
Plácido Domingo y la soprano sueca
Ingela Bohlin en un ensayo de Tamerlano
El tenor protagoniza Tamerlano a partir del próximo miércoles en el Teatro Real
“Bajazet es un señor papel”. Con este entusiasmo
el tenor Plácido Domingo define a El Cultural su rol en Tamerlano, la ópera de
Haendel que llega al Teatro Real a partir del próximo día 26. Domingo,
recientemente reconocido como el mejor tenor de todos los tiempos, se ha
sumergido en un “personaje sensacional desde la vibrante aria del primer acto
hasta su heroico suicidio”. El montaje, una producción del Maggio Musicale
Fiorentino, está dirigido escénicamente por Graham Vick y musicalmente por Paul
McCreesh.
Estrenada en el King’s Theatre de Haymarket, el 31 de octubre
de 1724, Tamerlano constituye una de las primeras óperas serias con las
que el compositor de Halle cautivó al público londinense. Posterior en su
catálogo a Rinaldo, Radamisto o Giulio Cesare in Egitto y
justamente anterior a Rodelinda, su autor alcanzó aquí su plena madurez
dramática y musical, con una inspiración melódica del más alto grado. Haendel
acudió a menudo a héroes clásicos u orientales, que añadían un interés
histórico o legendario a la trama, además de permitir establecer interesantes
relaciones entre los buenos monarcas y quienes utilizan su poder para abusar de
él. En esta ocasión se trata de Timurlenk el débil (1336-1405), sucesor de
Gengis Khan, que amenazó durante un tiempo con sus hordas a la civilización
europea y sometió hacia 1.400 al emir turco Bajazet, haciendo prisionero a éste
y cortejando a su hija Asteria. Esta situación descrita por el libretista
habitual del músico, Nicola Haym (que recurrió a una versión anterior del texto
elaborada por Agostino Piovene para Francesco Gasparini), tiene poco que ver
con la realidad histórica, pero sirve dramáticamente para el desarrollo de la
acción. Tamerlano es un jefe brutal, incapaz de controlar sus pasiones, pero
con una cierta dignidad interior.
A pesar del título, el verdadero protagonista de la obra es
Bajazet, el sultán turco encarcelado por el invasor. Esto lo ha percibido
inmediatamente Plácido Domingo, quien, con su infalible olfato teatral, no ha
dudado en incorporar a su inmenso catálogo el único gran papel escrito por
Haendel para un tenor, Francesco Borosini, el primer divo de la historia. “Es
un personaje sensacional –comenta Domingo a El Cultural–. Tamerlano y Bajazet
son los grandes rivales y, como pasaba en aquel tiempo, el que ejercía el poder
quería terminar con el enemigo. No había piedad. A Tamerlano le ofrecieron una
vez como rehenes 800 cabezas. Desgraciadamente, esta barbarie sigue ocurriendo
en los países en los que hay un régimen autoritario, en el que no sabes
realmente cuál es el verdadero número de víctimas. Los únicos que lo saben son
las personas que lo sufren”.
Técnica y desenlace. “Desde el comienzo de la obra
–añade el tenor, muy concentrado en el argumento – Bajazet es un perdedor, sabe
que no tiene escapatoria. De hecho, lo que él quiere es la muerte. Lo único que
detiene su suicidio, al principio de la ópera, es el hecho de que el príncipe
griego Andrónico le recuerda que tiene una hija, Asteria, que es su prometida.
El conflicto estalla porque Bajazet no sabe que Asteria quiere salvarle, para
lo que ha planeado casarse con Tamerlano y asesinarlo en la noche de bodas, y
cree que su hija le ha traicionado. Es un personaje que se siente muy superior
a Tamerlano, cuando le dice que no se puede comparar la sangre otomana que
lleva en sus venas con la de un pastor tártaro. Bajazet está convencido de que
su gran triunfo final es la muerte. En su último recitativo y aria, realmente
goza de su venganza, que consiste en decirle a su rival que ni puede condenarle
a muerte ni perdonarle la vida, porque ya se ha envenenado. Ese es el final
heroico de Bajazet, sin saber que Tamerlano perdonará a Asteria y permitirá que
se una con Andrónico, casándose él con la princesa Irene, que lo ha aguardado
pacientemente”.
“La parte vocal es extraordinaria –continúa Domingo, que
llevará el papel del emperador vencido a Londres, Washington y Viena–. Lo único
que había hecho dentro de este repertorio fue, al principio de mi carrera, una
ópera de Rameau, Hippolyte et Aricie. Acabo de interpretar a Orestes en Ifigenia
en Táuride de Gluck en el Metropolitan de Nueva York, y verdaderamente
estoy fascinado con esta música. Bajazet es un señor papel. Tiene una enorme
riqueza, desde la vibrante aria del primer acto hasta su heroico suicidio, y
hay en él un dramatismo enorme. Su expresión es cada vez más intensa, como el
recitativo acompañado del acto III, que rompe las reglas de la ópera de su
tiempo y anuncia ya a Gluck y Mozart. Ese momento refleja su victoria moral
sobre el tirano”.
Domingo se muestra satisfecho con el equipo de este nuevo
proyecto: “He tenido una suerte enorme al contar con una compañía en la que
todos son expertos en este estilo, empezando por Paul McCreesh y Graham Vick, dos
auténticos especialistas en la obra. Creo que, entre todos, estamos preparando
un plato estupendo. Yo estoy aprendiendo día a día, porque tienes que entrar en
el estilo, tienes que ir al ritmo que van todos ellos. Al principio, yo me
sentía como un pez fuera del agua, pero poco a poco aprendes a nadar, vas
desarrollando todos tus sentidos. El periodo de ensayos está siendo muy
laborioso. Yo me paso trabajando todo el día, porque, aparte de hacer los
ensayos con los demás cantantes, yo mismo me aseguro de probar antes las
escenas y repetirlas todo lo que puedo. Como he dicho, creo que la escritura
vocal no puede ser más brillante. Es, quizá junto con el Grimoaldo de Rodelinda,
el único papel realmente importante compuesto por Haendel para un tenor.
Pienso que el tenor moderno nace con este papel. Es una obra muy extensa, con
unos recitativos larguísimos, que se van a dar prácticamente íntegros, con lo
que tendremos tres horas y media de música, que con los descansos llegarán casi
a las cuatro horas y media de representación”.
Exigencias del barroco. El cantante español se ha
sometido desde el primer día, con una absoluta disciplina, a las exigencias de
la ópera barroca. Esto es algo que reconocen tanto el director musical como el
director escénico de estas representaciones. Para Paul McCreesh (Manchester,
1960), fundador del Gabrieli Consort & Players y uno de los máximos
especialistas en la obra del músico, “Tamerlano es una de las óperas más
ricas de Haendel. Y también de las más sorprendentes. Es una obra oscura,
doliente, ya desde su propia obertura, en tono menor. Contrasta abiertamente
con la luminosidad de óperas como Agrippina o Giulio Cesare”.
El director británico, que regresará el año próximo a este
mismo escenario con una sugestiva versión escénica de Jürgen Flimm, procedente
de la Ópera de Zurich, de una obra juvenil del músico, el oratorio Il
trionfo del Tempo e del Disinganno, se declara menos integrista que otros
de sus colegas pertenecientes al movimiento historicista, y reconoce que le gusta
dirigir desde Monteverdi hasta Britten. Es partidario de que las orquestas
modernas asuman también este lenguaje (recordemos la estupenda versión de Athalia,
también de Haendel, que dirigió en su presentación con la Orquesta y Coro
Nacionales de España, a los que regresaría con una exultante lectura de La
Creación de Haydn). McCreesh destaca, además, el entusiasmo cada vez mayor
que encuentra en las orquestas españolas. “Se trata de buscar la manera de
tocar que sea más apropiada para la música de este periodo –comenta a El
Cultural–. La cuestión del sonido no es tan compleja. Se puede solucionar con
el empleo de trompas naturales, tiorbas, flautas dulces, etc. Lo más difícil es
la articulación. Las orquestas modernas están acostumbradas a tocar con golpes
largos de arco y mucho vibrato. Para lograr una articulación más rápida tienen
que tocar con golpes de arco mucho más cortos y más rápidos. El hecho de haber
sido violinista me da la ventaja sobre otros directores de que para mí es más
fácil explicárselo a los músicos. Como me decía un miembro de la propia
orquesta, sólo es cuestión de ponerse un chip diferente”.
Ópera mediterránea. Este montaje de Graham Vick fue
altamente elogiado cuando se estrenó en el Maggio Musicale Florentino de 2001,
recibiendo el prestigioso premio Abbiati de la crítica musical italiana. El
director escénico de Liverpool hizo una excelente labor cuando fue director de
producciones del Festival de Glyndebourne entre 1994 y 2000, y actualmente es
el máximo responsable de la Ópera de Birmingham, a pesar de lo cual le gusta
especialmente realizar sus producciones en los países mediterráneos (trabaja
regularmente en Italia y en Portugal, y recientemente ha podido verse su Don
Carlo verdiano en el Palau de les Arts de Valencia).
El artista inglés vuelve al Teatro Real tras su polémico Rigoletto,
con una puesta en escena esta vez menos provocadora, situada en un siglo
XVIII imaginario. Ha propuesto una escenografía geométrica, de líneas muy
puras, en la que domina el blanco y negro y ha sometido a los cantantes a una
disciplina de teatro clásico, alejada de cualquier tentación de realismo, y ha
concentrado la acción en los recitativos. “Para mí, ahí es donde está el
verdadero dramatismo –explica–. En las arias hay que dejar cantar a Haendel,
que era extraordinario. Son páginas de tal belleza que es mejor no tocarlas”.
Graham Vick ya ha colaborado anteriormente en diversas
ocasiones con el tenor madrileño, como en el último Otello de La Scala,
y contempla la figura de Bajazet como “un monarca que pertenece ya al pasado,
una especie de rey Lear oriental, mientras que Tamerlano pertenecería ya
a una nueva época”.
Habrá doce funciones de la obra, y con Domingo se alternará
otro tenor de reconocido prestigio, el norteamericano Bruce Ford, especialista
en el bel canto, en Mozart y en Rossini, que ya incorporó el papel de Bajazet
en las funciones florentinas. Su rival, el temible Tamerlano (un rol magnífico
desde el punto de vista canoro, que fue escrito para el castrato Andrea Pacini
y confiado en ocasiones, por cuestiones de credibilidad escénica, a un
contratenor), estará aquí repartido entre las ágiles gargantas de las
mezzosopranos Monica Bacelli y Ann Hallenberg, mientras que la dulce y decidida
Asteria será incorporada por las sopranos Ingela Bohlin e Isabel Rey.
Las seguras contraltos Sara Mingardo y Patricia Bardon se
repartirán el papel del general Andrónico, y la abnegada Irene, princesa de
Trebisonda, será defendida por las jóvenes sopranos Jennifer Holloway y Renata
Pokupic, completando el reparto el bajo Luigi de Donato como el confidente de
Andrónico, Leone. Lo cierto es que se respira un enorme entusiasmo en los
pasillos del Teatro Real por parte de todos los integrantes de la producción.Y
es que, por su trepidante acción, el elevado grado de caracterización de los
personajes, el cuidado diseñado de su perfil musical y su riqueza melódica, Tamerlano
constituye uno de los mayores logros de una época particularmente rica
dentro de la producción haendeliana.
Rafael BANÚS
(EL CULTURAL)