Leontina Vaduva, soprano
Luis Lima, tenor
Orquesta del Covent Garden
Zubin Mehta, director
"Carmen" es una obra maestra inolvidable. Raras veces logra un
compositor dar forma simultáneamente a las grandes líneas y al detalle más
pequeño. Bizet lo consiguió en esta ópera, y además con un estilo totalmente
personal, que no sigue ni a Wagner ni a Verdi (hazaña de la que muy pocos
músicos de la época fueron capaces). La melodía, la armonía, el ritmo y la
instrumentación son igualmente perfectos en belleza y fuerza expresiva.
El primer acto nos lleva a una plaza en Sevilla. A un lado está la fábrica de
tabacos en que trabaja la gitana Carmen; en el otro hay un puesto de guardia.
Un grupo de soldados se encuentra frente al puesto y contempla a los transeúntes.
Una joven vestida de aldeana se acerca a ellos y pregunta al sargento Morales
por don José. Aparecerá pronto, con el cambio de guardia; tal es la galante
respuesta, a la que los dragones añaden la invitación de que se quede en su
compañía. Pero Micaela se retira de inmediato. Un grupo de niños marcha por el
lugar, imitando a los soldados y entonando a coro una encantadora canción. Don
José se acerca con la nueva guardia y se entera de la visita de la joven por
sus compañeros. La joven sólo puede ser Micaela, su compañera de juegos de la
niñez, la fiel amiga de su pueblo. Pero toda la atención se centra en Carmen,
que sale a escena con su provocativa belleza física y consciente del poder que
ejerce sobre los hombres. La canción que canta al salir a escena puede
considerarse un verdadero retrato de carácter.
La melodía original de esta «habanera» es de Sebastián Yradier, compositor de
numerosas canciones de ritmo cubano que se han hecho famosas (por ejemplo, «La
paloma», la más famosa). Pero ¡cuánto ha hecho Bizet con esta sencilla melodía!
Una descripción de un carácter y una escena cargada de dramatismo. Carmen canta
para llamar la atención del único hombre al que no mira: José. Y cuando termina
la canción y todos la rodean, arroja una flor a la cara del sargento, al que
todavía no mira. Todos prorrumpen en carcajadas; sólo la orquesta no toma parte
en la diversión: el motivo del destino suena sombrío; la muerte próxima se
anuncia. ¡Un instante genial!
José, sumido en sus pensamientos, contempla la flor. Entonces aparece Micaela,
la fiel amiga de su aldea de las montañas. Micaela ahuyenta los pensamientos de
José: le trae una carta de su madre, un tierno y cariñoso saludo
("Parle-moi de ma mère").
La pureza de Micaela hace que la imagen sensual de la gitana se desvanezca. Las
luminosas alturas de la tierra natal, el valle silencioso y la imagen de la
madre aparecen ante José. Cuando Micaela emprende el regreso a su casa, José se
concentra en la carta que le ha dado su amiga. Pero un tumulto y unos gritos lo
interrumpen. En la fábrica se ha desatado una pelea entre las mujeres y Carmen
ha herido a otra obrera.
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