José Carreras, tenor
Piero Capuccilli, barítono
Orquesta Filarmónica de Berlín
Herbert von Karajan, director
“Don Carlo” es una ópera en cinco actos, con música de Giuseppe Verdi sobre un libreto de François-Joseph Méry y Camille du Locle, según la obra teatral de Schiller "Dom Karlos, Infant von Spanien", que se estrenó en París el 11 de marzo de 1867, drama que gira en torno a la leyenda negra de la corona española.
Posteriormente Verdi realizó otra versión de cuatro actos, esta vez con libreto traducido al italiano y adaptado por Achille de Lauzieres y Angelo Zanardini, en la que sólo conservó el aria de Don Carlos del primer acto original. La nueva versión sería estrenada finalmente en la Scala el 10 de enero de 1884 y es la que usualmente sube a los escenarios desde entonces.
Pero Verdi debía tenerle especial cariño al primer acto de la versión original (el llamado "Acto de Fontainebleau" porque sólo dos años más tarde decidió afrontar una tercera revisión de la obra, recuperando todo ese primer acto y suprimiendo el ballet. Esta última versión se estrenaría en Módena el 26 de diciembre de 1886.
La acción transcurre en España, durante la segunda mitad del siglo XVI, en el reinado de Felipe II, excepto el primer acto de la versión de cinco actos, que transcurre en el bosque de Fontainebleau (París).
Personajes
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FELIPE II DON CARLOS RODRIGO GRAN INQUISIDOR ISABEL DE VALOIS PRINCESA DE ÉBOLI TEBALDO CONDE DE LERMA |
Rey de España Infante de España Marqués de Posa Jefe de la Inquisición Princesa de Francia Noble Española Paje de Isabel Embajador del Rey de España |
Bajo Tenor Barítono Bajo Soprano Mezzosoprano Soprano Tenor |
ACTO
I.-
En el bosque de Fontainebleau, no lejos de París, se está celebrando una
cacería. La princesa Isabel y su paje Teobaldo, que se han separado del grupo
de los cazadores, salen de escena para unirse a ellos. El príncipe Carlos, hijo
de Felipe II de España, va a contraer matrimonio con Isabel, y, solo,
manifiesta su alegría. La princesa, sin embargo, no conoce a su prometido y
ahora, cuando ella regresa a escena, el príncipe se presenta como un miembro
del cortejo español. Pero muestra a la princesa un retrato del que dice es el
príncipe, como lo es en realidad, y ella reconoce que quien le habla es su
prometido. Ambos confiesan su mutuo amor.
Pero cuando Teobaldo, que los había dejados solos, regresa, les trae el mensaje
de que el rey Felipe ha solicitado en matrimonio a la princesa Isabel. Y la profunda
tristeza de los dos jóvenes contrasta con el jubiloso coro de cortesanos que se
acercan para felicitar a la princesa que va a ser reina de España.
(Cuando comienza el acto siguiente, o con el que empieza la versión de cuatro
actos, ya ha tenido lugar el matrimonio del rey Felipe con la princesa Isabel).
ACTO
II.-
En el claustro del monasterio de Yuste, junto a la tumba de Carlos I, se
escucha el cántico de los monjes. Al amanecer, entra en escena Don Carlos, al
mismo tiempo que se marchan los monjes (en la versión de cuatro actos, el
príncipe canta aquí su amor hacia Isabel). Su conversación con uno de los
frailes revela que al espíritu del Emperador, o tal vez el propio Emperador,
que realmente no habría muerto, se ve a veces vagar por los claustros del
monasterio.
Rodrigo, amigo de siempre de Don Carlos, entra ahora, acabado de llegar de
Flandes. Se siente angustiado por los problemas de su amigo el príncipe y le
pregunta la causa de su tristeza. Don Carlos le dice que ama a la esposa de su
padre. Rodrigo le aconseja que abandone Madrid y que obtenga permiso de su
padre para marchar a Flandes y demostrar su valor ayudando al pueblo oprimido
de aquellos estados. Ambos jóvenes se juran amistad eterna y piden a Dios
fuerzas para luchar por la libertad: "Dio,
che, nell'alma infondere" ("Dios, que has infundido en nuestras
almas"). Este es el fragmento de la ópera que está recogido
precisamente en el vídeo.
Entran en
escena el Rey y la Reina; el Rey se arrodilla un momento ante la tumba del
Emperador, y salen después sin pronunciar una palabra. Los monjes reanudan sus
cánticos en sufragio del Emperador, y Don Carlos, momentáneamente turbado por
la presencia de Isabel, vuelve a cantar con Rodrigo su amistad.
La escena tiene lugar ahora en un jardín, donde las damas de la corte se
solazan. El paje Teobaldo se les une y después lo hace la princesa de Éboli,
que canta una canción morisca, la Canción del Velo, acompañada por Teobaldo y
las damas. Entra la Reina y un momento más tarde lo hace Rodrigo, que acaba de
regresar de París. Entrega a la Reina una carta de su madre y al mismo tiempo
desliza entre sus manos una nota.
Mientras que Rodrigo y la princesa de Éboli hablan de París y de las noticias
que el primero ha traído de allá, la Reina lee la nota; es de Don Carlos,
solicitando verla, petición a la que se une Rodrigo. La Reina acepta. Entra Don
Carlos y los demás se retiran. Al principio Don Carlos pide a la Reina que
persuada al Rey para que le nombre gobernador de Flandes; pero cuando, en un
momento determinado, ella confiesa que ama al príncipe, él pierde el control de
sí mismo y se le dirige apasionadamente. Ella se aparta, preguntando si lo que
quiere decir el príncipe es que intenta matar a su padre y casarse con ella, y
Don Carlos, trastornado, se marcha precipitadamente.
Anunciado por Teobaldo, entra ahora el Rey, quien, profundamente disgustado por
ver a la Reina sola, despide a la dama que debería haberla acompañado en esos
momentos. La dama llora desconsoladamente e Isabel la consuela: "Non
pianger, mia compagna" ("No llores, amiga mía"). Rodrigo y las
damas de compañía se enternecen ante aquella escena y el propio Felipe, que
abriga sospechas de infidelidad hacia su esposa, siente cierta conmiseración y
está casi decidido a creer en su sinceridad.
Rodrigo queda a solas con el Rey; éste le pregunta si quiere pedirle algún
favor. Rodrigo le solicita que alivie la miserable situación de los asuntos
públicos en Flandes, donde los protestantes están siendo perseguidos; pero
Felipe, inconmovible, dice a su vez a Rodrigo que se guarde del Gran
Inquisidor. En un momento de confidencias le comunica a Rodrigo sus sospechas
acerca de la relación entre Isabel y su hijo Carlos, pidiendo a Rodrigo que la
vigile muy de cerca. Pero en la despedida a Rodrigo, el Rey vuelve a advertirle
que tenga cuidado con la Inquisición.
ACTO
III.-
Don Carlos ha recibido una nota anónima (que él supone de la Reina) señalándole
una entrevista: deberá estar en los jardines a medianoche. El príncipe se
presenta allí; aparece una dama cubierta con espeso velo, y Carlos le canta su
amor. De repente se da cuenta de que no es la Reina sino la princesa de Éboli,
a la que ha abierto su corazón. En efecto, la princesa ama a don Carlos, pero
se ha dado cuenta de que las palabras de éste iban dirigidas a otra dama
distinta, la Reina. Llega Rodrigo y trata de aliviar la situación, pero la de
Éboli, furiosa de celos, le advierte que está determinada a una dura venganza.
Cuando ella se marcha, Carlos y Rodrigo vuelven a jurarse amistad total, y el
príncipe confía a Rodrigo unos documentos secretos, de importancia vital,
relacionados con los líderes revolucionarios de Flandes.
Ahora en una plaza frente a la catedral todo está preparado para un auto de fe.
La multitud canta en honor del Rey. Por su parte, los monjes entonan cánticos
funerarios, mientras conducen a los condenados. Después la multitud y la corte
forman una procesión, uniéndose a los cánticos, y finalmente a ellos se unen el
Rey y la Reina, que se sitúan en el lugar principal.
Llega Don Carlos, al frente de una comisión de seis nobles flamencos, que se
postran en súplica ante el Rey, pidiendo misericordia para su pueblo, pero el Rey
se niega a escucharlos. Ahora, el príncipe Carlos se adelanta y pide a Felipe
que lo nombre gobernador de Flandes, en cuyo puesto podrá probar su capacidad
para ser rey en el futuro. Felipe rechaza su petición, porque no quiere dar a
su hijo poder alguno que pueda utilizar contra el Rey. Fuera de sí, Don Carlos
desenvaina su espada en presencia del monarca, lo que constituye un grave
ultraje al monarca. Este pide que desarmen al príncipe; nadie se atreve a
hacerlo. Y después de unos momentos de estupor es Rodrigo quien desarma a su
amigo el príncipe, por lo que el Rey, en el mismo momento, le concede el título
de duque en reconocimiento de aquel servicio.
El pueblo vuelve a entonar sus cánticos en alabanza de Felipe y a su vez los
monjes entonan sus plegarias funerales. Desde el Cielo, una voz proclama gloria
futura para quienes han sido tratados tan cruelmente en la tierra. Se prende
fuego a la pira funeraria y todos, menos los condenados, cantan la gloria de
Dios.
ACTO
IV.-
El rey Felipe, solo en su estudio, medita tristemente: "Ella giammai
m'amó" ("Ella jamás me amó"; el original francés, empero, tiene
un sentido diferente: "Ella ya no me ama"). Entran el Duque de Lerma
y el Gran Inquisidor. El Rey pregunta qué castigo debe administrarse a Don
Carlos y el Inquisidor aconseja la pena de muerte, señalando ante los
escrúpulos del Rey, que Dios sacrificó a su propio Hijo. El Inquisidor pide
ahora a Felipe que entregue a la Inquisición a Rodrigo, sospechoso de conspirar
contra la Iglesia. El Rey se resiste, pero el Inquisidor, antes de abandonar la
estancia recuerda a Felipe que ni siquiera el Rey está por encima de la
Inquisición.
Entra ahora Isabel y pide justicia porque le han robado su joyero. El Rey se lo
muestra y le pregunta por qué tenía entre sus joyas una miniatura del príncipe
Carlos. Ella le recuerda que antes de ser Reina de España estuvo prometida al
príncipe, pero el Rey no acepta sus explicaciones. La Reina se desmaya, y
Felipe llama en su ayuda a Rodrigo y a la princesa de Éboli; ésta, que fue
quien entregó el joyero al Rey, se reprocha ahora su traición. En un cuarteto,
cada uno expresa su reacción ante el momento; y cuando los dos hombres se han
marchado, la de Éboli pide perdón a la Reina por su traición, al mismo tiempo
que le hace conocer que ama a Don Carlos y que a su vez ha sido amante del Rey.
Isabel le ordena que abandone la corte, marchándose al exilio o ingresando en
un convento. Cuando se queda sola la princesa de Éboli se lamenta de su
"don fatal", el de su belleza ("O don fatale"), pero se
promete ayudar al príncipe Carlos a escapar de su injusto castigo.
Carlos, en un
calabozo, recibe la visita de Rodrigo, quien le dice que los documentos que
había recibido del príncipe fueron encontrados por la Inquisición y que por
ello la Inquisición le busca. En este preciso momento entra un asesino a sueldo
de la Inquisición y dispara contra él. En sus últimos momentos dice a Carlos
que la Reina se encontrará con él al día siguiente y le encarga que traiga la
libertad a España y a Flandes ("O Carlo, ascolta": "Oh, Carlos,
escucha").
El Rey, rodeado de dignatarios, llega para devolver su espada a Don Carlos,
pero éste acusa a su padre de ser cómplice en la muerte de Rodrigo. Fuera de
los muros del recinto se escucha el clamor de la multitud que pide la libertad
de Don Carlos. Los nobles se llenan de temor, pero el Rey ordena que se abran
las puertas. La princesa de Éboli, disfrazada, ayuda a escapar al infante.
Aparece ahora el Gran Inquisidor y ordena a la multitud que se prosterne en
homenaje al Monarca elegido por Dios. Así lo hacen y piden clemencia al Rey.
ACTO V.- Isabel, invadida de profunda tristeza, está sola, en el Monasterio de Yuste, arrodillada ante la tumba del Emperador Carlos, al que invoca: "Tu, che la vanita" ("Tú que conoces las vanidades del mundo"). Se despide amargamente de su pasada felicidad y recuerda los venturosos días de su juventud en Francia. Aparece Don Carlos y ambos cantan un dúo en el cual reconocen que su mutuo amor sólo podrá cumplirse en la otra vida.
Entra ahora el
rey Felipe con el Gran Inquisidor y la guardia. Cuando los soldados van a
apresar a los enamorados, se abre la tumba del Emperador y de ella emerge una
visión, con hábito de monje, que se lleva a Don Carlos con ella, ante el
espanto de todos los presentes.