miércoles, 23 de abril de 2008


J. L. PÉREZ DE ARTEAGA
DIARIO LA RAZÓN


Ciclo de Ibermúsica
Mundry: «Balances». Wagner: «Idilio de Sigfrido». R. Strauss: «Una vida de héroe». HIindemith: «Concierto para violín». Mahler: «Sinfonía nº 1». Violín: Frank Peter Zimmermann. Staatskapelle Dreesden. Director: Fabio Luisi. Auditorio Nacional, Madrid, 11/12-IV-2008.

A veces las orquestas son extrañamente miméticas a la hora de reemplazar a un titular. En contraste con la búsqueda del antónimo, la fabulosa Orquesta Estatal de Dresde parece perseguir un clon de Giuseppe Sinopoli, su director musical desde 1991 hasta su inesperado fallecimiento en 2001: es cierto que el polémico maestro veneciano estableció una extraordinaria relación tanto con la agrupación como con el público de Dresde; tras la falta de química que se produjera con su sucesor, Bernard Haitink, el conjunto parece haber hallado en Fabio Luisi (Génova, 1959) a otro italiano de formación germánica, espejo o reflejo del llorado Sinopoli. Pero la distancia es sideral, como expusieron con claridad los dos conciertos que se reseñan.
En el primero, Luisi anduvo errático, deslustrado, y los alquitarados sonidos de su orquesta se le escurrieron entre las manos.
Charanga y cursilería
Un grisáceo «Idilio de Sigfrido» y una pedestre «Vida de héroe», con el añadido musicológico interesante pero poco más del suave final original, acompañaron a una obra de estreno, «Balances» de la compositora Isabel Mundry (Schlüchtern, 1963), en la que la autora divide a la orquesta en tres grupos de músicos con hábiles combinaciones sonoras. En el segundo programa, Frank Peter Zimmermann, el genovés adoptó para la «Primera Sinfonía» de Mahler un talante muchas veces propio del peor Maazel, algo así como «Os váis a enterar de quien soy yo». Y vaya si lo hizo: todo lo pretendidamente vulgar de la partitura mahleriana se transformó en charanga y lo intencionadamente afectado se volvió cursilería: Luisi jugó a los extremos, y supimos quién era y de lo que era capaz; de Mahler supimos mucho menos, pero a su «demiurgo» debió importarle poco. La orquesta sonó, eso sí, de película; y es que ya lo decía «Mío Cid»: qué buen vasallo si hubiera buen señor.


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