Coreografía: Rudolf Nureyev - Ballet de la Ópera National de Paris - Monique Loudieres - Manuel Legris
Cuando se le planteó a Sergei Prokofiev la composición de un ballet
basado en la tragedia de Shakespeare, de los dos jóvenes amantes, el
músico vaciló. No estaba seguro de que se pudiera traducir el contenido
psicológico complejo del drama a un medio sin palabras. Finalmente
compuso "Romeo y Julieta" entre la primavera y el verano de 1935. El estreno
tuvo lugar en Brno, República Checa, en diciembre de 1938.
A Prokofiev le
preocupaba el hecho de que Romeo y Julieta ya había sido tema de óperas
compuestas por otros catorce compositores diferentes y había servido como base
para la obertura de Chaikovski y la sinfonía dramática de Berlioz.
Trabajó en un posible escenario con el director de escena Sergei
Radlov. Las notas de Prokofiev muestran que puso un inusual alto grado
de atención a los detalles del argumento y de la interacción entre la
acción en el escenario y la música.
Cuando los directores del
ballet recibieron la música la encontraron absolutamente distinta,
diferente de cualquier otra con la que hubieran tratado previamente. La
declararon imposible de bailar y cancelaron su contrato con Prokofiev.
Otra objeción que tuvieron fue con respecto a uno de los muchos cambios
que Prokofiev había hecho en la historia: había sustituido el final
conocido por un final feliz. Más tarde, el compositor explicó:
"En
el último acto, Romeo llega un minuto antes y encuentra a Julieta viva.
La razón para tomarme tan bárbara libertad con la obra de Shakespeare
fue puramente coreográfica: la gente viva puede bailar, pero no se
puede esperar que los moribundos dancen en la cama... Es interesante
notar que, mientras que en Londres se limitaron a manifestar
simplemente que Sergei Prokofiev estaba escribiendo un ballet de Romeo
y Julieta con un "final feliz", nuestros estudiosos de Shakespeare
resultaron ser más papistas que el Papa y bramaron en defensa del
maltratado Shakespeare. En realidad, yo me sentí afectado por otra
cosa: alguien había hecho la observación de que, en el final, mi música
no sonaba como felicidad verdadera, y eso era cierto. Por lo tanto,
después de discutir todo el problema con los coreógrafos, encontramos
un modo de terminar según la obra original y he vuelto a escribir la
música".
Una vez que la compañía Bolshoi rechazó el ballet,
Prokofiev arregló parte de la música como suites para conciertos, que
fueron presentados con éxito considerable en Moscú en 1936 y 1937. Pero
todavía nadie se animaba a emprender la puesta en escena de la danza.
En 1937 se canceló un estreno propuesto en Leningrado. Finalmente, el
ballet fue presentado en 1938, pero no en Rusia. Una compañía checa presentó la obra sin la participación de Prokofiev. Este
estreno fuera de Rusia de una obra importante, encargada por un teatro
ruso y compuesta por un compositor soviético destacado, fue una
vergüenza nacional. Los rusos se apresuraron a montar el ballet. Leonid
Lavrovsky, el nuevo coreógrafo del Teatro Kirov de Leningrado, empezó a
tratar con Prokofiev inmediatamente.
Lavrovsky hizo muchas
sugerencias de modificaciones, basadas en sus ideas respecto de la
puesta en escena. Prokofiev se resistió a toda idea nueva. "He escrito
la cantidad exacta de música que es necesaria. No voy a hacer nada más.
Está hecha. La pieza está lista. Si desea producirla... allí está. Si
no, entonces, no." Pero Lavrovsky pronto aprendió cómo lidiar con el
obcecado compositor.
Prokofiev no había escrito ninguna música
para danza en la primera escena, pero Lavrovsky quería danza, no
solamente música, para presentar la historia. Cuando Prokofiev se negó
rotundamente a escribir música adicional, el coreógrafo decidió
utilizar un movimiento de una de las sonatas para piano del compositor.
Prokofiev lo descubrió sólo cuando lo escuchó en el ensayo. Enojado, se
negó a orquestar la música. "Muy bien", replicó Lavrovsky, "¡Tendremos
que tocarla en el piano y eso no le va a gustar!" Prokofiev abandonó el
ensayo hecho una furia, pero finalmente se ablandó y orquestó la pieza.
El
compositor también tuvo problemas con los bailarines, que tenían muy
poca experiencia con música del siglo XX. La bailarina que debía hacer la parte de Julieta explicó:
"Simplemente no entendíamos su
música. Nos sentíamos pertubados por su extraña orquestación y las
modificaciones frecuentes del ritmo, que hacían difícil bailar. No
estábamos acostumbrados a esa música y le temíamos. Mientras
ensayábamos el andante del primer acto, por ejemplo, nos parecía que
era mejor entonarnos otras melodías para nosotros mismos, música más
melodiosa, y crear así nuestras danzas para nuestra propia música.
Pero, por supuesto, nadie se atrevía a decírselo directamente a
Prokofiev. Era demasiado severo, de aspecto demasiado altanero y todas
nuestras quejas eran transmitidas a través de Lavrovsky".
Las
tensiones continuaron sumándose durante los ensayos. El compositor,
cuyas experiencias anteriores con bailarines incluían el trabajo con la
compañía de danza más importante del mundo -los Ballets Russes de Serge
Diaghilev en París- no podía creer la ingenuidad artística de la
compañía del Kirov. A cierta altura, los bailarines no pudieron bailar
porque no podían oír la orquesta. Prokofiev había orquestado de modo
tenue cuando el drama parecía exigir semejante enfoque, pero los
bailarines estaban acostumbrados a reaccionar ante los acentos
fuertemente orquestados. El compositor se negaba a creer que no se
oyera la orquesta. Finalmente le convencieron de que escuchara desde el
fondo del escenario en vez de ubicado al frente del auditorio, y
entonces comprendió que los instrumentos realmente sonaban demasiado
bajo. Por fin aceptó cambiar parte de la orquestación.
A medida
que se aproximaba la fecha del estreno, los bailarines se sentían cada
vez menos cómodos con la música. Se pensó seriamente en la posibilidad
de cancelar el estreno, pero finalmente este se llevó a cabo, a tiempo,
el 10 de enero de 1940. Para sorpresa de los intérpretes, los músicos,
el coreógrafo y el compositor, la obra tuvo un éxito enorme.
Rápidamente quedó establecida como una pieza de importancia para el
arte soviético y como la primera sucesora digna de los ballets de
Chaikovski.
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