época era frecuente su utilización como solista con continuo (sustituyendo a flauta o violín), y en las sonatas en trío, concerti grossi, conciertos para solista y otras obras de música de cámara.
En el periodo clásico los vientos comenzaron a integrarse en la orquesta. La formación más común de los primeros compositores clásicos añadía dos trompas y dos oboes a la cuerda, aunque también se compusieron obras para oboe solo y cuerda.
Algunos compositores como Philidor y Holterre lo usaban con mucha frecuencia en sus obras. Otros como Couperin lo ofrecían en muchas ocasiones como alternativa al violín. Sin embargo fue Albinoni quien le dio uno de los primeros grandes impulsos con sus 24 conciertos para oboe y orquesta Op.7 y 9, junto con las sonatas de Vivaldi y conciertos de cámara.
Bach también se sirvió de él en dos de los Conciertos de Brandemburgo, bien dialogando con el violín, o reforzando a la trompeta, pero es más relevante su papel en las cantatas y otras obras corales, junto con el oboe da caccia y el oboe d’amore. A esto se le unen varias sonatas en trío, conciertos y suites. Telemann también contribuyó con sus sonatas para oboe, así como Loeillet y otros.
Clasicismo
Se reforzó el empleo del oboe en la orquesta, en detrimento de las sonatas, por ejemplo en las sinfonías de Mozart y Haydn, donde el oboe asume el papel principal de la sección de viento junto con la flauta. Mozart también lo prefería para sus óperas y conciertos para piano, comprendiendo perfectamente sus posibilidades y virtuosismo, lo cual demostró también es su único Concierto para oboe y orquesta en Do Mayor , en su Cuarteto en Fa para oboe y cuerdas y en sus Serenades para octeto de viento.
Carl Stamiz también le dió especial relevancia en sus conciertos o sinfonías concertantes, así como el grupo de conciertos del propio oboísta August Lebrun o los trabajos de Krommer.
Sin embargo, el papel compartido en importancia que clarinete y oboe desempeñaba hacia mediados de siglo, decae en el primero durante las últimas décadas, por lo que el uso del oboe se eclipsó un tanto en el periodo romántico.
Siglo XIX
El empleo del oboe se amplía sobre todo en el ámbito orquestal, en las sinfonías de Beethoven, Brahms, Schubert, Bruckner, Mahler, o en las óperas de Weber, Berlioz, Verdi y Wagner.
Quizá el auge del piano y del violín hicieron que el uso del oboe como solista disminuyera, exceptuando algunos trabajos de compositores como Bellini, Donizetti, Hummel, d’Indy y Krommer.
En música de cámara no obstante tienen gran relevancia los quintetos de viento de Danzi y de Reicha, y en dúos con piano están los de Saint-Saëns, Franck, Reger, Sphor, destacando la Tres Romanzas de Schumann.
Siglo XX
Este siglo se caracteriza por tener una gran variedad de estilos y mejoras técnicas, así como novedades (microtonos, sonoridades múltiples, etc.). El oboe ha sido impulsado de un lado por el auge de la música de cámara y de otro, gracias a la gran labor desempeñada por los oboístas Leon Goosens y Heinz Holliger.
Este desarrollo se ve claramente es los conciertos escritos para oboe por R. Strauss, V. Williams, Arnold , Holst, Honegger o Ibert, por ejemplo.
Trabajos más modernos son los de Zimmermann, Maderna, el propio Holliger, o Ligeti, que emplea microtonos y variedad de texturas, en sustitución del antiguo virtuosismo. Esta misma variedad de texturas se puede apreciar en el Capricho para oboe y cuerdas de Penderecki, o la Secuencia VII de Berio. A esta variedad de texturas se le une también la complejidad polirrítmica y las igualmente variadas agrupaciones camerísticas.
Para grupos de instrumentos de viento, Stravinsky escribió las Sinfonías de Instrumentos de Viento y R. Strauss, Serenade Op.7, la Suite Op.4, y varias sonatinas, además de los numerosos trabajos para banda de igualmente numerosos compositores. A los quintetos de Danzi y Reicha les suceden ahora los de Nielsen y Schoenberg, optando el estilo francés por un timbre más penetrante del oboe. También destaca el Sexteto de Poulenc y otros quintetos en los que incluso a veces el corno inglés sustituye a la trompa.
También reaparecen las obras para oboe y cuarteto o trío de cuerdas como las de Bax y Bliss o el Cuarteto Fantasía de Britten, compositor que es especialmente destacable por su obra para oboe solo Seis metamorfosis de Ovidio. A todo ello se le unen las sonatas para oboe y piano como la de Hindemith, Poulenc, Krenek, Malpiero, Piston, o Berkeley y otras obras de inusual composición como por ejemplo los tríos para oboe, viola y arpa de Holliger.