domingo, 06 de abril de 2008

Publicado por jrtapia @ 18:00



Orquesta Sinfónica de Barcelona
Lawrence Foster, director

En el verano de 1916, uno de los años más negros del siglo XX, tuvo lugar un hecho capital para la historia de la música española: la visita de los Ballets Rusos de Diaghilev a Madrid. Allí el genial empresario ruso pudo disfrutar de un poco de paz en medio de la sangría europea, y de paso reencontrarse con su viejo conocido de París, ahora convertido en músico célebre, Manuel de Falla. Diaghilev aprovechó este encuentro para proponerle realizar un ballet con una de sus partituras. Falla le habló entonces de un viejo proyecto sobre la pequeña novela El sombrero de tres picos , de Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891), escrita en 1874, que llevaba acariciando desde hacía más de una década y de la que ya existía una adaptación operística de Hugo Wolf, Der corregidor.


Diaghilev lo consideró una idea estupenda y decidió esperar a que el ballet estuviese terminado para incluirla dentro de sus giras. Pero impacientado, insistió en que también cabía la posibilidad de llevar a escena las Noches en los jardines de España. La sensualidad que la partitura le sugería le hizo imaginar una fiesta nocturna con los patios de la Alhambra como escenario principal, donde bravíos gitanos cortejaban a muchachas rebosantes de pasión. Falla, que era un católico devoto y se mantuvo
célibe toda su vida, alejado de esas cuestiones, se negó horrorizado. No había compuesto su obra para convertirla en un espectáculo vulgar e impropio de quien había puesto en escena La consagración de la primavera. Ante este argumento, Diaghilev quedó convencido de que debía esperar a que El corregidor y la molinera, cuyo libreto firmaba Gregorio Martínez Sierra, estuviese terminado.

Poco después Falla te níalisto un primer borrador de la partitura, que Diaghilev le permitió estrenar en forma de pantomima en Madrid, a la espera de que la guerra terminase. Esta primera versión fue titulada El corregidor y la molinera y vio la luz en el Teatro Eslava el 7 de abril de 1917, bajo la batuta de Joaquín Turina. Si bien la recepción del público fue muy calurosa, las críticas señalaron como principal defecto el exceso de números descriptivos que no llevaban a ninguna parte y convertían en farragoso un material a priori atractivo. Gracias a este primer tanteo, Diaghilev pudo calibrar la reacción del público y decidió suprimir algunas danzas y escenas que interrumpían la acción, pidiendo a Falla la composición de otras piezas que hicieron que el ballet ganase mucho.

Una sabrosa anécdota acompaña a la composición de la jota aragonesa con la que se cierra la obra: sabedor de que Falla debía escribir este número, su amigo el pintor Ignacio Zuloaga, autor del famoso retrato del músico que en su día ilustró los billetes de cien pesetas, le invitó a acompañarle al pueblo natal de Goya, Fuendetodos, donde debía inaugurar una escuela. El gaditano aceptó y se llevó consigo a su amiga, la cantante Aga Lahowska. Como agradecimiento a Fuendetodos por su hospitalidad, Falla pidió a Lahowska que cantase la jota de sus Siete canciones populares españolas. Para su sorpresa, los lugareños no supieron identificar aquello como una jota y el compositor se quedó un tanto desconcertado. Pero aquella misma noche acabó por comprender lo que estaba buscando en los festejos populares celebrados en el pueblo, y de las jotas cantadas por los jóvenes por las calles extrajo la inspiración necesaria para poner punto final satisfactoriamente a la suya.

Apenas terminada la guerra, Diaghilev reunió a los más grandes talentos disponibles para el estreno del ballet y así, confió la dirección orquestal a Ernest Ansermet. Leonid Massine elaboró la coreografía, en la que Tamara Karsavina, Lev Woizikowski y Stanislas Idzikowski interpretarían al trío protagonista. Por si fuera poco, Diaghilev contrató a Pablo Picasso para diseñar los figurines y los decorados. Entusiasmado, el malagueño realizó muchos más diseños de los que se le pedían, pero todos fueron incorporados por lo bien que quedaban en escena. Un paisaje andaluz constituyó el decorado del primer acto y un mantón gitano con flores, a modo de noche estrellada, el segundo.

Cuando se estaban ultimando los detalles del estreno, que finalmente tendría lugar en Londres, el 22 de julio de 1919, el artista tuvo que regresar a Madrid apresuradamente. Su padre, José María de Falla, que vivía en una difícil situación sólo aliviada por los ingresos del hijo, había fallecido repentinamente. El golpe fue tan terrible para la madre, María Jesús Matheu, que apenas le sobrevivió un mes. Y así, apenas unas horas antes del estreno del ballet, Falla recibió un telegrama en Londres, informándole de su repentina gravedad. El compositor decidió volver inmediatamente para poder verla siquiera por última vez, siendo despedido en la estación por Los Ballets Rusos al completo.


Tras un duro viaje lleno de complicaciones, Falla pudo conseguir un periódico poco antes de llegar a Madrid. Al leerlo se enteró de la muerte de su madre. Poco le importaba ya el rotundo éxito de su ballet en Londres, reseñado en aquellas mismas páginas.

Tras el estreno, Falla escribió dos suites para orquesta, suprimiendo escenas descriptivas y varios momentos con intervención vocal femenina. Desde entonces, la versión original permaneció olvidada, hasta que fue grabada en 1961 por Ernest Ansermet, director de la première mundial, con Teresa Berganza.

Comentario de los fragmentos de la obra en el vídeo

Introducción

El sombrero de tres picos comienza de forma vibrante, al son de los timbales, acompañando a una fanfarria de trompas y trompetas, que es bruscamente interrumpida por el repiqueteo de las castañuelas. La orquesta se detiene y entra un coro masculino que bate palmas mientras entona un brioso "Eh, eh, eh". Una voz de mujer canta una canción popular acorde al argumento que va a desarrollarse en breve: "Paxarico, paxarico, cierra con tranco la puerta, y aunque el diablo esté dormido, a lo mejor se despierta". El coro secunda con palmas y exclamaciones y la orquesta vuelve a repetir íntegra la fanfarria inicial.

 La tarde

Página inicialmente de tintes impresionistas, que recuerda vagamente al comienzo de Noches en los jardines de España, nos presenta el molino del tío Lucas, cuando la tarde cae sobre el campo andaluz y aparecen por primera vez los personajes, tras una agotadora jornada de trabajo, felices por el amor que se profesan. Cada uno de los personajes está descrito por un tema, que se repetirá con sus respectivas variaciones a lo largo de la partitura. El molinero es representado a través del vivaracho tema de la canción murciana El paño moruno, de las Siete canciones populares españolas, mientras que Frasquita es descrita con un tema brioso y pasional, lleno de encanto, pero en el que aguijonean ocasionalmente los celos que sentirá al enterarse de que su marido ha ido a vengarse del corregidor en la persona de su esposa. Algo que advertirá el oyente, y que supone un gran salto respecto a El amor brujo, es el enriquecimiento del colorido orquestal y su vivacidad, hasta alcanzar sonoridades puramente stravinskianas. Más aún, apenas apagado el fuego de la tarde, las escenas de jugueteos entre marido y mujer, remitirán muy directamente, aunque conservando su propia dosis de originalidad e ingenio, a algunos momentos de Petruchka, aunque con la evidente distancia entre el folklore ruso y español.

Danza de la molinera

Si bien lo andaluz predomina en la obra, Falla recogió muestras del cancionero popular español en general para introducirlas, convenientemente diseminadas, como pequeños guiños a su propia cultura, que fue el gran amor de su vida. Pese a ello, los críticos advierten en este ballet un espíritu más universal y accesible que en El amor brujo, concebido más estrictamente para la sensibilidad ibérica. Acompañado del retumbar de los timbales, la molinera inicia su poderosa danza, que es un enérgico fandango, a ritmo moderado, en la que la madera atempera con sus ensoñaciones el vigor de la percusión y el metal. La danza se interrumpe bruscamente al hacer su entrada un solo de fagot, a través del cual se representa al corregidor.


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