La persona y la música de Antonín Dvořák estuvieron muy pronto estrechamente unidas a Gran Bretaña, país que siempre ha apreciado de manera extraordinaria su arte y ha dado algunos de los mejores estudiosos de su obra fuera de la patria checa. Fue precisamente una comisión de la Sociedad Filarmónica de Londres, que nombró al músico miembro honorario en junio de 1884, el hecho que propiciaría el nacimiento de la Séptima Sinfonía en Re menor, la única de las suyas escrita bajo encargo.
Dvořák dirigió el estreno en la sede de esa asociación, St. James Hall, el 22 de abril de 1885, después de entregarse a un febril trabajo creativo de diciembre de 1884 a marzo de 1885, tal como testimonia su correspondencia privada. En palabras del mismo compositor a su editor, Simrock, la nueva composición “tuvo un éxito extraordinario”, dato que en efecto aparece confirmado por la prensa de la época. Ahora bien, algunas de las comparaciones que suscitó entre los críticos británicos del momento nos parecen ahora bastante descarriadas, en especial la que relacionaba la pieza del autor checo con la Sinfonía nº 9, la llamada “Grande”, de Schubert. Otros, en cambio, adscribieron la partitura a la órbita de Brahms, lo que concuerda mucho más exactamente con el juicio de la historia, porque la Séptima responde inequívocamente al plan sinfónico del mayor representante de la corriente opuesta a la música del porvenir.
Brahms fue, obviamente, el autor más influyente sobre el estilo del autor de Rusalka, bien que en esta partitura ese peso figure atemperado por unos inequívocos aires nacionalistas checos; pero Dvořák sostuvo a lo largo de su quehacer, al igual que su gran modelo alemán, las grandes formas tradicionales de la música orquestal y de cámara. La sombra de Brahms sobre la Sinfonía nº 7 de Dvořák es de carácter general, a pesar de que no falten autores que incidan en el ejemplo concreto de la Tercera Sinfonía del germano. La composición, en tonalidad menor, posee una fuerza trágica, una vehemencia expresiva y una coloración sombría que no vuelven a encontrarse en ninguna otra de las sinfonías de Dvořák . En ese aspecto, el lenguaje adoptado suena probablemente mucho más “internacional”, con los elementos nacionalistas muy suavizados, salvo por el Scherzo, en una decisión de su autor basada muy probablemente en la necesidad de llegar al mayor número posible de oyentes fuera de su propio país.
La plantilla de la orquesta es amplia mas no gigantesca, con la madera a dos, cuatro trompas, dos trompetas, tres trombones, timbales y cuerda. El Allegro maestoso inicial nos introduce en un mundo de extraña severidad, casi amenazante, que apenas encaja con el Dvořák más feliz de tantas otras obras. El primer diseño se presenta en violas y violonchelos sobre un tapiz de las trompas, los contrabajos y los timbales. De inmediato estalla un tema enérgico que conduce a un primer clímax; la tensión acumulada por toda esta parte expectante se descarga en la liberación melódica del segundo tema. El desarrollo demuestra las potencialidades del material, llegándose a una culminación de indudable raíz brahmsiana. La reexposición propone los temas en orden invertido.
En el Poco adagio, que despega con una melodía en el clarinete, las resonancias de la música del mentor de Dvořák parecen hacerse mucho más tenues, dando el creador checo rienda suelta a su incomparable vena lírica. La cuerda y la madera colaboran en la ascensión melódica. Algunos autores se refieren aquí a Wagner —y sobre todo a Tristán e Isolda—, un compositor que sin duda marcó de manera determinante las manifestaciones más primerizas del sinfonismo del músico checo, pero que a esta altura de su carrera puede considerarse ya un referente bastante lejano.
El Scherzo: vivace es sin duda el movimiento de adscripción nacionalista más obvia: de hecho, el ritmo —sincopado y con acentos en sforzando— de esta parte se asemeja al de un furiant, un danza folclórica bohemia. El Trío contrastante de la parte central —como tal actúa, aunque Dvořák se apartó de esta denominación— se pliega sobre un gesto melódico, en lo que constituye acaso una visión de la naturaleza.
La marcialidad del motivo principal del Allegro, tras la original sección introductoria, con el que se cierra la obra, acaba por imponer una sensación positiva, incluso triunfal. Un movimiento repleto de ideas —incluida la casi cita de un ritmo brahmsiano procedente de la Primera Sinfonía de éste, que se diluye con un sesgo orientalizante—, construido con forma de sonata, que corona espectacularmente una de las mejores obras de Dvořák en el campo de la sinfonía.
‘‘La clemenza di Tito’’ es una de las obras más brillantes pero menos representadas de Mozart, que narra de manera didáctica el egoísmo que rige la humanidad, a través de la historia del emperador romano Tito.
Esta obra está considerada una obra seria, filosófica e increíblemente teatral, amenizada por arias y cantos considerados verdaderas joyas operísticas, como el aria de Sesto que se expone en el vídeo.
‘‘La clemenza di Tito’’, que Mozart compuso en 1791, meses antes de morir, con motivo de la coronación de Leopoldo II como rey de Bohemia en Praga, recrea el contraste entre la bondad, nobleza y justicia del emperador Tito, y Vitelia, hija del emperador Vitelio, que fue destronado por el padre de Tito, y que procura vengarse con actos desleales y egoístas.
El motivo de la venganza de Vitelia lo provoca la decisión de Tito de casarse con Berenice y después, descartada esta unión, con Servilia, lo que frustra su ambición de convertirse en emperatriz.
Vitelia, sin saber que finalmente Tito renuncia a unirse en matrimonio con Servilia para casarse con ella, convence a Sesto para que lo mate.
Tito acaba conociendo el complot tramado por Vitelia y Sesto para asesinarlo, que confiesan sus intenciones, pero les perdona a los dos.
La ópera, que está dividida en dos actos, refleja, en la primera parte, un mundo de personajes aislados y egoístas, en contraposición a un emperador justo y bondadoso, ecuánime y clemente, incluso con sus enemigos declarados. Esta maldad, sin embargo, desaparece en el segundo acto de la representación, cuando los personajes más maliciosos se dan cuenta de las consecuencias de sus acciones y de que pueden vivir de otra manera.
Claudio Monteverdi fue el primer genio incontestable de la historia de la ópera. Sin un conocimiento de la lengua italiana, las óperas de Peri y Caccini (que compuso la música para la Eurídice de Rinuccini al objeto de rivalizar con la de Peri) presentan obstáculos insuperables al oyente contemporáneo. No es este el caso de Monteverdi, como muestran las recientes representaciones con gran éxito de sus tres óperas supervivientes. Los modernos oyentes, ya sean expertos o profanos, quedan cautivados por el modo en que Monteverdi era capaz de insuflar vida expresiva en sus personajes, son arrastrados por el ímpetu dramático de sus obras y encantados por la riqueza y la plenitud tonal de la música.
Monteverdi nació en 1567, tres años después que Shakespeare, hijo de un médico de Cremona, la ciudad de los constructores de violines. Empezó a componer madrigales a una edad muy temprana y se fue a la corte de los Gonzaga en Mantua, donde llegó a ser maestro di capella en 1601; no era un simple y vulgar tejedor de notas sino un intelectual, insólitamente bien educado, sensible, coherente, dueño de sí mismo y versátil. Vio enseguida las limitaciones y las posibilidades de la nueva forma teatral. Su respuesta fue llevar a la escena, el 24 de febrero de 1607, en Mantua, L'Orfeo, favola in musica, la primera ópera en alcanzar un lugar permanente en el repertorio. El texto lo había escrito Antonio Striggio, un funcionario de la corte. Diez años después de que el dramma per musica hubiera venido al mundo, esta obra constituida en hito incide aún en el mito de Orfeo y tiene una gran deuda con el tratamiento que dio Peri a la misma historia. La acción es presentada por las alegóricas figuras bien conocidas de las obras y representaciones renacentistas. Orfeo y Eurídice, recién casados, aparecen en un entorno idílico con ninfas y pastores. Tras la muerte de Eurídice, conmovedoramente descrita por el mensajero, Orfeo se aventura en el mundo inferior al objeto de rescatar a su amada. A causa de su amor infringe la orden de no volver su rostro y mirar a Eurídice en el camino de retorno. Su esposa es condenada al Hades de nuevo. Las óperas primitivas tendían a sustituir los finales trágicos por finales felices y Orfeo no es una excepción: Apolo aparece como un deux ex machina y conduce a Orfeo al Paraíso, donde se reunirá para siempre con Eurídice. Los pastores celebran la apoteosis de Orfeo con una danza. Habían nacido las reglas perdurables de una estructura dramática: el lieto fine (final feliz) como requissito operístico; la alternancia de escenarios en fuerte contraste (idilio, mundo inferior, paraiso), que se convertirá en un rasgo esencial de la ópera barroca francesa; la combinación de recitativos y números independientes, coros, danzas, números ariosos, ritornellos y danzas, canciones para varias voces. La orquesta adquiere una mayor significación, caracterizando las escenas dramáticas y los acontecimientos con su colorido y utilizando los instrumentos para efectos simbólicos. En veintiséis pasajes instrumentales independientes su efecto es relevante en la medida en que apoya e interpreta la acción. En la orquesta de Monteverdi había unos cuarenta ejecutantes. La partitura no consigna todos los particulares; marca la tónica general sin entrar en detalles. Por la época del Orfeo Monteverdi estableció los principios de su nuevo estilo - seconda prattica como opuesta a la tradicional prima prattica - Y afirmó que "el compositor moderno actúa sobre la base de ser fiel a la realidad".
Ópera de San Francisco
Maurizio Arena, director
Arrigo Boito (Padua 1842 - Milán 1918) es conocido fundamentalmente por ser el libretista de algunas óperas de Verdi (Otelo, Falstaff), Ponchielli (La Giocond) y otros muchos.
Como compositor es autor de dos obras únicamente : Mefistófeles y Nerón (inconclusa).
Mefistófeles es una ópera en un prólogo, cuatro actos y un epílogo. El libreto es del propio Boito, basado en el Fausto de Goethe. Se estrenó en el teatro Alla Scala de Milán el 5 de marzo de 1868, constituyendo un fracaso rotundo; tras una revisión, se repuso el 4 de octubre de 1875 en Bolonia, donde triunfó.
Los personajes de esta ópera son Mefistófeles (bajo); Fausto (tenor); Margarita (soprano); Marta (contralto); Wagner (tenor); Elena (soprano); Pantales (contralto) y Nereo (tenor).
Al contrario de Gounod, Boito basó su ópera en las dos partes del Fausto de Goethe. La acción transcurre en Frankfurt am Main y en otros lugares fantásticos durante la Edad Media. En el prólogo Mefistófeles desafía a Dios diciéndole que es capaz de conseguir el alma de Fausto. Fausto es perseguido por un fraile franciscano que se presenta a sí mismo como Mefistófeles. Persuade a Fausto diciendo que podrá recuperar un momento de perfecta felicidad a cambio de su alma. Fausto, bajo el seudónimo de Enrico, corteja a Margarita. Mas tarde Mefistófeles lo conduce a una reunión nocturna de brujas, donde angustiado presencia una aparición de Margarita encadenada. Margarita, delirante, está presa luego de envenenar a su madre y asesinar al hijo que engendró con Fausto. Mefistófeles le ofrece liberarla pero Margarita rechaza la ayuda; recupera su cordura y muere. En Grecia, Fausto admira a Helena de Troya quién, zalamera, le ofrece su amor. El epílogo describe un Fausto desilusionado y agonizante. Muere arrepentido de su pacto; Dios se apiada y frustra los intentos de reclamo de Mefistófeles.
"Heldentenor" (en alemán, tenor heroico) es el tenor dramático del repertorio alemán. Un tipo de voz que debe tener su timbre característico, imponerse a la orquesta y el peso para retratar roles heroicos como Lohengrin (en el lado más ligero) y Tristán o Sigfrido (en el más pesado). Sin olvidar Florestán en Fidelio, un papel heroico precursor de los requisitos musicales y dramáticos de los roles wagnerianos.
La relación de Chopin con Madame Dudevant (George Sand) se inició en 1836 y terminó en 1844. Aquella escapada que tuviera con ella a las playas de la soleada isla de Mallorca en 1838 resultó ser una de las más funestas aventuras. Se habían alojado en un monasterio cuyas celdas calentaban con braseros malolientes, la comida era detestable y la vida allí no era muy agradable que digamos.
El piano de Chopin tardó dos meses en llegar de Paris y llovía,
llovía sin cesar. El eterno tamborileo y repiquetear de la despiadada
lluvia sobre el techo le ponían los nervios de punta. Le
taladraban los oídos, le perforaban el cerebro. Chopin se desesperaba. No lo soportaba más. Ese ruido, esos recuerdos
quedarían escritos en lo más recóndito de su alma. Recuerdos que
quedarían impresos -según lo diría la propia George Sand- en el famoso
preludio "Gotas de LLuvia".
El conjunto de los Preludios de Chopin se compone de 24 números, ordenados los impares según de quintas ascendentes: cero alteraciones (DO mayor), un sostenido (SOL mayor), dos, tres etc. Los pares en los tonos paralelos de los impares. No son preludios introductorios de otras piezas. Son expresión de una idea, de un pensamiento, de una sensación o una impresión al estilo de los de Debussy.
Los números 4, 6 y 15 tienen en común una persistente repetición de notas, como “gotas de lluvia”, como la obsesión por una idea fija, como la mirada sobre un punto fijo al estilo de los métodos de concentración. Meditativos en definitiva.
Los números 4 y 6 en modo menor; el 15 en modo mayor. El nº 4 de carácter triste por la melodía y por el cromatismo descendente de la mano izquierda. El nº 6, en contraste con el 4, es de una armonía muy sencilla. Excepto en la parte central, en que se va al tono triste de la “napolitana”, el resto del Preludio permanece en SI menor. El nº 15 es el de mayor envergadura de los tres. Es música más luminosa. Aun así en su parte central, larga, se oscurece, pasando al tono homónimo menor, con la melodía en los graves. Al final retorna al ambiente primero.
Compuesta entre 1891 y 1892. Estrenada en Praga, el 20 de abril de 1892, bajo la dirección de su autor. Dedicada a la Universidad de Praga.
En 1892, Antonín Dvořák viaja a los Estados Unidos. La estancia será larga.
Instalado en Nueva York, dará clases en su conservatorio. También compondrá
algunas obras. Dvořák es un músico maduro que sabe muy bien el poder que tiene
la música como forma de comunicación. Lo confirma la intención nacionalista de buena
parte de su obra. Ajeno a cualquier propósito de proclamación, lejos de
pretender una forma de rebeldía con la música como estandarte, Dvořák eleva lo popular, el folclore, a la
categoría de materia artística. A través de él pretende encontrar un diálogo
fluido con aquellos que sean capaces de sentirse identificados. Por eso, en
Europa, Dvořák es bohemio, y en Estados Unidos, americano. Uno de los padres de
la música americana.
Lo importante es que tras esta forma de expresión palpita algo más importante,
el sentido humanista. Dvořák utiliza el nacionalismo porque sabe, siente, que
la música también es parte sustancial del acervo cultural que inverna en el
inconsciente colectivo. Hay que entender esto si se quiere situar una obra como
la obertura Carnaval, tan aparentemente alejada del Dvořák “popular”. Lo que
interesa aquí es observar el paso hacia delante.
Antes de emprender la aventura americana, Dvořák trasciende la anécdota
folclórica y se sirve de vínculos más profundos. El argumento que da forma a
Carnaval y a las otras dos oberturas que, junto con esta, forman un tríptico
coherente, es la relación entre la naturaleza y el alma humana.
Un argumento universal
Así lo define el título general,
Naturaleza, vida y amor. De forma particular, la fusión con la naturaleza da
sentido a la primera de las oberturas. En ella se describen las sensaciones
vividas por el hombre, la alegría, el bienestar físico y moral, y el
sentimiento religioso panteísta. Su título En la naturaleza evoca a las claras
el sentido poético de la composición.
Desde un punto de vista estrictamente musical las tres oberturas se alimentarán
del tema principal expuesto en la primera. Se observa claramente acudiendo a la
última de ellas, Otelo. Se exploran aquí los sentimientos del ser humano a
partir de la destrucción del amor por los celos. Obviamente la obra de
Shakespeare está tras ella y, a su lado, una música tensa y convulsa.
Pero interesa ahora la segunda de ellas, Carnaval, pues es la que se ilustra mediante el vídeo. Tras la soledad, unas veces recogida y otras exaltada, a la que se ha enfrentado la primera obertura inscrita en el seno de la plácida naturaleza, salta aquí el contraste con las manifestaciones de la vida humana entendidas en su mayor efervescencia. Los alegres torbellinos que, sin preámbulo, sirven para dar comienzo a la obra admiten también la comparación con el final de la Séptima sinfonía de Beethoven. La impresión de movimiento continuo, tan cercano a la rueda expresiva de la danza, contrasta de inmediato con el segundo tema de la obertura en el que se busca el contraste mediante una línea de carácter lírico y más amable. Pero el momento más notable es la parte central, marcada “Andante con moto”, pues es ahí donde surge la meditación poética. El tema principal de la obertura En la naturaleza, motivo que, ya se ha dicho, da sentido coherente al tríptico, se escucha en el clarinete. No se olvide que su significado último es el argumento esencial de esta serie de obras. La naturaleza como fondo de la existencia humana.
Leonard Bernstein, director
Dmitri Shostakovich nació entre dos períodos muy importantes de la Historia: la 1ª Revolución Industrial, surgida en Inglaterra y extendida por toda Europa a finales del siglo XIX; y la 1ª Guerra Mundial, con las consecuencias que trajo en la historia de Rusia en 1917. En 1900, bajo el pretexto del movimiento boxer en China, que amenazaba el Transiberiano hasta Vladivostok, el gobierno ruso ocupó Manchuria. Los militares, que tenían el favor del Zar Nicolás II, no dudaron en provocar a Japón, intentando sustraerle Corea, lo que propició la guerra ruso-japonesa (febrero de 1904-septiembre de 1905), que fue desastrosa para Rusia: aumentó la oposición del gobierno central, debido a los fracasos militares, y el aumento de la represión. La matanza de obreros en San Petersburgo (Domingo Rojo, 22 de enero de 1905), debido a los levantamientos sociales- como el de Odessa- y a la actitud reivindicativa de los primeros soviets, llevó al pueblo ruso al caos: el prestigio de la monarquía estaba muy debilitado, lo que aprovechó la oposición para intentar implantar un régimen liberal o socialista, que acabó por materializarse con la Revolución de Febrero de 1917.
Es en poco más de un año (el 25 de septiembre de 1906) cuando nace Shostakovich en una de las ciudades más involucradas políticamente de Rusia: San Petersburgo. Todo ese ambiente de levantamientos sociales, políticos y militares lo vivió en su casa desde su juventud y tal como Aaron Copland dijo:
“La Historia musical demuestra que los compositores construyen sus obras, no según los acontecimientos históricos, sino de acuerdo con las necesidades musicales que crean esos hechos históricos. Es decir, los cambios históricos traen a la música nuevas necesidades en sus funciones y estas necesidades son las que alteran su curso, y no los hechos mismos.”
Así pues, la música de Shostakovich es el resultado directo de la época que le tocó vivir.
En 1939 compuso la “Sinfonía nº 6”, que tiene por primer tiempo un dilatado y noble “Largo”, lírico y meditativo, y un finale con aire de marcha. Su estreno coincide con el inicio de la 2ª Guerra Mundial y con el estreno de “Alexandr Nevski” de Prokofiev.
Richard Strauss (Munich, 1.864 - 1.949), fue un hombre con impresionantes
condiciones para la música, que supo adaptarse a los acontecimientos
históricos que le tocaron vivir, como fueron las dos guerras mundiales,
compatibilizando la composición con la dirección de orquesta.
Poco después de la Primera Gran Guerra, Richard Strauss
compuso, con libreto de Hugo von Hofmannsthal, "La mujer sin sombra", como culminación
de una serie de proyectos que Strauss desarrolló durante años
en torno a una ópera de carácter mágico y alegórico.
Hoy está considerada entre lo mejor de su producción escénica,
con episodios de sublime inspiración.Su estreno tuvo lugar el 10 de
Octubre de 1.919 en la Opera Estatal de Viena, con Franz Schalk como director
musical, constituyendo un rotundo éxito.
La complejidad de su puesta en escena, sus especiales exigencias vocales, la amplitud del conjunto orquestal que requiere y su dificultad de comprensión, dada la multiplicidad de símbolos y alegorías que presenta, hace que sea una obra interpretada relativamente poco.
P E R S O N A J E S
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El Emperador
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Tenor |
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La Emperatriz
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Soprano |
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La Nodriza
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Mezzo-soprano |
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Barak, el Tintorero
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Barítono |
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Su Mujer
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Soprano |
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El Espíritu Mensajero
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Bajo |
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La Voz del Halcón
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Soprano |
S I N O P S I S A R G U M E N T A L
Ha transcurrido un año desde que el Emperador de las Islas del Lejano
Oriente ha capturado una gacela blanca que se ha transformado en una hermosa
mujer. Se trata de la hija del Príncipe de los Espíritus, Keikobad,
y el Emperador la ha desposado. Su amor no ha sido recompensado con ningún
nacimiento, pues la Emperatriz permanece mitad mujer mitad espíritu:
no tiene sombra. Todos los meses, Keikobad envía un mensajero para
saber si la situación ha cambiado.
Primer día de prueba para las dos parejas. Cuando Barak sale al trabajo,
la Nodriza tienta a la Mujer con la imagen de un joven. La visión se
desvanece cuando Barak regresa con un grupo de niños mendigos de la
ciudad a los que da de comer. Su Mujer se enfurece.
La escena siguiente nos muestra al Emperador vagando de noche por el bosque.
Ha encontrado al Halcón quién le lleva a la cabaña del
halconero aislada en el bosque, donde la Emperatriz le ha dicho que pasaría
los tres próximos días con la Nodriza. El Emperador sorprende
a las dos mujeres entrando furtivamente y adivina que han estado en contacto
con los humanos. Creyéndose traicionado quiere matar a su mujer, pero
retrocede y se pierde en la oscuridad.
Segundo día. La Tintorera y la Nodriza esperan con impaciencia que
Barak se vaya. Finalmente la Nodriza le hace beber un somnífero. La
Mujer resiste las tentaciones que la Nodriza hace resurgir acabando por despertar
a Barak, el cual intenta consolarla en vano. La Mujer le insulta a él
y a su miserable trabajo y sale de la casa con la Nodriza. Barak observa que
la Emperatriz se ha quedado en la casa con él.
Por la noche en la cabaña del halconero, la Emperatriz está
acostada soñando. Reconoce que ha traicionado la confianza de su marido.
En sueños ve al Emperador entrando en un templo con forma de caverna
en cuyo interior se transforma en piedra. Ella quiere sacrificarse por él.
Tercer día. La oscuridad reina sobre la vivienda de Barak y sus ocupantes
temen una inminente catástrofe. La Mujer revela a Barak todo lo ocurrido
y le confiesa que ha vendido su sombra quedando estéril para siempre.
Loco de rabia, Barak trata de matarla con una espada que le ha entregado la
Nodriza, pero la Emperatriz dice que no puede aceptar la sombra y la Mujer
arrepentida de su acción, afirma su amor por Barak. Una fuerza superior
interviene entonces: el suelo se abre desapareciendo Barak y su Mujer. La
Emperatriz y la Nodriza se desvanecen.
El reino de Keikobad en el Mundo de los Espíritus.
En cautividad y sin posibilidad de verse, Barak y su Mujer se dan cuenta de su amor y de la necesidad que tienen el uno del otro. Una voz desde lo alto les conmina a ir uno en busca del otro. Una barca lleva a la Emperatriz y la Nodriza hasta los dominios de Keikobad. La Nodriza recomienda a la Emperatriz el evitar un enfrentamiento directo con su padre, pero ella rechaza la sugerencia y quiere someterse a juicio, entrando en el templo. La Nodriza permanece fuera, no atreviéndose a entrar. Se oyen las voces de Barak y su Mujer que tratan de encontrarse. Cuando la Nodriza llama a Keikobad un Espíritu Mensajero aparece y la condena a ser exiliada a ese mundo humano que tanto odia.
Sola y atemorizada la Emperatriz afronta la prueba suprema. Rehusa el agua dorada de la fuente porque está manchada por la sangre de Barak y su Mujer. Suplica a su padre que se aparezca ante ella, pero es el Emperador quien se presenta enteramente petrificado a excepción de sus implorantes ojos. Nuevamente se ofrece a la Emperatriz el agua dorada de la fuente: si la acepta, la sombra será suya y el Emperador salvado, pero Barak deberá morir. La emperatriz rehusa sacrificar víctimas inocentes mostrando así que se ha vuelto totalmente humana. Una sombra cae a sus pies. El Emperador se libra de su tumba de piedra uniéndose a su mujer a la vez que se oyen las voces de los niños no nacidos.
La decisión de la Emperatriz, libera también a Barak y su Mujer cuya sombra se transforma en un puente que salva el abismo que la separa de su marido. Los esposos estan por fin reunidos y la voz de los niños celebran el feliz acontecimiento.
TITULO ORIGINAL: Hamlet
AÑO: 2000
DURACIÓN: 112 min.
PAÍS: Estados Unidos
DIRECTOR: Michael Almereyda
GUIÓN: Michael Almereyda (sobre el texto de William Shakespeare)
MÚSICA: Carter Burwell
FOTOGRAFÍA: John de Borman
REPARTO: Ethan Hawke, Kyle McLachlan, Sam Shepard, Diane Venora, Bill Murray, Liev Schreiber, Julia Stiles, Karl Geary, Steve Zahn, Jeffrey Wright, Paul Bartel, Tim Blake Nelson
PRODUCTORA: Miramax
Nada nuevo bajo el sol, salvo que Dinamarca es una empresa y su "rey" ha fallecido, su hermano ha tomado el mando y se ha casado con su viuda (Esta parte ya nos la sabemos). Le sumamos a eso Nueva York, unos escenarios geniales, un reparto que no le va a la zaga y las mismas líneas de diálogo del original. ¿Qué nos queda? Una adaptación genial de un clásico revisitado cientos de veces, pero nunca de una forma tan... "actual" e independiente.
El primer acierto de Michael Almereyda (descontando la apuesta a un Hamlet atípico por donde se lo mire) ha sido respetar en lo posible el texto de Shakespeare y dedicarse a lo que él sabe: las imágenes. Para cada escenario y lugar de la obra clásica en Dinamarca ha encontrado un rotundo y poderosísimo equivalente contemporáneo en Nueva York. Así, la plaza donde Hamlet se encuentra con sus amigos es una disco en la contemporaneidad del film de Almeryda; el arma que el príncipe lleva siempre consigo (la espada) es una cámara digital. Y hay más. El castillo que habita Hamlet es un rascacielos, el reino que le han arrebatado a su padre es una corporación multimedia -¿existe algo más definitorio de nuestra época que esto?- mientras que otros escenarios son una lavandería automática, un restaurante y la habitación de un hotel. También, al andar de un lugar a otro, Hamlet pasa frente a las rimbombantes vidrieras de un hipermercado, otro signo de nuestro tiempo, si los hay.
Pero a la vez, la pasión, el engaño y la ambición de poder, en la apuesta de Almereyda son las mismas que vislumbró el clásico. Un memorable momento del filme es, sin duda, el paradigmático monólogo donde Hamlet se cuestiona sobre las razones de la vida –el famoso “to be or not to be”- entre las góndolas de un Blockbuster.
La música tiene en el film un papel preponderante y acorde con la excentricidad general. Se mezclan ritmos electrónicos y música clásica. Algunos fragmentos de obras de Chaikovski, Liszt y Brahms (Sinfonía nº 1) forman parte de la banda sonora del film pero también hay un tema de Nick Cave.
Esta
combinación de imágenes contemporáneas y texto clásico es toda una originalidad
del director de “Nadja” y hay que reconocer que se arriesgaba al ridículo, pero
sale airoso. Su adaptación es buena y hasta
muy buena porque, a pesar de los cambios, no deforma ni trivializa el espíritu
del clásico de Shakespeare. Como prueba de ello, observad y escuchad atentamente el vídeo, aunque no corresponda a un pasaje con música.
El texto del “Ave Verum Corpus” es una poesía del siglo XIV dedicada a Cristo eucarístico. Se le atribuye al Papa Inocencio VI (d 1362). Se recitaba durante la elevación de la Hostia durante la consagración. También se usaba con frecuencia durante la "Benediction" del Sagrado Sacramento.
Muchos compositores le han puesto música. Las obras más famosas al respecto son las de Wolfgang Amadeus Mozart y Charles Gounod.
El motete “Ave Verum Corpus” K 618 de Mozart es una composición para coro y orquesta. La obra fue acabada por el genio de Salzburgo el 18 de junio 1791 (el año de su muerte). Está dedicada a Anton Stoll, director del coro de la parroquia de Baden, una estación termal donde Konstanze, la esposa de Mozart, pasaba largas temporadas reponiéndose de su penoso estado de salud.
Es una obra muy popular, de las típicas de cualquier repertorio coral, quizás por ello un poco menospreciada. Sin embargo, es de una sencillez y una belleza exquisitas.
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Latín |
Salve, verdadero cuerpo, nacido de María Virgen, que fue inmolado en la cruz por los hombres, cuyo lado perforado manó sangre y agua, déjanos degustarte en el trance de la muerte. |
K.Penderecki: Capricho para oboe y orquesta
Mariusz Pedzialek, oboe
REPERTORIO DEL OBOE
Barroco
Tras la aparición del instrumento en la corte de Luis XIV, en la segunda mitad del siglo XVII se empezó a especificar la música para el oboe en obras como la ópera “Pomone”. También aparece en Purcell, que le asigna un papel una parte obbligato florida en el aria “Bid the Virtues”.
En el siglo XVIII se incrementa su empleo. Aparece en dramáticos pasajes a solo de la música coral o vocal, pero también interviene en la música orquestal e instrumental. Por esta época era frecuente su utilización como solista con continuo (sustituyendo a flauta o violín), y en las sonatas en trío, concerti grossi, conciertos para solista y otras obras de música de cámara.
En el periodo clásico los vientos comenzaron a integrarse en la orquesta. La formación más común de los primeros compositores clásicos añadía dos trompas y dos oboes a la cuerda, aunque también se compusieron obras para oboe solo y cuerda.
Algunos compositores como Philidor y Holterre lo usaban con mucha frecuencia en sus obras. Otros como Couperin lo ofrecían en muchas ocasiones como alternativa al violín. Sin embargo fue Albinoni quien le dio uno de los primeros grandes impulsos con sus 24 conciertos para oboe y orquesta Op.7 y 9, junto con las sonatas de Vivaldi y conciertos de cámara.
Bach también se sirvió de él en dos de los Conciertos de Brandemburgo, bien dialogando con el violín, o reforzando a la trompeta, pero es más relevante su papel en las cantatas y otras obras corales, junto con el oboe da caccia y el oboe d’amore. A esto se le unen varias sonatas en trío, conciertos y suites. Telemann también contribuyó con sus sonatas para oboe, así como Loeillet y otros.
Clasicismo
Se reforzó el empleo del oboe en la orquesta, en detrimento de las sonatas, por ejemplo en las sinfonías de Mozart y Haydn, donde el oboe asume el papel principal de la sección de viento junto con la flauta. Mozart también lo prefería para sus óperas y conciertos para piano, comprendiendo perfectamente sus posibilidades y virtuosismo, lo cual demostró también es su único Concierto para oboe y orquesta en Do Mayor , en su Cuarteto en Fa para oboe y cuerdas y en sus Serenades para octeto de viento.
Carl Stamiz también le dió especial relevancia en sus conciertos o sinfonías concertantes, así como el grupo de conciertos del propio oboísta August Lebrun o los trabajos de Krommer.
Sin embargo, el papel compartido en importancia que clarinete y oboe desempeñaba hacia mediados de siglo, decae en el primero durante las últimas décadas, por lo que el uso del oboe se eclipsó un tanto en el periodo romántico.
Siglo XIX
El empleo del oboe se amplía sobre todo en el ámbito orquestal, en las sinfonías de Beethoven, Brahms, Schubert, Bruckner, Mahler, o en las óperas de Weber, Berlioz, Verdi y Wagner.
Quizá el auge del piano y del violín hicieron que el uso del oboe como solista disminuyera, exceptuando algunos trabajos de compositores como Bellini, Donizetti, Hummel, d’Indy y Krommer.
En música de cámara no obstante tienen gran relevancia los quintetos de viento de Danzi y de Reicha, y en dúos con piano están los de Saint-Saëns, Franck, Reger, Sphor, destacando la Tres Romanzas de Schumann.
Siglo XX
Este siglo se caracteriza por tener una gran variedad de estilos y mejoras técnicas, así como novedades (microtonos, sonoridades múltiples, etc.). El oboe ha sido impulsado de un lado por el auge de la música de cámara y de otro, gracias a la gran labor desempeñada por los oboístas Leon Goosens y Heinz Holliger.
Este desarrollo se ve claramente es los conciertos escritos para oboe por R. Strauss, V. Williams, Arnold , Holst, Honegger o Ibert, por ejemplo.
Trabajos más modernos son los de Zimmermann, Maderna, el propio Holliger, o Ligeti, que emplea microtonos y variedad de texturas, en sustitución del antiguo virtuosismo. Esta misma variedad de texturas se puede apreciar en el Capricho para oboe y cuerdas de Penderecki, o la Secuencia VII de Berio. A esta variedad de texturas se le une también la complejidad polirrítmica y las igualmente variadas agrupaciones camerísticas.
Para grupos de instrumentos de viento, Stravinsky escribió las Sinfonías de Instrumentos de Viento y R. Strauss, Serenade Op.7, la Suite Op.4, y varias sonatinas, además de los numerosos trabajos para banda de igualmente numerosos compositores. A los quintetos de Danzi y Reicha les suceden ahora los de Nielsen y Schoenberg, optando el estilo francés por un timbre más penetrante del oboe. También destaca el Sexteto de Poulenc y otros quintetos en los que incluso a veces el corno inglés sustituye a la trompa.
También reaparecen las obras para oboe y cuarteto o trío de cuerdas como las de Bax y Bliss o el Cuarteto Fantasía de Britten, compositor que es especialmente destacable por su obra para oboe solo Seis metamorfosis de Ovidio. A todo ello se le unen las sonatas para oboe y piano como la de Hindemith, Poulenc, Krenek, Malpiero, Piston, o Berkeley y otras obras de inusual composición como por ejemplo los tríos para oboe, viola y arpa de Holliger.
La acción de “La Gioconda” se desarrolla en el siglo XVII, en Venecia en tiempo de Carnaval.
Acto primero - “La boca del León”
Plaza frente a palacio Ducal de Venecia.
Una multitud canta y baila contemplada ocultamente desde un rincón de la plaza por el cantante y espía Barnabá, siempre al acecho de que alguien cometa alguna falta para informar a sus superiores de la Inquisición.
Barnabá ama a la cantante callejera conocida como la Gioconda, quien aparece acompañando a su vieja madre ciega. Barnabá aprovecha la ocasión para declararle la fuerte pasión que siente por ella, pero la muchacha no le corresponde y se aleja, buscando a quien ella ama, el rico genovés Enzo Grimaldo, quien por motivos políticos está desterrado.
Llega a la plaza un gondolero que acaba de ser vencido en una carrera de regatas. El pérfido espía, para vengarse de la actitud de la Gioconda, le dice que la vieja ciega le ha echado una brujería a su embarcación y que el maléfico hechizo le ha impedido vencer en la competencia. El gondolero, dominado por la cólera, convence a todos, quienes intentan maltratar a la pobre anciana justo cuando aparece Enzo, que se lo impide.
Aparece también Alvise Badoero, Jefe de la Inquisición, y su esposa Laura, quien sostiene una secreta relación amorosa con Enzo. Laura advierte que la vieja lleva consigo un rosario, dándole esto suficiente motivo para pensar que ella no puede ser bruja ni hechicera.
Así, suplica a su marido que proteja a la pobre mujer, la cual, conmovida por esta generosa actitud, hace entrega a la dama de su rosario, en prueba de gratitud.
En tanto, Barnabá ha observado las miradas apasionadas que Laura y Enzo se dirigían y para deshacerse de este rival en el amor de la Gioconda, trama una intriga.
Llevándose aparte a Enzo, le dice que Laura le visitará esa noche en la embarcación que tiene en el muelle, a cuya noticia el genovés se apresura para preparar un digno recibimiento a la amante.
El malvado espía informa después de lo mismo a su jefe Alvise, dándole cuenta de la hora y el lugar donde podrá comprobar la infidelidad de su esposa. Es el momento del aria “O monumento”
La Gioconda, que oye esta declaración, se ve asaltada por los celos al saber que Enzo ama a otra.
El acto termina con la algarabía de los de venecianos que bailan en medio de la plaza celebrando el Carnaval, mienstras que la Gioconda y su madre se lamentan de su atormentada vida.
Acto segundo - “El rosario”
Puente del navío de Enzo Grimaldo, amarrado en un puerto de Venecia.
El espía Barnabá, disfrazado de pescador, canta en compañía de unos marineros. Después de ordenar a uno de ellos a prevenir en su nombre a las galeras de la policía del Dux, se esconde.
Aparece Enzo a su barco y es saludado con aclamaciones por toda la tripulación. Luego a solas canta la famosa aria “Cielo e mar”.
Luego llega Laura y Enzo la lleva a bordo señalándole que zarparán cuando llegue la madrugada. Su alegría es turbada por la llegada de la celosa Gioconda. Extrayendo un puñal que llevaba escondido se dispone a matar a Laura, pero cuando percibe el rosario de su madre que aquella lleva en el pecho, recuerda el generoso comportamiento con la pobre ciega. La Gioconda desecha entonces su propósito criminal y se le ofrece como amiga.
En aquel momento aborda el buque un policía conduciendo al marido de Laura. La Gioconda, para salvarla de ser sorprendida, la ayuda a escapar. Seguidamente informa a Enzo que los agentes del Dux vienen a prenderle, habiendo sido denunciado por el espía Barnabá. Enzo, prefiriendo perder su buque antes que entregarlo a los inquisidores. le prende fuego con su propia mano, poniéndose a salvo después.
Acto tercero - “La casa de oro”
Salón en el palacio de Alvise Badoero.
Este inflexible juez, aunque no ha podido comprobar plenamente la infidelidad de su esposa Laura se deja llevar por las acusaciones de Barnabá, y decide dar pronta muerte a su esposa, para expiar sus culpas. Así, le ordena a Laura que beba un veneno y se libre ella misma de una vida que no ha sabido sobrellevar con dignidad.
La sumisa esposa promete obedecerle, pero aparece la Gioconda y sustituye el veneno de la copa por un fuerte narcótico que sólo la hará dormir. Laura lo bebe y cae sumida en un profundo letargo.
Alvise, creyendo que ha muerto, abre las puertas del salón a
sus invitados, a los que ofrece una gran fiesta (este es el momento de la
famosa “Danza de las Horas&rdquo
.
El implacable Barnabá dice a Enzo, que es uno de los convidados, que su amada ha muerto. En su desconsuelo éste trata de desenmascarar al anfitrión acusándolo de celebrar un baile en su casa, donde hay un muerto de cuerpo presente.
Al escándalo que produce esta grave denuncia acuden los guardias, que arrestan a Alvise, el cual, antes de abandonar el salón, descorre una cortina y muestra el inanimado cuerpo de Laura, a quien dice que él mismo le dio muerte.
Todos los invitados quedan petrificados de horror. Enzo trata de vengar su amada supuestamente difunta asesinando al cruel marido, pero varios invitados lo detienen y mientras los guardias se llevan a Alvise, Enzo queda preso bajo la custodia de Barnabá.
La Gioconda ofrece a Barnabá acceder a su amor si pone en libertad a Enzo, trato que acepta el apasionado y lujurioso espía con la esperanza de poder poseer al fin a la mujer que tanto ambiciona.
Acto cuarto - “El canal Orfano”
Ayudada por unos amigos, la abnegada Gioconda ha conducido el cuerpo aletargado de Laura hasta un lugar apartado en una isla cercana a Venecia.
La Gioconda se siente abandonada y perdida. Ella medita en la posibilidad de quitarse la vida, pero aleja esa decisión, porque se siente en la obligación de salvar a Laura y a Enzo
Aparece Enzo se entera que Laura está viva y al resguardo de la Gioconda. Laura despierta y Los dos amantes se abrazan tiernamente, jurando no separarse jamás.
La desdichada Gioconda contempla este idilio con tristeza, pues piensa que está condenada a una eterna soledad.
Después de ayudar generosamente a los dos amantes a ponerse a salvo y de despedirse, la Gioconda decide morir.
Cuando se dispone a beber un veneno, aparece el espía Barnabá que viene a reclamar la promesa que ella le hizo.
Ella finge estar dispuesta a cumplir la palabra empeñada, ya que él cumplió con la suya, pero aprovechando una distracción del espía, saca un puñal y se lo entierra en el pecho.
El cruel Barnabá, viéndola moribunda, aún tiene tiempo de amargar sus últimos instantes de vida, diciéndole pérfidamente que antes de venir a buscarla, había dado muerte a su vieja madre ciega.
The most beautiful sound I ever heard
All the beautiful sounds of the world in a single word
Maria
I just met a girl named Maria
And suddenly that name
Will never be the same
To me
Maria
I just kissed a girl named Maria
And suddenly I found
How wonderful a sound
Can be
Maria
Say it loud and there's music playing
Say it soft and it's almost like praying
Maria
I'll never stop saying
Maria
Maria, Maria...
Maria
Say it loud and there's music playing
Say it soft and it's almost like praying
Maria
I'll never stop saying
Maria
The most beautiful sound I ever heard
Maria
Un hombre, una obra. Los hechos demuestran que la música de Leonard Bernstein ha permanecido abandonada a la popularidad de West Side Story y, en todo caso, subordinada a su impecable trayectoria como director de orquesta.
El ejemplo de Leonard Bernstein podría añadirse al de Joaquín Rodrigo (El concierto de Aranjuez), Mascagni (Cavalleria Rusticana), Leoncavallo (Payasos), Holst (Los planetas) y Carl Orff (Carmina Burana) para abundar en la identificación de «un hombre y una obra», incluso sería sencillo resumir su legado musical desde la perspectiva que otorga a los compositores norteamericanos el inevitable sello del eclecticismo. Pero Leonard Bernstein era un músico total, y establecer fronteras entre sus campos de creación -director, pianista, pedagogo...- parece un modo injusto de reconocer su influencia en la vida musical del siglo XX.
«La verdad -reconocía Leonard Bernstein- es que soy un músico que practica varias funciones musicales muy relacionadas entre sí, desde la composición hasta la enseñanza, y, entre ellas, la conocida en el mundo comercial de las grabaciones como dirección. Yo sé cuándo he conseguido realmente un buen planteamiento de una obra: es cuando tengo el sentimiento de que estoy componiendo esa obra en el escenario durante la actuación, sea mía o no lo sea. Si al final pienso: "¡Qué obra tan bonita compuse!", entonces puedo tener la certeza de que he logrado un documento verdadero y bueno».
¿Qué ha aportado la música de Leonard Bernstein? En opinión de muchos compositores y especialistas, «Lenny» es un autor más intuitivo que original cuya trayectoria no sobrepasa el talento de Gershwin ni la personalidad de Aaron Copland. Incluso podría hablarse de cierta ambigüedad en su lenguaje, por cuanto el espíritu de Broadway tiene un difícil espacio en el ámbito de la vanguardia. No hay que olvidar que West Side Story fue escrita en 1958, o sea, cuando Berio estrenó el Homenaje a Joyce, John Cage terminó su Concierto para piano y Xenaxis dio a conocer Diamorphoses.
Efectivamente, Leonard Bernstein es un compositor que navega en la tonalidad y que procura ordenar sus fuentes musicales en razón de un criterio vitalista, coherente y no excesivamente personal. El jazz, el folclore, la música popular, las baladas, Broadway, el premeditado guiño a Stravinsky y Shostakovich así como la deuda sentimental con Ernest Bloch, procuran una obra ecléctica y singular que prácticamente no ha penetrado en el repertorio de las grandes orquestas. Más aún, sorprende el hecho de que apenas puedan reconocerse partituras de peso en su catálogo musical desde la fecha en que se estrenó la Sinfonía Kaddish (1963).
Podría afirmarse que Leonard Bernstein es un autor de escasa reputación entre los compositores de vanguardia, y no sólo porque se le considere un mero epígono de Gershwin y Copland, sino por cuanto su música les parece poco menos que anacrónica. ¿Ejemplos? Luis de Pablo no duda en afirmar que «Leonard Bernstein no me interesa lo más mínimo, porque considero que su obra no aporta nada y porque, puestos a elegir, me merece mucho más crédito Agua, azucarillos y aguardiente que la celebérrima West Side Story. Me quedo con Chueca antes que con Bernstein. Es mejor compositor».
«Debo decir abiertamente -añade Cristóbal Halffter- que la estética de Bernstein como compositor no me atrae nada y que su música es una faceta de poco interés dentro de su gran personalidad. Lo que no puede negarse es que es un músico total y que poseía un talento y una personalidad excepcionales».
Es posible que Leonard Bernstein no sea un compositor crucial en la historia y que su contribución a la estética del siglo XX no trascienda la desigual influencia norteamericana, pero su compromiso con la vanguardia desde la tarima parece fuera de dudas: Reveló la Segunda sinfonía de Charles Ives, estrenó en 1949 la mítica Sinfonía Turangalîla de Olvier Messiaen, divulgó extraordinariamente el repertorio de Poulenc, Barber, William Schuman y siempre se ha considerado un hombre de su tiempo:
«La música me ha dado la vida y yo le he dado mi vida a la música. Es una deuda que me comprometía a tocar, a dirigir, a enseñar y a componer. Es una deuda que, después de tantos años, creo haber saldado. Puedo descansar tranquilo, porque me he entregado a la música y porque he sido un hombre de mi tiempo. ¿Mejor pianista? ¿Mejor director? ¿Mejor compositor? ¿Mejor pedagogo?. No soy partidario de las fronteras».
Compañía del Ballet Bolshoi Ballet
Orquesta Académica Estatal del Teatro Bolshoi
Andrey Chistiakov, director
Stravinsky escribió esta obra entre 1909 y 1910. En este período, conocido como etapa rusa, Stravinsky escribió además "El Pájaro de fuego" y "La consagración de la primavera", caracterizándose por ser ésta una etapa explosiva, revolucionaria, repleta de hallazgos rítmicos, que obtiene su fuerza de la leyenda y las tierras rusas.
El argumento de "Petrushka" comienza con ocasión
de la semana del carnaval ruso, donde un viejo titiritero presenta
sus tres muñecos animados, que son marionetas capaces
de experimentar pasiones humanas. Petrushka --uno de sus muñecos-
se enamora de la bailarina, pero en su intento por conquistarla,
sólo consigue asustarla con sus extravagancias. Ella prefiere
al Moro, otro de los muñecos que logra ahuyentar a Petrushka.
De ahí la rivalidad de los dos hombres que siguen en la
sombra. Petrushka muere en la nieve, rodeado por la multitud
y la policía. Y mientras el viejo titiritero asegura a
todo el mundo que no se trata más que de muñecos
parlantes, advierte horrorizado que el espectro de Petrushka
amenaza desde el tejado de su pequeño teatro.
Escena 1
Verbena en la semana de carnaval. La multitud.
Nos enseñan los tres muñecos. Danza rusa. Una culminación. Percutividad del piano.
Escena 2
Cuchitril de Petrushka. Tormento del muñeco. Presencia de la bailarina. Cólera de Petrushka.
Escena 3
En el cuchitril
del moro. El moro, rival de Petrushka. Danza de la bailarina
(trompeta). Vals de la bailarina y el moro. La trompeta auncia al
furioso Petrushka. El moro lo arroja afuera.
Escena 4
La multitud, la
feria. Danza de las niñeras. Danza de los campesinos y el oso. Danza de
los gitanos. Danza de los cocheros. Pelea de Petrushka y el moro.
Irrumpen ambos rivales. Pelea. Petrushka cae. Muerte de Petrushka. El
policía y el charlatán. Este se justifica y enseña los papeles: no son
más que muñecos. Aparición del fantasma de Petrushka. El espíritu del
muñeco se burla del charlatán, que queda espantado. Poco a poco la
fiesta se diluye. A los lejos todos se marchan. Fin de la Feria.
La clarinetista alemana Sabine Meyer ha grabado un interesante disco para el sello discográfico EMI, junto con el joven músico inglés Julian Bliss, que estudia actualmente con Meyer. Esta grabación es un gran paso en la carrera del joven clarinetista.
El disco ha aparecido en el mercado recientemente. En el se ofrecen los conciertos de Krommer y Spohr, y permite apreciar de manera individual y colectiva a estas dos figuras del clarinete internacional.
1-3 Spohr: Concierto para Clarinete nº 2 en Do Menor (Julian Bliss)
4-6 Spohr: Concierto para Clarinete nº 4 en Mi menor (Sabine Meyer)
7-9 Krommer: Concierto para dos Clarinetes en Mi bemol (Julian Bliss y Sabine Meyer)
El vídeo adjunto es el de la promoción de este disco
compacto. En él se puede escuchar la opinión de ambos solistas y disfrutar de
algunos fragmentos de la grabación.
"La Gioconda" es un drama en cuatro actos elaborado sobre un truculento libreto de Tobia Gorrio (anagrama de Arrigo Boito), inspirado a su vez en el drama de Angelo, tyran de Padoue de Victor Hugo, La Gioconda constituye el ejemplo perfecto de gran melodrama italiano, con sus fuertes tintes pasionales y un melodismo de la mejor ley. Estrenada en La Scala de Milán el 8 de abril de 1876 por el tenor navarro Julián Gayarre, que convirtió en un éxito inmediato el aria de Enzo Grimaldo “Cielo e mar”, constituye la única ópera de Ponchielli que ha permanecido en el repertorio, y sigue ejerciendo una enorme atracción sobre el público, gracias a números tan populares como el “Suicidio” de la protagonista o la “Danza de las horas”, que ha dado lugar al lucimiento de las más grandes estrellas del ballet. La Gioconda ha sido una de las óperas más representadas en la historia del antiguo Teatro Real (139 veces), aunque, sorprendentemente, no se representa en la capital desde 1970.
En esta coproducción del Teatro Real con la Arena de Verona y el Gran Teatre del Liceu, Pier Luigi Pizzi ha huido de cualquier tópico e ideado una elegante Venecia en la que predominan los tonos rojos y grises, que servirá de presentación en el foso madrileño a uno de los directores de ópera italiana más solicitados del momento, Evelino Pidò. Después de su clamoroso triunfo como Santuzza en Cavalleria rusticana, la soprano lituana Violeta Urmana vuelve a nuestro coliseo para encarnar otro de los personajes más exigentes del repertorio como es el de la cantante callejera que da título a la obra, en el que ha sido recientemente aplaudida en el Metropolitan de Nueva York. Estará rodeada por otras dos voces femeninas de prestigio, como Luciana D’Intino (que regresa como Laura tras su recordada Amneris en Aida) y Elena Zaremba (que fue Fricka en Das Rheingold), así como por el reconocido tenor estadounidense Carl Tanner como Enzo Grimaldi y el barítono georgiano Lado Ataneli como el siniestro Barnaba, debutante este último en el Teatro Real. Además, dos grandes estrellas del ballet, Ángel Corella y Letizia Giuliani, bailarán juntos la Danza de las horas, una de las páginas más populares de esta ópera.

Ángel Corella en el Teatro Real
"La Gioconda" de Ponchielli. V.Urmana, F.Armiliato,
L.Ataneli, E.Fiorillo, O.Anastassov, E. Zaremba, A.Corella, L.Giuliani,
etc. Delfini Group, escenografía. Fondazione Arena di Verona,
vestuario. G.Iancu, coreógrafo. P.L.Pizzi, director de escena. E.Pidò,
director musical. Coproducción entre el teatro del liceo, Arena de
Verona y Teatro Real. Madrid, 16 de febrero.
La mayoría del público comentaba que nunca había visto “La Gioconda” de
Ponchielli, incluso así lo reconocían los directores de teatros como
Ginebra o Chatêlet. Y es que no podía ser de otra forma, aunque resulte
sorprendente que el que fuera uno de los títulos más frecuentes en el
repertorio haya pasado a ser una “rara avis”. En Madrid no se
representaba desde que se programó en el Teatro de la Zarzuela con un
impresionante reparto: Gulín, Domingo –que debutaba en Madrid, Glossop,
Raimondi y Cleva. Tuve la suerte de estar allí, como también en las del
Liceo de 1971 con Gulín, Bergonzi y Colzani, de 1974 con Bumbry, Labó y
Colzani y 2005 con Voight, Margison y Guelfi y la misma producción de
Pizzi que ahora presenta el Real. Cayó en desuso por la dificultad de
encontrar repartos y por la invasión del barroco, pero en los últimos
tres años se ha ofrecido en bastantes teatros. Así en el Metropolitan,
donde asistí al debú de Urmana en el papel principal. Y resulta que el
público del Real quedó feliz, tanto como para permanecer en sus
asientos aplaudiendo y vitoreando -¡qué barbaridad que la labor de la
pareja de bailarines, por muy bien que trabajen, se sobrevalore siempre
de tal forma!- a pesar de haber pasado la media noche. Había motivos:
por fin les llegaba una ópera “apta para todos los públicos” y además,
ofrecida con una calidad global difícilmente superable en nuestros días.
Evelino Pidò obtuvo calificación de sobresaliente en aquello en lo que
Callegari suspendió rotundamente en el Liceo: lograr que la obra sonase
en estilo y que la orquesta dejase cantar libremente a los cantantes,
sin jamás apagarlos, y sin perder por ello su parte de protagonismo. La
labor del coro no es fácil y se resolvió muy aceptablemente, aunque se
hubiera agradecido un poco menos de volumen en el primer acto. Obras
como “La Gioconda” son poco susceptibles a “herejías” escénicas. Hay
que conservar su escenario tradicional veneciano y, al mismo tiempo,
dotarlas de un aire moderno. Lo logra plenamente Pier Luigi Pizzi en
esta coproducción entre Barcelona, Verona y Madrid. Refinada, elegante,
sin apenas más elementos que los puentes, góndolas y canales venecianos
vistos desde un prisma casi de “diseño” se completa con un vestuario en
el que contrasta el rojo con toda la gama de grises. Visualmente de
gran belleza. Más dudoso es el trabajo actoral, sin brillo especial y
con algunos deslices y fallos. ¿Cómo puede cantar el tenor que Laura
yace envuelta en velos blancos y aparecer toda en negro? ¿Cómo puede
molestar tanto ese armatoste –primero cajón de las denuncias y luego
tálamo- que permanece casi siempre e inútilmente en medio de la escena?
¿Nadie se percata que el despertar de Laura provoca inoportunas risas?
El dúo final, con Gioconda y Barnaba a distancia y sin mirarse, resulta
muy poco teatral, máxime al cerrar la representación. Ya sabemos que
los registas no siempre son estetas y dramaturgos simultáneamente.
El Real ha conseguido para esta obra lo que no se si calificar de uno
de los mejores repartos o simplemente el mejor de los hoy disponibles.
Violeta Urmana quizá no aporte toda la sensualidad de Gioconda, pero
las notas y el estilo están, compone un espléndido segundo acto
–Elisabetta Fiorillo lo borda también en el papel de Laura- y supera
con holgura el último acto, en el que Ponchielli se volvió algo loco y
escribió para la protagonista notas de contralto en el gran aria y
luego coloraturas en el final. Se puede echar de menos la poesía de un
Domingo o la perfecta cuadratura de un Bergonzi en “Cielo y mar”, pero
Fabio Armiliato es de los poquísimos tenores que hoy pueden cantar el
Enzo. Se muestra seguro, sin problemas en registro alguno, corre muy
bien la voz, el timbre es grato y el fraseo convincente. A gran nivel
también Elena Zaremba como la Ciega, Orlin Anastassov como Alvise y
Lado Ataneli como Barnaba. Un bello y elegante espectáculo para una
gran ópera de “las de antes” muy grata para todos los públicos, servida
vocalmente de forma inmejorable y musicalmente en estilo. No se puede
pedir más.
Gonzalo Alonso
Anna Netrebko y Rolando Villazón en el dúo de "Iolantha"
Ciclo de Ibermúsica
“Iolantha”, ópera para “destensionar”
Obras de Rachmaninov y Chaikovski. D.Matsuev, piano. T. Pavlovskaya,
A.Durseneva, N.Kornev, G.Bezzubenkov, A. Gergalov, A.Amonov,
V.Sulimsky, S.Skorokhodov, V.Lukhanin. Coro de Cámara de San
Petersburgo y Orquesta Filarmónica de San Petersburgo. Y. Temirkanov,
director. Auditorio Nacional. Madrid, 13 y 14 de febrero
La Filarmónica de San Petersburgo es agrupación muy querida en España
desde su presentación con Ibermúsica en 1971. Temirkanov se unió a ella
en Madrid en 1989 y, desde entonces, las visitas de ambos han sido
constantes. En esta ocasión su gira incluyó dos programas. El primero
con el “Concierto para piano n.3” de Rachmaninov y una selección de “El
lago de los cisnes” de Chaikovski plagada de danzas. Era uno de esos
conciertos a los que el público acude “para disfrutar”, para pasárselo
bien sin quebraderos de cabeza. Lo que los asistentes no podían
imaginar es que iban a escuchar el pianista que probablemente ha
logrado tocar con más poder, más fuerte, de cuantos habían escuchado en
su vida. El joven ruso Denis Matsuev debió de dejar el Stenway no ya
listo para una nueva afinación, sino para una reparación. Este
pianista, un virtuoso que convierte el piano en una orquesta, tiene
también una técnica sobresaliente, aunque ésta no impida que los
sonidos se emborronen en ocasiones. Un Rachmaninov para recordar y un
arreglo propina de “Peer Gynt” absolutamente apabullante. Los
fragmentos del ballet de Chaikovski sonaron intensos, como cabía
esperar de tal director y orquesta.
El segundo programa nos trajo “Iolantha”, la última y una de las más
desconocidas óperas del mismo compositor. Su reducida acción escénica y
su compacta duración de unos noventa minutos la hacen adecuada para una
versión en concierto. Música bien perfilada y muy acorde con los
inspirados versos del texto de una preciosa historia en la que, al
contrario de lo habitual, no hay ningún malo. Es un libreto de los que
“destensionan”, relajan y emocionan por su candor. Fue una lástima que
el reparto mostrase ostensibles limitaciones en los registros más
agudos, que el tenor protagonista no acabase de encontrar la forma de
salir de apuros de su difícil parte y que la soprano se destemplase en
los fortes. Todo ello quedó compensado en gran parte por la lectura
vibrante de Temirkanov y el denso –nada menos que diez contrabajos-,
pero siempre claro sonido de los de San Petersburgo. Una visita de las
que hacen disfrutar al público abonado.
Gonzalo ALONSO
Diario LA RAZÓN
Grigori Sokolov interpretando la Mazurca Op. 63/3
Gonzalo Alonso
Diario LA RAZÓN
Ciclo de grandes intérpretes
Obras
de Mozart y Chopin. Grigori Sokolov, piano. Auditorio Nacional. Madrid,
11 de febrero.
Grigori Sokolov
nos volvió a deslumbrar a todos los asistentes con su personalidad
avasalladora y su técnica apabullante. Nadie puede dudar que estamos
ante un monstruo del teclado, pero hay que admitir que algunos de sus
conceptos pueden no ser compartidos.
Los dos primeros tiempos de la primera sonata de Mozart
interpretada, la en fa menor K.289, revistieron un gran interés por su
riqueza tímbrica, claridad y modernidad.
Las molestias del público
Algo debió de suceder después. El solista ruso, quizá molesto por
las toses del público, no dio concesión al descanso, y así el último
tiempo de la citada sonata se unió a los tres de la en fa mayor
K.332. El resultado fue que aquello que empezó brillante se transformó
en un Mozart despersonalizado y ausente.
Es cierto que en Madrid hay una contaminación que quizá afecta al
50% de sus habitantes, reflejándose en afonías y picores de garganta,
pero no es menos cierto que existen pañuelos, bufandas y otros
accesorios con los que apagar las toses y no entorpercer el desarrollo
de un concierto como éste.
Los «24 Preludios» de Chopin son una perla del teclado, con su
amplísima diversidad y su juego entre las tonalidades mayores de los
números impares, si se quiere de concepto emocional liviano, y las
menores de los números pares, bastante más dramáticos.
Dramáticos sí, pero no tanto como para que algunos, como los n.16
y 18, sonasen a un Beethoven último o incluso a un Scriabin. Eso sí,
todo ello sin el menor fallo, sin el más mínimo roce. Un genio, con sus
luces y sus sombras, tocando en penumbra y provocando en el público
hasta vítores cuando se encendieron las luces.
Por una feliz disposición del destino, Suso Mariátegui decidió estudiar canto e interpretación en la famosa “Hochschule für Musik und Darstellende Kunst” de Viena. Por fortuna además, fue el único tenor español que tuvo la suerte de trabajar durante tres años duros e intensos la literatura liderística de los compositores austríacos y alemanes con el gran cantante Anton Dermota, figura hoy legendaria entre los grandes cantantes del siglo XX.
Suso Mariategui nació en Las Palmas de Gran Canaria y, una vez terminados sus estudios de Derecho y Música, decidió realizar su definitiva vocación de cantante, que había iniciado como actor en el Teatro Español Universitario.
Debutó en 1971 con “la Flauta Mágica” de Mozart en el Landestheater de Salzburgo y con el “Don Pasquale” de Donizetti en el Schönbrunn Schlosstheater de Viena. En 1973 debutó en el Festival de Wexford con “l´ajo nell´imbarazzo” de Donizetti. En 1976 debutó como Evangelista en la “Pasión según San Juan” de Bach en la Brucknerhaus de Linz. En el Festival de Ópera de Las Palmas canta en años sucesivos “Don Pasquale”, “Elisir d´amore”, “Don Giovanni”, “Otello (Casio)” etc.
Ha hecho incursiones con éxitos espléndidos en personajes como el Inocente (Boris Goudonov) o el Cisne (Carmina Burana), que ha cantado más de cien veces así como muchos personajes de las obras de Richard Strauss como Rosenkavalier, Ariadne auf Naxos, etc. Y en gran parte de la obra de Benjamin Britten. En el campo de la música contemporanea estrena “Kiu” de Luis de Pablo en 1983 en Madrid y en 1987 en Lisboa, donde su actuación fue calificada por la crítica madrileña y lisboeta de “impresionante”. Asi mismo estrena “Tamar” de Ulrich Küchl para el “Karintischer Sommer” (Austria) en 1990.
Suso Mariátegui alterna su carrera de Ópera con la de intérprete de Lied y Oratorio. Su repertorio de Lieder abarca desde el barroco hasta nuestros días, facilitado este por su espléndido conocimiento de lenguas extranjeras. Entre sus actuaciones, son de destacar las llevadas a cabo en la Sala Verdi de Milán, Opera de Teherán, Brucknerhaus de Linz, Festival de Viena, Festival de Wexford, Festival de Ópera de Madrid, Festival de Música de Canarias, Gran Teatro del Liceo de Barcelona, Teatro San Carlo de Lisboa, Teatro Nacional de Caracas, Auditorio Nacional de Madrid, Teatro de la Zarzuela de Madrid, Palau de la Música de Valencia o de Barcelona. Ha actuado con las orquestas más importantes de España y Europa Central, y bajo directores de gran prestigio tales como Riccardo Muti, Rafael Frühbeck, Gómez Martinez, Julius Rudel, Leonard Bernstein, Ros Marbá, etc.
Ha realizado grabaciones en disco para E.M.I. de Londres, Amadeo de Viena, RTVE Música, entre otras. Alternó su actividad musical con clases de interpretación que impartió desde 1994 hasta 1999 en la Escuela Superior de Música Reina Sofía de Madrid, junto a Alfredo Kraus. En 1998 se le convalidan sus estudios superiores de Viena otorgándole el Ministerio de Cultura de España el título superior de profesor de canto. En 2003 fue nombrado Hijo Predilecto de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria. Logra en 2005 un gran éxito de crítica y público con su recital "De Monteverdi a los Beatles o una Historia del Canto", que estrenó en el XXI Festival de Música de Canarias, proyecto que continúa por otras ciudades españolas y extranjeras.
Luciano Pavarotti, tenor
Ópera del Estado de Viena (1985)
"Tosca" es un drama en tres actos, con música compuesta por Giacomo Puccini (1858-1924) y libreto de Giuseppe Giacosa y Luigi Illica, basado en la obra teatral "La Tosca" de Victorien Sardou. Fue estrenada en Roma el 14 de enero de 1900. La acción también se desarrolla en Roma, a principios del siglo XIX
ACTO I.- Iglesia de Sant'Andrea della Valle, en Roma. Es un día de junio de 1800. La iglesia se halla desierta. Entra corriendo Angelotti, antiguo cónsul de la República Romana, quien ha logrado huir de la prisión del castillo de Sant'Angelo. Su hermana, la marquesa Attavanti, logró enviarle un mensaje según el cual hallará en esta iglesia, en la capilla privada que posee en ella la familia, un disfraz de mujer para salir de la ciudad. Angelotti busca nerviosamente la llave de la capilla a los pies de una imagen de la Virgen. La encuentra, abre la verja y se cierra por dentro. Poco después entra el sacristán, un hombrecillo nervioso y gruñón. Ha creído oír pasos y ha supuesto que era el pintor, quien, en un ángulo de la iglesia, está acabando un cuadro que representa a la Magdalena. Pero no hay nadie. Para cerciorarse, el sacristán examina el cesto de la comida del pintor, y ve con satisfacción que está intacto: con un poco de suerte, podrá pronto apropiarse de su contenido. En este momento se oye el toque del Angelus y el sacristán, de rodillas, inicia el rezo. Precisamente entonces llega el pintor, Mario Cavaradossi, quien destapa el cuadro que está pintando para proseguir su labor. El sacristán se sorprende al ver que la Magdalena del cuadro se parece a una dama rubia y devota que el otro día pasó un buen rato rezando en aquel lugar (y que no era otra que la marquesa Attavanti, quien había venido a dejar el disfraz y la llave para su hermano) y había sido pintada por Cavaradossi, atraído por su belleza. El pintor coge los pinceles y empieza a pintar, se detiene para contrastar lo que está haciendo con una miniatura de Tosca que lleva consigo, reflexionando sobre la curiosa armonía, ("Recóndita armonía"), entre los ojos azules y los cabellos rubios de la Attavanti, y la que existe entre el cabello oscuro y los ojos negros de Tosca, su amante, una consumada actriz y cantante, ídolo de Roma. Mientras tanto el sacristán gruñe ante el carácter mujeriego del pintor, quien es, además, a su juicio, un volteriano enemigo del gobierno papal.
Recondita armonia
di bellezze diverse!
È bruna Floria,
l’ardente amante mia,
e te, beltade ignota
cinta di chiome bionde!
Tu azzurc hai l’occhio
Tosca ha l’occhio nero!
L’arte nel suo mistero
le diverse bellezze
insiem confonde:
ma nel ritrar costei
il mio solo pensiero,
ah! il mio sol pensier sei tu!
Tosca sei tu!
Traducción
¡Recóndita armonía
en bellezas diversas!
Es morena Flora,
la ardiente amante mía.
Y tú, beldad ignota,
coronada por rubios cabellos...
¡Tú, con tus ojos azules
y, Tosca, de ojos negros!
El arte, en su misterio,
las diversas bellezas,
mezcla y confunde
mas, en el retrato de ella,
mi único pensamiento, eres tú,
¡Tosca: eres tú!
“Para Elisa” consta de tres partes principales:
La primera, romántica, tranquila y que puede ser considerada hasta triste por sus tonos menores, conforma la parte más importante de la obra; se repite posteriormente en varias ocasiones.
La segunda, que es un despertar repentino e inesperado de la primera, denota alegría en aumento, en una corta expresión que crece, para convertirse en un clímax de desbordante alegría, velocidad significativa y contrastante comparada con la primera parte. Termina en una aún más inesperada caída en tonos menores y tristes, volviendo así a la primera parte.
Después de la repetición de la primera parte se entra de forma inesperada en la tercera parte: con una base dramática, de tintes románticos, cierta monotonía y un final en pausa, subiendo hacia el agudo para luego caer hasta el inicio de la primera parte. Se convierte así en la parte más interesante de la obra.
A pesar de ser una obra de facilidad relativa, es tocada con frecuencia en los concursos de estudiantes jóvenes bajo el pretexto de tratarse de una obra que puede sumar ciertos méritos al intérprete.