
Ciclo de Ibermúsica
Rotundidades sin sutileza
Obras de Stravinski, Chaikovski, Debussy y Rimski-Korsakov. Orquesta
Sinfónica de Londres. Valery Gergiev, director. Auditorio Nacional.
Madrid, 11 y 12 de marzo.
Volvió a Madrid la Sinfónica de Londres a esa cita anual de Ibermúsica
que viene produciéndose sin interrupción desde 1994. Lo hizo con su
actual titular, Valery Gergiev, y dos programas muy atractivos para el
público, lo que se evidenció en los llenos completos, salvo por esas
bastantes butacas de la primera fila de anfiteatro del protocolo del
INAEM que últimamente parecen bastante mal administradas.
Nadie duda que la Sinfónica de Londres es una excelente agrupación,
aunque no siempre vaya preparada a conciencia en sus giras. Algo de
ello sucedió en algunas de las obras interpretadas. Hubo desajustes en
la “Petruchka” de Stravinski y también en la “Patética” de Chaikovski,
concretamente en su tercer tiempo, a pesar de que sus monumentales
sonoridades provocaran el aplauso a destiempo de los más ignorantes
musicalmente hablando. Incluso podría apuntarse cierta aspereza en los
tuttis, con sonido excesivamente metálico. En cambio sus solistas de
viento, tanto madera como metal, se lucieron individualmente, sobre
todo en “Scherezade”, sin olvidar al estupendo concertino.
Ya son muchas las veces que he escuchado a Gergiev y, una tras otra, se
corrobora la impresión de que se trata de un mejor empresario musical
que director. Ha logrado sacar mucho jugo al Marynski de San
Petersburgo, resolviendo con inteligencia sus problemas económicos, y
colocarse en el ranking de las batutas más solicitadas. Sin embargo sus
versiones, ya sea con unas u otras orquestas, se suelen caracterizar
por su opulencia sonora y las muy inferiores dosis de sutileza. La
primera obra ofrecida, “Petruchka”, arrastró a pesar del defecto ya
apuntado y los conciertos se cerraron con una “Scherezade” apabullante,
pero muy lejana en su colorido a lo que Celibidache hacía con ella. No
sólo busca impresionar con las rotundidades, sino también con
aceleraciones de tiempo en momentos clave, como pudo apreciarse en la
obertura de “Romeo y Julieta” de Chaikovski. Ambos factores contribuyen
a una cierta superficialidad de sus lecturas, que no generan la tensión
subyacente por vías más musicales. No sólo ha de reflejarse la
desolación del final de la “Patética” –y faltó intensidad- sino que hay
que saber llegar a ella. ¡Qué escasos estamos de auténticos grandes
maestros!
Gonzalo ALONSO
DIARIO LA RAZÓN