Orquesta Filarmónica de Viena
James Levine, director
Film de Jean-Pierre Ponnelle (1980)
Mozart tuvo en toda su vida una suerte de obsesión por la
llamada “ópera seria”. Sus incursiones en este género comenzaron con
“Mitrídates, Rey del Ponto” en 1779, continuaron con “Idomeneo, Rey de Creta”
en 1781 y culminaron una década más tarde con “La clemencia de Tito”, en 1791,
el año de la muerte del compositor. Curiosamente, en sus títulos estas tres
óperas están referidas a gobernantes de la antigüedad.
En el último verano de su corta vida, Mozart recibió el encargo de escribir una
nueva ópera para realzar los actos de coronación como Emperador de Leopoldo II de Baviera. El compositor no
había terminado aún “La flauta mágica” y bosquejaba ya el “Requiem”.
Interrumpiendo esas labores, Mozart tuvo que dedicarse a la nueva ópera, para
la cual fueron impuestos tanto el tema
como el libreto, y también el tiempo para terminar la composición.
Aquel libreto, fue una revisión de Caterino Mazzola de otro ya escrito por
Pietro Metastasio para una ópera de Antonio Caldara en 1734 y posteriormente
utilizado también por una decena de compositores, entre ellos Gluck, Veracini y
Galuppi.
El plazo para desarrollar el trabajo era excesivamente breve: nada más que
cuatro semanas. Mozart, sin embargo, terminó la ópera en sólo 18 días. Este
tiempo resulta aun más sorprendente si se considera que en tan estrecho período
el compositor debió ausentarse por un viaje a Praga.
No obstante ser “La clemencia de Tito” una obra donde una vez más está presente
la genialidad mozartiana, su calidad no es la que se esperaba de un compositor
que vivía la plena madurez creativa. A ello contribuyeron básicamente dos
hechos: por una parte, Mozart se encontró frente a un libreto de extrema
debilidad, donde los personajes no tenían ni alma ni carácter. Ante esto el
compositor hizo lo posible por vitalizarlos con un trabajo musical; por otra
parte, el poco tiempo disponible redundó en una orquestación simple y lineal,
sin grandes nuevos aportes. Ello obligó a Mozart a confiar a terceros la
composición del acompañamiento de los recitativos, que fue obra de Franz
Süssmayr, el alumno de Mozart que a su muerte completaría el inacabado
“Requiem”.
No es, por lo tanto, “La clemencia de Tito” la más lograda ópera seria que
Mozart escribiera. Debe recordarse además que no es éste el género de óperas en
que Mozart alcanzó sus mayores logros, como sí sucede en aquellas en que el
humor o la comedia están mucho más presentes. Ahí está la imbatible terna
formada por las óperas compuestas en colaboración con el libretista Lorenzo da
Ponte: “Las bodas de Fígaro”, “Don Giovanni” y “Così fan tutte”, más “La flauta
mágica” y “El rapto en el serrallo”.
Tras su estreno, acaecido en el Teatro Estatal de Praga el 6 de septiembre de
1791, “La clemencia de Tito” entró en una pronta etapa de silencio, contando
con esporádicas presentaciones posteriores en ocasiones solemnes.
El romanticismo hizo desaparecer la obra de los escenarios, dándole una
carácter histórico de pieza de museo, de gran valor pero de escasa capacidad de
vida.
Tras la Segunda Guerra Mundial, “La clemencia de Tito” fue redescubierta a raíz
de varias representaciones en Viena, en Múnich y en los Festivales de
Salzburgo.
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