martes, 11 de marzo de 2008

Madrid, 29.02.2008. Iglesia de San Ginés. Soprano: Beatriz Ramos. Grupo Zarabanda: Álvaro Marías y Andreas Prittwitz (flautas), Joan Espina, Jorge Piedra y Antonio Cárdenas (violines), Cristina Pozas (viola), Miguel Jiménez (violoncello), Roberto Terrón (contrabajo), Sara Erro (clave y órgano positivo). Director: Álvaro Marías. Obras de Juan Sebastián Bach y Antonio Vivaldi. XVIII Festival de Arte Sacro de la Comunidad de Madrid. Aforo: 103%

Juan Krakenberger

Mundoclásico.com

La Consejería de Cultura y Turismo de la Comunidad de Madrid ha organizado, bajo el título ‘Arte Sacro’, un ambicioso programa de 26 conciertos, desde el 13 de Febrero hasta el 8 de Marzo, con 21 programas diferentes. Algunos se repiten dos y hasta tres veces. Este programa, con su título sugerente citado más arriba, se repitió en un pueblo de la comunidad, un día más tarde.

 

No todos los programas se encuadran estrictamente bajo el rubro ‘Arte Sacro’. Del concierto que comentaremos aquí solo una de las obras correspondía a esta categoría, a saber la cantata BWV 82 Ich habe genug, las demás obras eran conciertos instrumentales o una cantata profana, o sea, obras mundanas. Eso sí, música de primera categoría, que sonó muy bien en el marco barroco de la Iglesia de San Ginés. Esta iglesia, sita en pleno centro de Madrid, estaba abarrotada de público, con gente parada en los pasillos laterales y al fondo.

 

 Un espacio entre altar y el público estaba iluminado por dos focos -que cegaban a los asistentes sentados en las primeras filas- para dar luz a los músicos del conjunto Zarabanda, especializado en ejecución historicista. Las flautas de pico y una traversa eran de madera, del tipo barroco, como también el violín del solista, sin mentonera y sin ‘almohadilla’ (para no usar la palabra shoulder-rest, que hasta ahora no ha recibido una traducción adecuada al castellano). El violoncello no tenía pica. Los demás instrumentos tenían aspecto más convencional, pero sonaban dentro de lo historicistamente deseable.

 

La primera obra que escuchamos fue pues la única obra sacra, una cantata de Bach bastante conocida por su genial melodía, muy profundamente sentida, aludiendo a la muerte. Ich habe genug (Tengo lo suficiente) tiene tres arias, separadas por sendos recitativos. Para adaptar esta música al elenco del grupo Zarabanda, el importante solo de oboe fue asignado a la flauta dulce, solución satisfactoria porque la sonoridad resultante fue buena. Beatriz Ramos cumplió, en general, con su cometido como soprano solista. Solamente en el último aria, de forma A-B-A, la parte B careció de coordinación con la orquesta, cosa que se repitió en la segunda cantata, en iguales circunstancias. Como la parte A del aria se repite, este fallo solo puede ser atribuible a falta de tiempo para ensayar. Por lo demás, tiene voz agradable, sobre todo en tesituras medias y altas. En las bajas, apenas se le escuchaba. Fraseo y calidad, muy encomiable. La parte instrumental, plenamente lograda, se apreció particularmente en los acompañamientos de los recitativos. Las intervenciones de los violines, liderados por Joan Espina, muy eficaces, lo mismo que la viola y el bajo continuo, a cargo de violoncello, contrabajo y órgano positivo.

 

Luego se interpretó el Concierto de Brandemburgo nº 4, para violín solo, dos flautas dulces, cuerdas y continuo. Los tres movimientos de rigor -Allegro, Andante, Presto- sonaron espléndidamente. Destacó Joan Espina, como solista. Algunos pasajes del violín traen evoluciones de muchas notas muy rápidas nada fáciles de ejecutar, todo dentro de un estilo historicista, ejecutados con arco corto a la barroca. Para el lego, pasar del violín convencional de nuestros días al violín barroco no es tan fácil como parece, porque se altera completamente un importante aspecto fisiológico. Para lograrlo hay que estar muy suelto, pero la buena escuela del violinista le permite afrontar estas aventuras con mucho aplomo. El dúo de flautas de Álvaro Marías y Andreas Prittwitz sonó muy bien, con afinación y técnica perfecta. Y las cuerdas y el bajo continuo, esta vez a cargo del clavecín, cumplieron con soltura su tarea. Fue la obra que más aplausos del público cosechó.

 

Luego de un breve intermedio -el público apenas se movió de sus asientos- oímos uno de los múltiples conciertos para instrumento solista de Vivaldi, uno de sus nueve conciertos para flauta, cuerda y bajo continuo. Creo que el escogido había sido uno dedicado en particular a la flauta dulce. Tres movimientos, durante los cuales se destacan los diálogos entre solista y primer violín, muy atractivos. Es una obra relativamente breve, muy agradable, con las cuerdas asordinadas, lo que produce un clima sonoro atractivo. La versión, impecable.

 

Y para terminar, la cantata profana Non sá che sia dolore para soprano, flauta, cuerda y continuo BWV 209, de Bach. Se inicia con una ‘sinfonía’ puramente instrumental, a la cual siguen dos arias, con sus recitativos respectivos. Esta vez le tocó a la flauta traversa -de madera- interpretar un rol solista, junto con la soprano. Esta cantata es más festiva y alegre que la que inició el programa. La interpretación nuevamente satisfactoria, con los titubeos, ya señalados más arriba, en una parte del último aria.

 

En resumen, un concierto muy agradable, con buenísima música, en un marco incomparable, y una acústica como pocas veces nos es posible apreciar en nuestras modernas salas de conciertos para este tipo de composiciones.


Publicado por jrtapia @ 11:35  | Se dice, se comenta
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