Tamerlano
Autor: Haendel / Director musical: Paul McCreesh / Director de escena: Graham Vick / Reparto: Mónica Bacelli, Plácido Domingo, Ingela Bohlin, Sara Mingardo, Jennifer Holloway y Luigi de Donato / Producción: Maggio Musicale Fiorentino / Escenario: Teatro Real / Fecha: 26 de marzo
ALVARO DEL AMO
Diario EL MUNDO
El rico legado operístico de Haendel, nada menos que 43 títulos, se va recuperando, en disco y en escena, como un tesoro cuyas maravillas no siempre son fáciles de apreciar. La música a menudo excelsa, la inagotable variedad de la escritura vocal y la probable fascinación por lo heroico o lo mítico, llegan a través de una dramaturgia hoy obsoleta, sobre libretos abstrusos, arias interminables y prolijos recitativos.
Para que las perlas, gemas, oros y platas de estas obras luzcan como merecen no basta con abrir el cofre y desplegar las piezas sobre el escaparate. La producción del Maggio Musicale Fiorentino invitada por el Teatro Real se aproxima a la belleza de esta poderosa obra sin descubrirla del todo.
Graham Vick propone un lugar en forma de elipse, como un blanco fragmento de anfiteatro, dominado por la fuerte imagen de un gran pie apoyado sobre una bola; acertado símbolo del poder confirmado cuando la bola gira para mostrar en su reverso el trono del tártaro vencedor. La blancura de la escena se enmarca de negro en ocasiones, buscando un cierto contraste, que se completa con la aparición de un gracioso elefante de color añil y en las evoluciones de un breve cuerpo de ballet dedicado a componer cuadros vivientes. La actuación de los intérpretes es digna de mencionar, salvo en el caso de Tamerlano, convertido incomprensiblemente en algo así como un enano saltarín, cometido que obliga a Mónica Bacelli a combinar esforzada y meritoriamente la ironía del monarca estrafalario con la manifiesta crueldad del tirano.
La batuta de Paul McCreesh obtiene de la orquesta una lectura correcta, pero lamentablemente alejada del color, el calor, el brillo, la intensidad y el pálpito de una música que fluye sofocada y, lo que es peor, monótona. A veces da la impresión de estar asistiendo al oficio religioso de una iglesia.
Los cantantes, comprimidos tanto por el estatismo del director de escena como por la rigidez del director musical, participan de la corrección general, esforzándose en superarla. Algo borrosos Sara Mingardo en Andrónico y Luigi de Donato en Leone, la Irene de Jennifer Holloway y la Asteria de Ingela Bohlin destacan en sus papeles de amantes sistemáticamente repudiadas.
Lo mejor de la función es sin duda el sultán vencido que encarna Plácido Domingo, tardío y prodigioso aterrizaje en un repertorio hasta ahora ajeno. Si los demás no logran nunca sacudirse por completo el hieratismo de unas figuras constreñidas por sus pobres psicologías, el enciclopédico tenor, desde que se alza bajo la bola blanca, vuelve a hacer gala de su proverbial entrega, dotando a un héroe, en principio tan retórico como los otros, de una emocionante humanidad, que brota de una voz casi baritonal, de una dicción diáfana que no se arredra ante las agilidades y de una exquisita musicalidad, rematando algo así como un extenso curso intensivo de arte lírico literalmente apabullante.
Este artista excepcional ha quebrado todas las normas sobre la especialización y la prudencia de un cantante a la hora de ir seleccionando su repertorio; él ha sabido evolucionar añadiendo los más variados estilos, desde Mozart a Wagner, desde Puccini o Verdi hasta Richard Strauss, en un gozoso e insaciable apetito, satisfecho con la más rigurosa exigencia al servicio de un público atónito y nunca suficientemente agradecido.
La audiencia siguió el espectáculo con interés y atención, aplaudiendo casi cada parte, y premiando al final a todos con aplausos unánimes, que sin embargo, no ocultaban una palpable fatiga después de cuatro horas y media de dimes y diretes entre turcos, mongoles y princesas; en el segundo descanso se produjo un movimiento de deserción no muy abundante, pero claramente apreciable.
Tanto el fervor de los espectadores como su cansancio deberían animar a someter estas obras a una enérgica dramaturgia, acortando libretos, suprimiendo algún aria y dinamizando su ejecución musical y escénica. Haendel estaría probablemente de acuerdo.
Bienvenido sea, con sus altibajos, este Tamerlano, servido también por un segundo reparto muy prometedor, como muestra de las excelencias de un compositor que la temporada que viene nos visitará de nuevo por partida doble. Cabe esperar que las presentes insuficiencias detectadas esta vez sirvan de ejemplo para su futura corrección.