David Lacruz, trompeta
Orquesta Filarmónica de Gran Canaria
Pedro Halffter, director
A Strauss le preguntaban a menudo cuál era el nexo de su obra porque nadie lo encontraba. Él respondía: "los puentes de mi obras son los contrastes". El que dio origen a la Sinfonía alpina fue clamoroso. Cuando empezó a escribirla llevaba más de veinte años sin cultivar el género que más gloria le había dado, el poema sinfónico. Nueve espléndidos títulos —entre ellos Desde Italia, Till Eulenspiegel, Don Juan, Don Quijote, Así habló Zaratustra o Vida de héroe— fueron dándole a su autor fama mundial durante las dos últimas décadas del XIX. Pero su desembarco de 1899 en el teatro de ópera más cotizado de Alemania, la Ópera Estatal de la avenida Unter den Linden, en Berlín, le aconsejó pasarse a la ópera. Dijo adiós al romanticismo y se sumó a las vanguardias que en esos años estaban cambiando todas las artes.
Pero quizá fue demasiado lejos, o eso pensó él a pesar de los clamorosos triunfos de Salomé y Electra. Strauss no era un hombre de pasiones y menos de dogmas, por lo que no se consideró obligado a ser fiel a las vanguardias y decidió volver la vista atrás. Su primera consecuencia sería El caballero de la rosa. La segunda y más extrema, esta Sinfonía alpina, un poema sinfónico en el que todo parece volver a los viejos tiempos gracias a un descriptivismo neorromántico que identifica los paisajes y los sentimientos de un programa bucólico que narra un ascenso a la alta montaña en Garmisch. La Sinfonía alpina es obra de 1915, cuando Alemania se batía en guerra con media Europa y cientos de miles de soldados de ambos bandos morían en la mayor carnicería conocida hasta entonces. Europa se desangraba y Strauss prefería no mirar. Se había refugiado en su paraíso privado, la villa que se construyó con el dinero de Salomé, lejos del frente y acunado por los cencerros en los prados alpinos.
Strauss seguía amando la música descriptiva, pero aquí no buscaba explicar el horror de su tiempo sino, por ejemplo, la noche, el ascenso, la entrada al bosque, la cascada, una aparición, en los pastos, en el glaciar, en la cumbre, la niebla que llega, el comienzo de la oscuridad, la calma tras la tormenta o el descenso. Así, hasta 23 cuadros contemplados en el programa de la sinfonía. ¿Era pues un puro escapismo? Quizá no, a juzgar por algunas notas de su diario de esas fechas. Con su sinfonía, Strauss pretendía expresar su viejo rechazo a las ideologías y proponer la vuelta a una naturaleza presentada como un cuadro de Friedrich. "Pensé titularla El Anticristo" -el título de un ensayo de Nietzsche de 1888—"porque representa la purificación moral a través del esfuerzo, la liberación mediante el trabajo, el culto a la eterna y magnífica naturaleza..." anotó en su diario. La Sinfonía alpina era el último fruto (tardío) del romanticismo, la expresión de una voluntad de vuelta al orden natural ahora que el mundo se había convertido en un infierno gracias a las nuevas tecnologías del exterminio. Strauss lanzaba con su Sinfonía alpina un conjuro contra el peligro que anida en las ideologías, las religiones y las metafísicas. Acertada o no, su propuesta sigue sonando muy viva en nuestros oídos.