Recitales de Maurizio Pollini, piano. Lugares: Auditorio Nacional y Teatro Real, Madrid. Fechas: 15 y 20 de abril

ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE
DIARIO ABC
Es posible que, tras escuchar a Maurizio Pollini,
alguien se pregunte cuál es la fórmula de su éxito. Porque pasa el
tiempo y al pianista italiano se le ve cada vez más ensimismado. Cierto
es que nunca fue alguien especialmente efusivo, acostumbrado a salir al
escenario y atacar las primeras notas sin apenas saludar. Con razón se
dice que Pollini es un pianista de medios descomunales pero de espíritu
racional, contenido, sobrio, seco, calculador. Y, sin duda, esa es la
base del estilo, un soporte por otra parte fascinante del que en todo
momento es posible sacar provecho.
Siendo así, no es extraño que Chopin aparezca
extrañamente empastado, confundida la melodía entre el acompañamiento,
oscuro y sin reposo. O que los estudios de Debussy lo hagan con
llaneza, decorados en el color, pero sin aire entre sus notas. Sin
embargo, el público le aplaude y mucho. Incluso después de interpretar
la segunda sonata de Boulez, a la que Pollini siempre dotará de un
sentido afirmativo como pocos pianistas son capaces de hacerlo. Será
que el entusiasmo de todos va parejo a la observación del virtuosismo.
Porque tampoco es extraño intuir un nerviosismo interior
y una cierta aceleración a la que hay que habituarse. Así, el opus 11
de Schoenberg puede sonar armado, robusto, pero sin espacial deleite en
el discurso; del mismo modo que la «Kreisleriana» quizá lo haga con
espesura y demasiado realismo. Todo reducido a una esperanza. Pollini.
Alguien que siendo de este modo también es capaz de convertirse en
genial. Tener la suerte de comprobarlo es una experiencia única. Cuando
llega se adivina en la sonrisa, en la comodidad, en ese sonido distinto
y exquisito que arranca «La tempestad» de Beethoven antes llenarla de
colores y rotundidad. O que hace de la «Appassionata» algo grandioso,
monumental, casi sinfónico, en previsión de un último movimiento que se
come el mundo, bestial, al límite, arrebatador, imposible de imaginar
si antes no se ha escuchado. Pero ha sucedido. Todo comenzó en el
Auditorio Nacional. Al final, el Teatro Real, puesto en pie, fue
testigo.