jueves, 24 de abril de 2008

Publicado por jrtapia @ 18:00



Orquesta Filarmónica de Viena

James Levine, director

Film de Jean-Pierre Ponnelle (1980)

 

Mozart tuvo en toda su vida una suerte de obsesión por la llamada “ópera seria”. Sus incursiones en este género comenzaron con “Mitrídates, Rey del Ponto” en 1779, continuaron con “Idomeneo, Rey de Creta” en 1781 y culminaron una década más tarde con “La clemencia de Tito”, en 1791, el año de la muerte del compositor. Curiosamente, en sus títulos estas tres óperas están referidas a gobernantes de la antigüedad.
En el último verano de su corta vida, Mozart recibió el encargo de escribir una nueva ópera para realzar los actos de coronación como Emperador  de Leopoldo II de Baviera. El compositor no había terminado aún “La flauta mágica” y bosquejaba ya el “Requiem”. Interrumpiendo esas labores, Mozart tuvo que dedicarse a la nueva ópera, para la cual fueron  impuestos tanto el tema como el libreto, y también el tiempo para terminar la composición.
Aquel libreto, fue una revisión de Caterino Mazzola de otro ya escrito por Pietro Metastasio para una ópera de Antonio Caldara en 1734 y posteriormente utilizado también por una decena de compositores, entre ellos Gluck, Veracini y Galuppi.
El plazo para desarrollar el trabajo era excesivamente breve: nada más que cuatro semanas. Mozart, sin embargo, terminó la ópera en sólo 18 días. Este tiempo resulta aun más sorprendente si se considera que en tan estrecho período el compositor debió ausentarse por un viaje a Praga.
No obstante ser “La clemencia de Tito” una obra donde una vez más está presente la genialidad mozartiana, su calidad no es la que se esperaba de un compositor que vivía la plena madurez creativa. A ello contribuyeron básicamente dos hechos: por una parte, Mozart se encontró frente a un libreto de extrema debilidad, donde los personajes no tenían ni alma ni carácter. Ante esto el compositor hizo lo posible por vitalizarlos con un trabajo musical; por otra parte, el poco tiempo disponible redundó en una orquestación simple y lineal, sin grandes nuevos aportes. Ello obligó a Mozart a confiar a terceros la composición del acompañamiento de los recitativos, que fue obra de Franz Süssmayr, el alumno de Mozart que a su muerte completaría el inacabado “Requiem”.
No es, por lo tanto, “La clemencia de Tito” la más lograda ópera seria que Mozart escribiera. Debe recordarse además que no es éste el género de óperas en que Mozart alcanzó sus mayores logros, como sí sucede en aquellas en que el humor o la comedia están mucho más presentes. Ahí está la imbatible terna formada por las óperas compuestas en colaboración con el libretista Lorenzo da Ponte: “Las bodas de Fígaro”, “Don Giovanni” y “Così fan tutte”, más “La flauta mágica” y “El rapto en el serrallo”.
Tras su estreno, acaecido en el Teatro Estatal de Praga el 6 de septiembre de 1791, “La clemencia de Tito” entró en una pronta etapa de silencio, contando con esporádicas presentaciones posteriores en ocasiones solemnes.
El romanticismo hizo desaparecer la obra de los escenarios, dándole una carácter histórico de pieza de museo, de gran valor pero de escasa capacidad de vida.
Tras la Segunda Guerra Mundial, “La clemencia de Tito” fue redescubierta a raíz de varias representaciones en Viena, en Múnich y en los Festivales de Salzburgo.



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