
Un
acontecimiento histórico sin matices. La presencia en el foso del Real
de Claudio Abbado los próximos días 19 y 21 constituye uno de los
grandes eventos musicales de la temporada. Porque el maestro italiano
celebra sus 75 años, porque se "atreve" con una ópera de Beethoven y
porque dirige en España. El Cultural da las claves de su "aparición" en
nuestro país.
Claudio
Abbado no dirige. Claudio Abbado se "aparece". Un verbo de prosaicas
resonancias milagrosas que acostumbra a conjugarse en el plano
abstracto e intangible. Abstracto porque es difícil pesar o medir la
sugestión, la devoción, la comunión. Intangible porque el aura que
rodea al maestro no adquiere una forma concreta, pero se percibe de
algún modo.
Es la misma sensación mística o esotérica que Dino
Buzzati observaba en la figura de Arturo Toscanini cuando descendía a
la oscuridad del foso. Una especie de fuerza espiritual y de energía
que el crítico alsaciano Ferdinand Lion también advertía en sus
conversaciones con Thomas Mann.
No hace falta ser un elegido, un
masón ni un davidiano para experimentar semejantes sensaciones. Basta,
lo cual es más difícil, tener en el bolsillo una entrada con derecho a Fidelio
el sábado y el lunes en el Real (el 23 lo dirigirá Eivind Gullberg
Jensen). Podrá verificarse entonces cuanto Dino Buzzati escribía hace
medio siglo en el Corriere della Sera en alusión a las
apariciones de Toscanini: "Transmitía una especie de carga, unas ondas
misteriosas filtradas por su humanidad. Ahí estaba su secreto. Y por
esa misma razón no era absurdo llamarlo mago. O creador. Los grandes
hombres, acaso, ¿no tienen algo de oscuro y de inquietante que en vano
tratamos de aferrar materialmente?".
Abbado, que conste, no se
ha reencarnado en Toscanini pese a las equivalencias objetivas entre
ambos. Pero sí comparte con el viejo maestro las diferencias de
trascendencia artística que existen entre la música enlatada y los
conciertos en directo. No porque se le pueda discutir al signor
Claudio un solo reproche de su última integral beethoveniana (DG), sino
porque la transformación "en vivo" sobrepasa cualquier experiencia
convencional. Incluidas las más logradas y perfectas del estudio.
Rafael
de Paula diría a propósito que el espíritu santo no aparece en los
vídeos taurinos. Sus faenas hay que vivirlas en el ruedo. Porque se
trata de una concelebración y porque los espectadores y él mismo tienen
la impresión de que esa tarde, esa "aparición", podría ser la última.
Le
sucede a Abbado con sus conciertos y con sus óperas. Los dirige como si
pudieran ser lo últimos. No porque haya estado cerca de la muerte o
porque pueda rebrotar el contratiempo de aquél maldito cáncer de
estómago. Más bien porque se vacía en ellos, se transfigura, se entrega
como si fuera la última vez que va a tener delante a Beethoven.
El
trompetista Martín Baeza, natural de Almansa, conoce bien a Abbado. Ha
tocado con él en Lucerna y en la Orquesta Mahler. Y admite que el
momento del concierto en nada se parece a la rutina habitual de los
ensayos al uso: "Fundamentalmente, porque cuando dirige él se crea una
situación imprevisible. Nada es convencional ni descontado. Nada está
definitivamente previsto. Con él sabes desde qué punto sales, pero no
adónde vas a llegar. Donde los demás directores no llegan, ahí empieza
precisamente Claudio Abbado. Esa es la gran diferencia".
La 'gran diferencia' convierte el Fidelio
de Madrid en un acontecimiento histórico. El adjetivo ha perdido peso a
fuerza de emplearse gratuitamente, pero esta vez se atiene a unas
cuantas razones indiscutibles. Es la primera vez que Abbado dirige una
ópera en España. Y es la primera vez que el maestro se aviene a
llevarse al foso la partitura de Fidelio. El debut llama la atención
porque el director milanés está a punto de cumplir 75 años. También
sorprende que un especialista beethoveniano como él se haya concedido
tanto tiempo para desentrañar la ópera.
Un autorretrato. "Es una obra maestra", declaraba el pasado verano en Lucerna. "Es el ideal del singspiel.
Y siento una gran atracción por Beethoven. Me atraen todos aquellos
compositores que trabajan, trabajan y trabajan, y que nunca se dan por
felices hasta que han encontrado algo nuevo". Es un autorretrato. La
clave que desentraña la relación tardía entre Fidelio y el
maestro lombardo. Claudio Abbado podría haberla dirigido brillante y
profesionalmente en cualquier momento. Ahora, en cambio, tiene algo que
contarnos. Quiere enseñarnos su descubrimiento. Los primeros
espectadores en escuchar el hallazgo se encontraban el pasado 5 de
abril en el Teatro Valli de Reggio-Emilia. Etapa bautismal de un tour
europeo que lleva la "misión" de Fidelio a los escenarios de Madrid,
Baden Baden (Alemania), Modena y Ferrara (Italia). Es una manera de
financiar el proyecto. Y un modo de poner en circulación a los
'abbadiani itineranti', sobrenombre de un club de aficionados que
siguen al maestro como a un gurú y que le han construido una página web
donde ya pueden leerse las primeras críticas de la prensa italiana.
Empezando por la de Paolo Isotta, pluma afilada y envenenada del Corriere
y testigo de la aparición abbadiana en Reggio-Emilia: "La concertación
de Abbado es sublime. Realiza una lectura que le ha hecho interiorizar
profundamente el texto. Por ello, lo domina con total equilibrio
tímbrico, rítmico y dinámico en constante relación con un esquema
dramático. Lo cual quiere decir equilibrio de cada parte en el todo y
el todo, a su vez, acompañado de un delicado refinamiento". Viene a
cuento la entusiasta crítica porque su autor pertenece a los
mosqueteros de Riccardo Muti. Es verdad que la rivalidad entre ambos
directores se ha apaciguado en los últimos tiempos de solera, pero
todavía se escucha el eco de las disputas y de los chistes que
intercambiaban antaño los militantes de uno y otro lado.
Estirpe comprometida. Ejemplo: Riccardo Muti le jura a Claudio Abbado que la Virgen de la catedral del Parma lloraba inconsolable cuando dirigió la Misa de Cherubini. "Ahora lo entiendo todo", responde el colega. "Me encontraba yo dirigiendo la Misa Solemnis
de Beethoven en la misma catedral. Y de repente, Cristo baja de la
cruz, me da un abrazo y me dice: eso sí es dirigir, y no el tipo de la
melena negra que hizo llorar a mi madre". Abbado cree poco en Dios. Y
cree mucho en el hombre. Pertenece a la estirpe de los directores
comprometidos. Es verdad que su cotización y su caché forman parte de
los más elevados del planeta, pero también es cierto que el maestro
llevó la orquesta a las fábricas, democratizó la música clásica sin
corromperla, se ha entregado a los jóvenes, ha roto con las
discriminaciones geográficas y se ha significado en toda suerte de
proyectos pedagógicos. Incluido el de José Antonio Abreu. Son los
incentivos extraordinarios que necesita Abbado para cultivar sus
pasiones. No le interesa la rutina ni la mercadotecnia. Y descarta la
idea de convertirse en director permanente de una orquesta. Berlín fue
la última. Antes de que aparecieran en la ciudad las restricciones
económicas.
"Existe la sensación de que la riqueza económica de
un país engendra la riqueza cultural, pero yo estoy convencido de que
es al revés: los países ricos lo son porque son cultos, es decir, la
cultura engendra la riqueza económica, y no al revés. Por desgracia,
muchos políticos no entienden esto", nos explicaba con ocasión de un
encuentro en Berlín.
Ha cambiado de aires. Ahora reside más
tiempo en una villa de Cerdeña. Alardea de haber germinado 9.000
plantas. Y se define a sí mismo como "un jardinero". Ni maestro, ni
director, ni dictador. Quizá porque ha encontrado el sentido de su
camino. "Sí, el patronímico Abbado procede de la palabra árabe Abbad,
que era el apellido de un antepasado mío asentado en España en el siglo
XII. Me he preocupado de rastrear la pista, y aunque el significado de
la palabra Abbad no está claro, al parecer quiere decir el camino que conduce a la casa familiar".
¿Un maestro sufí?
Podría confundírsele a Abbado con un maestro sufí. Enjuto, taciturno,
sabio. Ha estado muy cerca de la muerte. Mucho. Y la experiencia le ha
sensibilizado aún más con la experiencia musical. Hasta físicamente. Lo
contaba hace unos meses en una entrevista al New York Times:
"He encontrado una nueva vida, sin estómago. Pienso de manera
diferente. Mis sentidos son distintos. Y escucho sonidos que antes no
percibía". Esa nueva perspectiva y la capacidad de leer entre líneas
les son bien conocidas los músicos de la Orquesta Gustav Mahler que han
crecido a su vera. Por ejemplo, la flautista Julia Gallego, presente
ahora en las funciones del Teatro Real y cómplice de Abbado desde hace
diez años. "Nos ha cambiado la vida a todos. Hay un antes y un después.
Sobre todo porque cuando dirige se crea una situación de magia, de
complicidad. Claudio nos ha enseñado a escucharnos los unos a los
otros, a tocar como si estuviéramos en un concierto de música de
cámara".
El reencuentro de Fidelio ha sido
particularmente emotivo para los maestros de la orquesta. "Lo hemos
encontrado muy bien de salud. Fuerte, activo. Nos ha dejado
impresionados. Creo que nadie dibuja como él la música con las manos.
También pienso que hay compositores donde Abbado alcanza una dimensión
superior. Mahler, Strauss y Beethoven", explicaba Julia Gallego antes
de embarcarse hacia España. Ella misma nos confesaba que sorprendió a
Claudio con la partitura de Fidelio hace casi dos años. La
llevaba consigo a todas partes. La estudiaba y la escrutaba para
encontrar dónde estaba la llave de acceso.
Cuando la tuvo, le dio vueltas al problema de la dirección de escena. ¿Quién podría colaborar en este Fidelio?
¿Qué personalidad de las artes iba a entender mejor su visión de la
ópera de Beethoven? Las preguntas tienen su importancia porque Abbado
se ha acostumbrado a colaborar con Strehler, Ronconi, Wernicke, Peter
Brook e incluso Andrei Tarkovski.
El flechazo de cuatro minutos. Muchos
de ellos han muerto. Otros no están disponibles o no forman parte de la
apuesta experimental que ha lanzado el propio maestro. De hecho, la
elección de Chris Kraus como "regista" proviene del flechazo que sintió
en la butaca del cine cuando asistió a la proyección de Cuatro minutos.
La historia del filme, como Fidelio, transcurre en una cárcel. No
masculina, sino femenina, aunque el matiz de género es una anécdota
considerando que el filme de Kraus y la ópera de Beethoven hablan de la
arrogancia del poder y se plantean la claustrofobia social.
"Cuando
el maestro me llamó por teléfono creía que era una equivocación",
recuerda ahora Chris Kraus. "Me sentí halagado y desconcertado. Sólo
había ido un par de veces a la ópera. No me interesaba ese lenguaje. Lo
consideraba, erróneamente, trasnochado. Después de hablar con él
comencé a apasionarme". El cineasta germano no conocía demasiado bien a
Abbado. Lo encontró en una pequeña fiesta. Le rodeaba, como a Thomas
Mann, un aura mágica. A veces visible.
Abbado vuelve a casa. Como su apellido.
Rubén AMÓN
EL CULTURAL