lunes, 21 de abril de 2008

Publicado por jrtapia @ 19:00



Orquesta Filarmónica de Berlín
Simon Rattle, director


A diferencia de sus contemporáneos Debussy y Mahler, Strauss alcanzó la fama rápidamente y, antes de los 21 años, era aclamado como el sucesor de Brahms y Wagner. Sus poemas sinfónicos compuestos antes de 1900 entraron de inmediato al repertorio internacional y sus primeras óperas lo ubicaron al frente de la vanguardia musical, transformándolo en uno de los personajes más controvertidos de la época. A pesar de que su popularidad cayó ostensiblemente con la llegada de la Primera Guerra Mundial y la aparición de movimientos anti-románticos, su labor creativa continuó sin interrupción hasta el final de sus días.

Aunque la ópera ocupó la mayor parte de la labor creativa de Strauss, sus primeros éxitos los obtuvo en el campo instrumental, específicamente con sus poemas sinfónicos. Sin embargo, el estilo que presentan estas obras difiere bastante de aquel que muestran sus composiciones juveniles; esto se debe a la profunda influencia que ejerció la educación que le brindó su padre, quien era un músico muy conservador que tocaba la trompa en la Orquesta de la Corte de Múnich. Cuando éste comprobó las aptitudes de su hijo, lo puso en manos de algunos de sus compañeros de orquesta y nunca lo envió a una academia de música. Así pudo supervisar sus estudios de piano, violín, teoría, armonía e instrumentación, mientras guiaba sus gustos musicales haciéndole escuchar sólo a los clásicos. Este tradicionalismo marcó profundamente las primeras creaciones de Strauss y le sirvió para ser aceptado de inmediato en los círculos artísticos que preferían la música de Brahms antes que la de Wagner.

Entre esas primeras obras se encuentra una sinfonía, conciertos para trompa y para violín, y algunas partituras para vientos. Estas últimas, realizadas entre 1881 y 1884, fueron bastante significativas en los inicios de su carrera. Se trata de la Serenata Op.7 y la Suite Op.4 que atrajeron la atención del afamado director Hans von Bülow, quien hasta entonces había tenido una opinión desdeñosa hacia el compositor y que rápidamente incorporó tales obras al repertorio de la orquesta de Meiningen que dirigía.

A comienzos de la década de 1880, el estilo de Strauss sufrió un cambio notable, sobre todo después de conocer al violinista Alexander Ritter, un devoto seguidor de Wagner y Liszt. Ritter se encargó de “convertir” al joven Strauss a la filosofía de la "nueva música" o "música del futuro", donde lo poético se transforma en el elemento formativo de una obra. El resultado inmediato de esta conversión fue una fantasía sinfónica que recoge las impresiones que produjo en Strauss su primera visita a Italia en 1886. Al ser estrenada en Múnich al año siguiente, la obra dividió a la audiencia en admiradores y detractores, tomando un carácter controvertido que, en realidad, no merece; el mismo compositor la consideraba "una conexión entre los métodos tradicionalistas y modernistas".

La otra partitura que marcó el cierre de esta etapa formativa en Strauss fue la Burlesca para piano y orquesta escrita en 1885 para Hans von Bülow. Pero como éste la encontró muy complicada, la partitura no fue estrenada hasta 1890 por Eugen d’Albert.

Entre 1888 y 1889, Richard Strauss compuso los poemas sinfónicos que lo llevaron a la fama. El primero de ellos fue Macbeth, un trabajo experimental que, a pesar de ser interesante, fue eclipsado inmediatamente por su sucesor, Don Juan, estrenado con gran éxito en Weimar en noviembre de 1889. El impulso para crear Don Juan se lo dio su amor por Pauline de Ahna, soprano con la que se casaría en 1894 y para quien escribiría la mayoría de sus canciones. La base para esta obra fue un poema de Lenau y el resultado fue una partitura apasionante, donde se funde todo lo que Strauss había aprendido hasta entonces como compositor y director, es decir, continuidad musical, virtuosidad orquestal y una pirotecnia sin precedentes.

Después de Don Juan y en un lapso de diez años, vinieron los poemas sinfónicos Muerte y Transfiguración, Las alegres travesuras de Till Eulenspiegel, Así habló Zarathustra, Don Quijote y Vida de Héroe. Durante ese periodo, Richard también ganó notoriedad como director de orquesta en Weimar, Múnich y Bayreuth, mientras consolidaba su posición como el compositor más importante desde Wagner. Su nombre era sinónimo de modernismo y cacofonía, debido a las enormes fuerzas instrumentales, el diseño innovador y los efectos que empleaba en sus obras.

Para Muerte y Transfiguración, Strauss proporcionó una detallada sinopsis sobre lo que ilustra la música: un artista rememora instantes de su juventud mientras se encuentra en su lecho de muerte sufriendo agonía física… después de morir su alma logra transfigurarse… Estos episodios son representados con una temática cíclica, algunas disonancias armónicas y una verdadera belleza sonora.

Después de componer Don Juan y Muerte y Transfiguración, pasaron cinco años antes de la aparición del siguiente poema sinfónico de Richard Strauss. En 1894 comenzó a escribir Las alegres travesuras de Till Eulenspiegel basándose en una antigua historia popular germana sobre este personaje. Originalmente, Strauss deseaba realizar una ópera sobre Till Eulenspiegel, pero finalmente decidió condensar la acción en este poema sinfónico que completó y estrenó en 1895. Al considerar la detallada descripción de la personalidad y las aventuras del protagonista, así como, el humor musical que envuelve a la partitura, nos encontramos, sin duda, ante una de las obras maestras del compositor germano.

El siguiente poema sinfónico, Así habló Zarathustra, acaparó de inmediato la atención del público, no sólo por su música, sino también, por su argumento. Compuesto entre 1895 y 1896, es un "comentario" sobre la obra de Nietzche que trata sobre la controvertida doctrina del "superhombre". La partitura supone un importante avance en el uso de la forma en un movimiento y puede definirse como una fantasía libre unificada por el motivo musical que da inicio a la obra. Su maestría orquestal y los sorprendentes efectos politonales que contiene, le aseguraron, desde su estreno, un lugar permanente en el repertorio de las grandes orquestas.

Con su siguiente obra, Don Quijote, Strauss sobrepasó sus propios logros en el campo de la orquestación. Compuesto entre 1896 y 1897, Don Quijote es considerado como la obra más fina y poética dentro de su producción; escrito en forma de variaciones, es un retrato psicológico muy sutil del estado mental del protagonista, quien aparece representado por el cello y el violín solistas, mientras su acompañante, Sancho Panza, lo es por la viola, el clarinete bajo y la tuba, y Dulcinea, por el oboe. Strauss seleccionó los episodios de la obra de Cervantes y los organizó de acuerdo a sus necesidades, creando una estructura musical conformada por una introducción, el tema, las diez variaciones y un epílogo.

Paralelamente a su labor creativa, Strauss se transformó en uno de los tres directores austrogermanos más famosos de la época, junto a Mahler y Weingartner. Richard Strauss era requerido constantemente como director invitado y en tal calidad visitó Inglaterra, Holanda, Francia y España durante 1897. Por esta época era el director principal de la Opera de Múnich y al año siguiente pasó a ejercer un puesto similar en la Opera de Berlín. Ese mismo año, 1898, completó otro de sus poemas sinfónicos, el más extenso hasta entonces y uno de los más controvertidos.

Se trata de Una Vida de Héroe, una especie de autobiografía musical en la que un Kapellmeister es acosado por sus adversarios, los críticos musicales, mientras su esposa lo cuida y lo tranquiliza. Es una obra que se interpreta sin interrupciones e ilustra con inventiva, humor y homogeneidad, un programa del que, igualmente, podría prescindir, dándole un posible sitio como música abstracta. Al considerar su aspecto programático, su único rival como autobiografía musical en una escala tan fogosa e innegablemente efectiva es la Sinfonía Fantástica de Héctor Berlioz.


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