Orquesta Filarmónica de Viena
Herbert von Karajan, director
La ópera Don Giovanni de Mozart es una ópera extraña y controvertida. Para algunos de los asistentes a sus primeras representaciones se trataba de una obra inaceptable, de la que sólo se salvaba la música. Otros, en cambio, creían asistir al nacimiento del verdadero teatro musical.
Don Giovanni es extraña en muchos aspectos. Por ejemplo, se trata de una comedia, ópera bufa o “dramma giocoso” cuando el tema que trata es el del amor y la muerte. Por eso se ha entendido de muy diversas formas. A lo largo del siglo XIX y buena parte del XX, siempre se ha interpretado prescindiendo del último número que representa el final feliz, un sexteto de gran belleza. ¿Por qué razón? Porque de ese modo se acentúa el carácter dramático. En esa versión romántica todo acaba con Don Giovanni tragado por las llamas del infierno. Y de este modo puede reinterpretarse toda la obra interna como una continua huída hacia delante de un don Juan atrapado en su propia condición.
En la ópera la obertura es un fragmento sinfónico con que suele comenzar la representación y que puede anunciar alguna de las melodías principales que se escucharán durante su transcurso. En su forma más desarrollada, la obertura es una sinfonía de pequeño formato, que consta de una exposición con dos temas, una elaboración con variaciones y una recapitulación sobre el primero de los mencionados temas, todo rematado con una brillante coda o final.
Como la mayoría de las óperas, Don Giovanni comienza con una obertura. Parece cierto que la víspera del estreno Mozart no la había compuesto. Por eso le pidió a su esposa Constanza que le contara historias que le mantuvieran despierto toda la noche mientras componía. Cuando a la mañana siguiente llegaron los copistas la obertura estaba terminada. Esa noche pudo estrenarse aunque sin ensayos previos.
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