miércoles, 23 de abril de 2008


Recitales de Maurizio Pollini, piano. Lugares: Auditorio Nacional y Teatro Real, Madrid. Fechas: 15 y 20 de abril

ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE
DIARIO ABC


Es posible que, tras escuchar a Maurizio Pollini, alguien se pregunte cuál es la fórmula de su éxito. Porque pasa el tiempo y al pianista italiano se le ve cada vez más ensimismado. Cierto es que nunca fue alguien especialmente efusivo, acostumbrado a salir al escenario y atacar las primeras notas sin apenas saludar. Con razón se dice que Pollini es un pianista de medios descomunales pero de espíritu racional, contenido, sobrio, seco, calculador. Y, sin duda, esa es la base del estilo, un soporte por otra parte fascinante del que en todo momento es posible sacar provecho.
Siendo así, no es extraño que Chopin aparezca extrañamente empastado, confundida la melodía entre el acompañamiento, oscuro y sin reposo. O que los estudios de Debussy lo hagan con llaneza, decorados en el color, pero sin aire entre sus notas. Sin embargo, el público le aplaude y mucho. Incluso después de interpretar la segunda sonata de Boulez, a la que Pollini siempre dotará de un sentido afirmativo como pocos pianistas son capaces de hacerlo. Será que el entusiasmo de todos va parejo a la observación del virtuosismo.
Porque tampoco es extraño intuir un nerviosismo interior y una cierta aceleración a la que hay que habituarse. Así, el opus 11 de Schoenberg puede sonar armado, robusto, pero sin espacial deleite en el discurso; del mismo modo que la «Kreisleriana» quizá lo haga con espesura y demasiado realismo. Todo reducido a una esperanza. Pollini. Alguien que siendo de este modo también es capaz de convertirse en genial. Tener la suerte de comprobarlo es una experiencia única. Cuando llega se adivina en la sonrisa, en la comodidad, en ese sonido distinto y exquisito que arranca «La tempestad» de Beethoven antes llenarla de colores y rotundidad. O que hace de la «Appassionata» algo grandioso, monumental, casi sinfónico, en previsión de un último movimiento que se come el mundo, bestial, al límite, arrebatador, imposible de imaginar si antes no se ha escuchado. Pero ha sucedido. Todo comenzó en el Auditorio Nacional. Al final, el Teatro Real, puesto en pie, fue testigo.

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